Era tan fuerte el deseo… – El retorno de Valverde

Era tan fuerte el deseo que la realidad sólo podía adaptarse a él. Parecía incluso una predestinación. “Mis dos últimos compañeros de habitación en el Tour Down Under, Luis León Sánchez y Fran Ventoso, ganaron en Willunga Hill”, tuiteaba José Joaquín Rojas. “Imaginad quién es mi compañero de habitación”, escribía cómplice. Quién iba a ser. Alejandro Valverde.

La historia del murciano, de los últimos años de su vida, es dramatismo. Más allá de justicia o injusticia, de espadas de Damocles o de marcas de Caín, el hecho es que Valverde convivió cuatro años con la sombra de la sospecha primero y la persecución después; la presión, infame, acabó por estallar y devenir sanción retroactiva en junio de 2010. A partir de entonces siguieron dieciocho meses de pura voluntad, apoyo encubierto desde la estructura que siempre le sostuvo (Caisse d’Épargne, Movistar: el equipo de Eusebio Unzué) mientras el murciano cumplía su parte del trato a base de abdominales, entrenamientos e incluso concentraciones.
Concentrado estaba en Sierra Nevada cuando murió Xavi Tondo en aquella estremecedora mañana de mayo. Hoy, en la entrevista televisiva de meta, Valverde tuvo un recuerdo para él. Sollozando, envió un agradecimiento “a quienes me han apoyado siempre”; a pesar de su sanción y la saña de la UCI, a Alejandro jamás le faltaron cariño o atención. También reconoció la labor de su equipo: “ha estado genial”.
Y no era para menos. Movistar deseaba la victoria de Valverde en Willunga Hill tanto o más que el principal interesado. No aportará puntos para el ránking de mérito de la UCI, ese artefacto siniestro que determina quién está en primera division y quién no, por obra y gracia de un “malu” o penalización de dudoso calado; pero importaba poco. Los telefónicos querían recibir al que ha sido su líder en la sombra con el honor merecido, y pusieron toda la carne en el asador.
Imanol Erviti controló en el llano; David López marcó un paso demoledor en la primera subida a Willunga Hill; Iván Gutiérrez y José Joaquín Rojas colaboraron con RadioShack en mantener un ritmo vertiginoso en el llano previo a la segunda y definitiva ascensión a la cota australiana; Ángel Madrazo marcó distancias con uno de sus habituales y desaforados demarrajes; Javi Moreno fue sorprendentemente el último eslabón que enganchó a los favoritos con los fugados Tiago Machado y Rohan Dennis para colocar a Valverde en la mejor disposición posible con apenas 500 metros hasta meta…
… Y final feliz. Al murciano casi le marra el triunfo verse obligado a tomar la curva final por el exterior. Pero eran tan grandes las ganas de campeonar, de poder decir con la cabeza bien alta que había vuelto, estaba limpio y seguía ganando… que superar al astuto Gerrans en el último golpe de riñón supuso una dulce tarea. Ahora tiene frente a sí un reto: imponerse al australiano en la general del Tour Down Under, misión harto complicada de cumplir toda vez que el potencial de su GreenEdge en el llano es enorme y obviamente superior al de Movistar. Pero el mayor de los desafíos ya está satisfecho. Valverde ha resistido su sanción y conseguido a las primeras de cambio una victoria en la élite para confirmar su retorno, su condición de superclase, su fuerte deseo de emocionar y emocionarse sobre la bicicleta.

