Meritocracia y amistad por encima de la leyenda

23 de Julio, Arueda.com

El Tourmalet sólo ha sido final de etapa dos veces en el Tour de Francia: el 16 de Julio de 1974 y ayer. Esa primera ocasión se subió por La Mongie y el vencedor fue Jean Pierre Danguillaume, ciclista de clase media-alta en su época en cuyo palmarés sólo hay triunfos conseguidos en suelo francés que pasó a la historia del ciclismo mundial por este único hito. Se hizo un hueco en la historia gracias a una cabalgada épica, con Eddy Merckx, Raymond Poulidor o Lucien Van Impe tratando de darle caza por las galerías que jalonan esa cara del coloso pirenaico.
Ayer, segunda llegada de la historia y segunda ocasión para que un corredor ligara su nombre a perpetuidad a la montaña más mítica del Tour de Francia, junto al Mont Ventoux y Alpe d’Huez. Circunstancias ideales: dos corredores destinados a marcar una época, Andy Schleck y Alberto Contador; exponentes de una portentosa nueva generación de esforzados de la ruta, llegaban igualados a las faldas del puerto que esta vez se iba a subir por el lado duro de Baréges, siendo última jornada montañosa de la carrera, obligatoriamente decisiva… Y, tras luchar diez kilómetros ambos superclases mano a mano, uno decide regalar la etapa a otra en un gesto que puede ser interpretado como un ‘fair-play’, o un reconocimiento a los méritos del rival, o una concesión a la amistad… pero que es, invariablemente, un empalago innecesario.
Carlos Sastre, ciclista de otro tiempo, atacaba al principio de la etapa de hoy. Buscaba contactar con la fuga del día con Boasson Hagen, Kolobnev y Flecha entre otros, que se había marchado sin ningún representante de su Cervélo. Para ello lanzó previamente a sus coequipiers Daniel Lloyd (cazado ipso facto por el pelotón) e Ignatas Konovalovas, destinados a hacer de puente y ayudarle en su propósito. La aceleración del abulense, sin embargo, fue respondida por un Alberto Contador que le hacía gestos para que parara. Samuel Sánchez había caído en la parte trasera del pelotón y había que esperarle. Sastre, con carácter, respondió al madrileño: ése no era su asunto. Si Contador quería ‘fair-play’ podía seguir con él hasta dónde quisiera, pero él había sufrido muchos contratiempos a lo largo de la temporada y nadie paró la carrera para que se repusiera de las consecuencias. Así que iba a seguir adelante. Contador torció el gesto (también lo hizo el sindicalista Cancellara, que circulaba unos metros más atrás) y el abulense se marchó del grupo. A la postre no conseguiría su objetivo de alcanzar la fuga, rodando en tierra de nadie un centenar de kilómetros y certificando que éste ha sido para él un Tour de poca gloria y mucha dignidad.