Foto: Movistar Team
Anuncios

Contador rompe la baraja del Giro

A seis kilómetros y medio de la cima del Monte Etna, meta de la novena etapa del Giro de Italia, Alberto Contador rompió esta 94ª edición de la ‘corsa rosa’. O, al menos, consolidó con un golpe de autoridad contundente su estatus de rival a batir en este Giro; ese del cual había sido apeado por sus propias declaraciones, ciertos signos de debilidad como los aparecidos en Montevergine y la positiva insolencia de rivales como Scarponi y Nibali. Pero el tres veces ganador del Tour de Francia es un hueso demasiado duro de roer. Tiene fuerza, calidad, coraje, mentalidad, instinto. Es un compendio de virtudes, un verdadero superclase cuyo patronazgo en cualquier carrera donde se presente es indiscutible hasta que se demuestre lo contrario.
Muestra de ello son las circunstancias previas al golpe de mano de hoy. El pinteño marchó toda la carrera escondido, con compañeros inseparables como Navarro y Hernández a su vera, sin inquietarse por la fuga de nueve corredores de calidad que marcó la etapa, entre los cuales se incluían Visconti, Lastras y un sólido Jan Bakelandts. Se escondió durante la primera subida al Etna, que apenas si sirvió para limpiar de esprinters el sótano del pelotón, y marchó tranquilo durante gran parte de la segunda, a la expectativa mientras el Geox de Menchov daba un tirón para acercar el pelotón a la escapada, y también mientras un excelso Niemiec marcaba incansable el ritmo del pelotón buscando el beneficio de su líder Scarponi.
La subida final al Etna transcurrió durante su primera mitad entre un cierto letargo, casi en trance. El citado ritmo de Niemiec, la pendiente liviana y el incómodo viento adomercieron las ganas de lucha de algunos favoritos. Tuvo que ser el siempre combativo Androni Giocattoli de Gianni Savio quien desatara las hostilidades a través de un recuperado José Rujano a diez kilómetros de meta; cuando Contador dio su hachazo, el venezolano supo cobijarse a su rueda para aguantar un ritmo que se reveló destructivo para Michele Scarponi, quien se vació en pos de alcanzar al ciclista de Saxo Bank y acabó por reventar como también lo había hecho el hasta hoy ‘maglia rosa’ Pieter Weening.
Una vez Scarponi hubo doblado la rodilla, Contador tuvo hecha gran parte de su trabajo y pudo concentrarse en mantener una velocidad crucero y acelerar un par de instantes para intentar descolgar al pegajoso Rujano. El resto de favoritos se reagruparon, no quisieron tomar la cabeza del grupo (era un suicidio, en realidad, tragar viento y llevar cómodos a los rivales desde tan lejos) y volvieron a ceder la responsabilidad a un Niemiec vacío. Gregario contra líder, sota contra as, se rompió la baraja. La brecha abierta, de en torno al minuto, no fue cerrada ni minimizada por falta de voluntad de los favoritos. Los escarceos postreros demostraron que había fuerza en las piernas de Kreuziger, Nibali o Arroyo, pero también temor a gastarlas en benificio ajeno. Otros aspirantes a la general como Denis Menchov o ‘Purito’ Rodríguez ni siquiera gozaron de esa fuerza.
Finalmente, uno de los ataques de Contador acabó por distanciar al notable Rujano y otorgar al madrileño una victoria meritoria que llega acompañada por una ‘maglia rosa’ quizá demasiado tempranera por el desgaste que supondrá para el equipo controlar las once difíciles etapas restantes hasta la crono de Milán. De cualquier manera, los impresionantes seis kilómetros finales de Contador hoy en el Etna olieron cuando menos a ruptura de baraja, si no a sentencia.

Falso esprinter, verdadero superclase

El día de Año Nuevo, el Departamento de Prensa de la empresa de representación deportiva KEC Pro Sport difundió unas declaraciones de Rojas acerca de la próxima temporada. “Llevo unos años dando al palo y éste tiene que ser el de mi gran salto como corredor”. Una declaración de intenciones lógica y esperada de un hombre cuyo destino es ser por derecho propio uno de los cinco mejores ciclistas del mundo.

Hace unos años, José Joaquín Rojas (1985, Cieza – Murcia) era uno de los verdaderos ‘cocos’ del pelotón elite y sub23 español, primero enrolado en el Soctec de Fernando Devecchi y luego en el Würth de Juan González (filial del ONCE de Manolo Sáiz). Hay quien dice que su dominio en categorías inferiores sólo era comparable con el ostentado por su paisano Alejandro Valverde, ‘El imbatido’, tiempo atrás. Pasó a profesionales con el Liberty de Sáiz y de inmediato demostró sus condiciones de llegador, potente en contrarreloj y capaz de superar terrenos quebrados con los mejores; en su primera campaña completa en la élite fue capaz de ganar la montaña de Tirreno-Adriático y ser séptimo en los peliagudos Tres Días de la Panne. En los quince primeros días de competición de la segunda, ya en las filas de Caisse d’Épargne, consiguió ocho puestos entre los cinco primeros. Es su sino….
A lo largo de cinco campañas como profesional, el hermano pequeño del malogrado Mariano Rojas se ha clasificado 134 veces entre los diez primeros, ha acumulado un total de 41 podios… y conseguido sólo tres victorias. La lectura, en clave positiva, es una tremenda fortaleza propiciatoria de una sobresaliente regularidad: Rojas es capaz de mantenerse a un nivel altísimo durante prácticamente todo el año y de sacar ciertos réditos de ello. En clave negativa la conclusión es más pesimista: el murciano siempre está ahí, pero nunca remata. Problema grave para un esprinter, como él mismo reconocía en mayo del año pasado tras nueve meses sin conseguir una victoria: “Necesito ganar algo. Es algo obligatorio para un esprinter”.
La cuestión es si José Joaquín Rojas es un esprinter; mejor dicho, si es un esprinter nato. En las llegadas masivas, el corredor de Cieza suele colocarse bien, entre los cinco primeros en la fila de velocistas en condiciones de disputar la victoria. Sin embargo, durante la ‘volata’ suele equivocar sus decisiones, poniéndose demasiado pronto o demasiado tarde de cara al aire y enterrando gran parte de sus opciones con ello. En esas condiciones, debe tener una superioridad física notoria para imponerse; de hecho, sus tres triunfos han llegado en carreras de nivel .1 (etapas en Vuelta a Murcia y Tour de l’Ain, Trofeo Pollença de la Challenge de Mallorca) donde la competencia no era excesiva.
A Rojas le falta, pues, ese punto: el que distingue a los esprinters puros y ganadores de los esprinters segundones. Su calidad diferencial va por otros derroteros, y radica en su capacidad para escalar repechos y hacer rápidamente acopio de energías tras esfuerzos intensos… En otras palabras: condiciones ideales para pruebas de un día que, complementadas con su envidiable punta de velocidad, dan como resultado un interesante proyecto de clasicómano dominador. Coincide con esta opinión el mánager del conjunto Garmin-Cervélo Jonathan Vaughters, que intentó incorporar a Rojas a su equipo este verano: “Es un talento immenso. Si se dedica a las clásicas, puede ganar en ellas. Si quiere ser como Sean Kelly, puede serlo”.
A sus 25 años, José Joaquín Rojas afronta este 2011 como la primera de las dos temporadas que le ubicarán definitivamente en el escalafón del pelotón mundial. La solución fácil para el de Cieza sería conservar su lugar como esprinter de Movistar y esperar el nacimiento de un instinto ganador para colocarse en la élite. Sin embargo, en mi particular opinión, haría bien en aprovechar la ausencia de Alejandro Valverde en la escuadra de Unzué para probar a disputar Milán-San Remo o las Ardenas con los mayores objetivos. Puede ser su camino para dejar de ser bueno y convertirse en uno de los mejores.

Imagen: KEC Pro Sport / Abarca Sports

‘Bling’: la nueva joya del ciclismo australiano

A Michael Matthews (1990, Camberra-Australia) le llaman sus compañeros ‘Bling’. No se refiere el mote a su velocidad o cualquier otra característica suya sobre la bicicleta, sino a una que le distingue fuera de ella: Michael es una persona coqueta, amante de adornar su cuerpo con distintos tatuajes y avalorios, como se puede ver en esta sesión de fotos junto al técnico de Cycling Australia (federación de ciclismo ‘aussie’) Shayne Bannan. Precisamente Bannan es su mentor, el hombre a cuyo amparo ha crecido Matthews desde que se incorporó a la formación continental Jayco-Skins, equipo de desarrollo de Cycling Australia para sus jóvenes promesas y embrión de la futura estructura de élite australiana que verá la luz en 2012.