Mientras Sastre se machacaba por delante, víctima del mal tiempo y circunstancias contrarias, el pelotón circulaba tranquilo, resguardado tras la fila de corredores del Astaná de Contador, ocasionalmente apoyado por el Saxo Bank de Schleck, el Rabobank de Menchov y el Omega Pharma de Van der Broeck. Fue después de Soulor, ya pasado el Marie Blanque, cuando la carrera se puso seria de verdad. Saxo Bank y Astaná pensaron endurecer el ritmo para descubrir debilidades en el otro; Omega y Rabobank buscaron forzar a un Samuel Sánchez aparentemente maltrecho por su caída al inicio de la carrera. El resultado fue un paso asfixiante que a la hora de la verdad sólo afectó a Astaná, que dejó solo a Contador a poco de iniciada la subida final, cuando apenas sobrevivían en cabeza de carrera Kolobnev y el alemán de BMC Marcus Burghardt. En el pelotón, una veintena de ciclistas…
El trabajo de Saxo Bank fue ejemplar, como no lo había sido en toda la montaña de esta Grande Boucle, y cuando Jakob Fuglsang (último gregario) dio su última pedalada con fuerza el líder del equipo Andy Schleck remató la faena con un ataque progresivo a diez kilómetros de meta que eliminó uno por uno a todos los rivales salvo al que debía eliminar, un Alberto Contador que se pegó a la rueda del luxemburgués como una lapa. Uno contra uno, los dos amigos fueron subiendo al paso que marcaba un Schleck que jamás cesaba en su empuje y cada cierto tiempo daba un tirón para intentar poner en apuros al impasible madrileño.
La carretera, la marea humana y los dos mejores corredores del momento. El duelo estaba servido, podría haber sido épico, pero el ímpetu del luxemburgués encontró un muro infranqueable en la solidez del español, que a cinco kilómetros de meta incluso osó realizar un demarraje que fue contestado solventemente por Schleck. Empate técnico, los quince minutos que transcurrieron hasta meta fueron alternamente de conversación unidireccional (el de Saxo Bank hablaba, el de Astaná fingía no escuchar) y tirones tímidos de Andy, que evidenció haber perdido la fe por descolgar a Alberto.
Nadie amenazaba, de cualquier manera, la supremacía de los superclases. Detrás, a más un minuto, circulaba Joaquín Rodríguez. Tras él, los aspirantes al tercer cajón del podio desarrollaban una lucha que se saldaría con otros ocho segundos de ventaja para Samuel Sánchez sobre Menchov. Son 21” en total, la contrarreloj será un duelo de pronóstico reservado entre asturiano y ruso toda vez que Van der Broeck ya parece eliminado de la contienda.
El momento tenso, pues, llegó cuando los protagonistas principales, Alberto y Andy, Tú y Yo, se aproximaban a meta. El luxemburgués siempre en primera posición, el madrileño detrás. Se esperaba un estacazo de Contador, que hiciera pagar a Schleck las consecuencias de su menor fortaleza y su táctica a la postre equivocada de intentar obligarle a un esfuerzo largo que provocara su desfallecimiento. Hubiera sido justo, lógico, en el mundo de la competición. Pero hoy el ciclismo era otra cosa, algo menor. Importaba más el mérito de que Schleck hubiera llevado el peso de la carrera, o al menos eso entendió Contador dejándole entrar victorioso en meta. Una vez pasada la línea de llegada, ambos se palmeaban la espalda, se chocaban las manos, incluso se abrazaban.
Amigos y rivales, un concepto precioso que ellos habían llevado demasiado lejos. Ayer, en la llegada del Tourmalet, acabaron por ser compadres incluso dentro de la carrera donde deberían haberse machacado mutuamente hasta la extenuación para hacer honor a su condición de deportistas. No vale hablar de Indurain, habitual regalador de victorias de etapa cuando aprovechaba el trabajo de terceros para distanciar a segundos; aquí el receptor del presente era el segundo, el gran rival, aquel al cual no se le debería haber dado ni los buenos días tal y como se hizo en Bales. Pero aquel día Contador recibió del público francés un reconocimiento amargo que le descolocó: los silbidos, el abucheo. No quepa duda de que eso, el miedo a escuchar música de viento desde el podio, influyó mucho en el madrileño a la hora de dejar el triunfo en manos de Andy. Tanto o más que la amistad que les une, o que los méritos realizados por el contrincante…
Tras haber presenciado el pasteloso espectáculo, Carlos Sastre explotó en su nota de prensa: “estamos haciendo del ciclismo una patraña de niñatos”. Era la explosión del ciclismo antiguo, viejo cascarrabias apegado a la tradición y a la épica, contra su nieto moderno, hijo de aquel drogadicto ciclismo de los noventa que aún sigue tocando el timbre de vez en cuando para molestar. El nieto moderno, nacido tras la Operación Puerto y adolescente hoy día, es demasiado blando, demasiado sentimental, no conserva ni un ápice del temperamento salvaje que hacía pedalear hasta la extenuación a los adalides de ese ciclismo, el antiguo, que ahora sólo vive en los libros de historia aunque nos empeñemos en intentar resucitarlo cada vez que lo echamos de menos. Ahora, en el ciclismo moderno, la leyenda, lo mítico, importa poco. O mejor dicho, importa menos que valores humanos de esos para todos los públicos como la amistad o el mérito, el “se merece más la victoria que yo”. Valores muchas veces hipócritas que no caben en la alta competición.
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