Dos años ha pasado ‘Bling’ bajo la tutela de Bannan, siguiendo junto a la mayoría de sus compañeros de Jayco-Skins un programa donde se preparaban con mimo tanto la pista como la carretera. Los resultados en velódromo de Matthews, siempre en modalidades de resistencia, no fueron epatantes; en ruta, en cambio, su calidad y margen de progresión se hicieron evidentes desde el inicio. Un doble Campeonato de Oceanía sub23 (se impuso tanto en ruta y en contrarreloj con sólo 19 años) en 2009 precedieron a siete victorias en carreras .2 la pasada campaña; una temporada de ensueño coronada con un impresionante triunfo en el Campeonato del Mundo sub23 por delante del alemán John Degenkolb y el estadounidense Taylor Phinney. Una victoria que bien le valió el fichaje por todo un equipazo como Rabobank.
El punto fuerte de Michael Matthews, siguiendo el estereotipo del ciclista australiano, es la velocidad. Su calidad diferencial reside, sin embargo, en una consistencia sobresaliente que le permite aguantar con los mejores en carreras duras y jalonadas de repechos como su Mundial victorioso o el critérium de la Jayco Bay Cycling Classic en el cual se impuso ayer por delante de Simon Gerrans (Sky). El retrato de Matthews se completa con un carisma brillante, poco habitual en el ciclismo, gracias a su imagen y a su cercanía con los medios de comunicación.
La progresión esperable de Matthews es toda una incógnita, si bien su proyección es magnífica. Con sólo veinte años y varios kilates de talento, sólo la alta montaña parece suponer un límite para él, que por otra parte se ve menos capaz de lo aparente para las llegadas masivas. Por lo tanto, parece un proyecto de clasicómano de primer nivel. Tiene tiempo por delante para añadir algo de envergadura a sus 1’80 metros de estatura y parecerse a Tom Boonen, por sus características un buen referente para seguir la evolución de ‘Bling’.
Si definir por dónde pasa el futuro de Michael Matthews es complicado, indicar por dónde pasa su presente es, en cambio, bastante más sencillo. Tras las dos jornadas restantes de la Jayco Bay Cycling Classic y los Campeonatos de Australia en linea y contrarreloj, el Tour Down Under supondrá la primera prueba de fuego para Matthews en el profesionalismo. En él encontrará terreno abonado para su lucimiento, con varias llegadas picando hacia arriba como a él le gustan y terreno rompepiernas donde sacar partido a su buen momento de forma. Quizá la quinta etapa, con más dureza y tres subidas a la respetable tachuela de Willunga Hill, cercene sus aspiraciones de cara a la general. Pero es bastante probable que, en el Tour Down Under que dará el pistoletazo de salida a la temporada ciclista dentro de dos semanas, ‘Bling’ brille por primera vez a la altura de los mejores.

La honrosa decadencia de Óscar Freire

Para quien mira las cosas desde el punto de vista del bañista que moja sus pies en la orilla, lo difícil en la vida es subir. Ascender como persona es un reto de proporciones gargantuescas, inabordable si se considera un todo y no se divide en partes. Por no hablar del éxito, que parece una montaña inexpugnable… La persona que ya ha alcanzado ese éxito, la que viene de vuelta, sabe que esa percepción que tiene el bisoño no es la acertada. Lo difícil no es subir, sino bajar con dignidad. Mantener la compostura donde el descenso, en el que la necesidad de ir plegando las alas impide seguir luciendo la majestuosa estampa del ave que vuela hacia las cotas más altas.
Hay pocos tragos más amargos para un deportista que la decadencia. Se ve relegado de las posiciones donde solía manejarse a otras más traseras porque su nivel físico no es el de antes. Se le plantea entonces un enconado desafío psicológico consistente en asumir que no va a poder afrontar todos los retos que antes se planteaba, optimizar sus energías y conseguir llegar con la cabeza a donde antes lo hacía con las piernas. De la resolución de todos estos conflictos dependerá que el declive del deportista sea digno o no.

Hace ya un par de temporadas que Óscar Freire inició su decadencia, mal que nos pese a todos los aficionados al ciclismo y especialmente a los españoles. Sus eternos problemas físicos, que le perjudicaban impidiéndole rendir una temporada completa y por otra parte le beneficiaban ayudándole a llegar fresco a los Campeonatos del Mundo que vertebran su leyenda, han visto ampliados sus efectos gracias al inexorable paso del tiempo. Las piernas de Freire ya no son aquellas que plantaban cara a Bettini en Tirreno-Adriático, ni las que se defendían con brillantez en el terreno que fuera necesario para la consecución de determinados objetivos.
Desde que se llevara el prestigioso maillot verde que acredita al corredor más regular en el Tour de Francia de 2008, el nivel físico de Óscar Freire ha ido en franco descenso. Ya no gana tan fácil como antes, le falta ‘punch’ como demostró en los pasados Mundiales de Geelong. No tiene la punta de velocidad que le permitía plantarle cara a los esprinters en las llegadas masivas de las grandes vueltas; tampoco la irresistible clase con la que aguantaba los ataques de los mejores clasicómanos en terrenos quebrados. Le falta ese puntito que antes le situaba entre los cinco mejores ciclistas del mundo.
Decadencia. Sí. Pero honrosa decadencia. Freire sigue triunfando en los mejores escenarios; es cierto que ha pasado de las seis victorias ProTour de 2008 a dos en este 2010, pero hay pocos corredores que puedan presumir de llevar doce años ininterrumpidos ganando en la élite.
El secreto de su éxito es haber asumido con naturalidad que ya no es el de antes y luchar con humildad. En Milán-San Remo se llevó el gato al agua pasando casi inadvertido toda la carrera y derrotando al resto de favoritos con un inteligente esprint; ayer, en París-Tours, hizo otro tanto. Ya no tiene esa característica aceleración a ciento cincuenta metros de meta; ahora aprovecha al máximo el trabajo de sus rivales y salta a cien. Ha sustituido la fuerza inagotable con un punto más de la inteligencia de que siempre ha hecho gala; cuando ésta se ve complementada con un estado de forma decente, la suerte está echada y suele ser para bien.
Óscar Freire ha sabido interpretar su declive a las mil maravillas, y en lugar de cambiar su modo de correr lo ha extremado: aún más conservador, aún más inteligente. Le queda un año en la élite; pretendía retirarse este invierno, pero acabó por extender su contrato con Rabobank. En los doce meses que le quedan como profesional podremos observar cómo gana sus últimas carreras y aprovecha su ya exprimido físico al máximo. O lo que es lo mismo, presenciaremos una honrosa decadencia.

Foto: CyclingNews

¿Y no quería venir a Geelong?

Unas semanas antes de los Campeonatos del Mundo de Australia, Fabian Cancellara no dejaba claro si competiría o no en ellos. Envuelto en una vorágine de incertidumbre en torno a su futuro, con suspicacias en torno a cómo durante la Vuelta a España se había dejado arrastrar hacia los bares por algunos de sus compañeros en el equipo Saxo Bank… lo que menos le convenía era la presión. Y, para ello, nada mejor que hacerse el sueco y dejar en el aire su presencia en Geelong.
Liberado de todos los apremios que le podían extasiar, Cancellara llegó hace una semana a la ciudad australiana, se sacudió el ‘jet lag’ y tomó esta tarde (mañana en España) la salida en la crono dispuesto a arrasar tal y como lo había hecho en tres de los cuatro anteriores Mundiales de la especialidad, donde campeonó con distancias que llegaron a rondar los tres minutos respecto al segundo. Un dominio insultante que repitió de nuevo, siendo el único de los favoritos en completar la segunda vuelta al circuito donde se desarrolló la prueba con menos de medio minuto de pérdida respecto a la primera. Una señal de que fue el mejor de los participantes no sólo en cuanto a fuerzas, sino en cuanto a regularlas.

El resto de competidores estuvieron a la hora de la verdad a años luz. La primera referencia verdaderamente buena la marcó en la segunda tanda el polaco Maciej Bodnar, gregario de Liquigas con mucho motor y juventud de sobra para llegar a las más altas cotas; acabó noveno a más de tres minutos de la locomotora suiza. Michael Rogers y Luis León Sánchez, en la tercera tanda, sostuvieron un duelo intensísimo que acabó con ambos en la zona noble de la clasificación, quinto y séptimo respectivamente, con un retraso final de en torno a dos minutos y medio…
Sólo otros tres ciclistas bajaron de la hora. David Millar fue el único capaz de hacer ver ese espejismo que supone ver a alguien por encima de Cancellara cuando el suizo se encuentra en estado de gracia. Le superó en el primer parcial, situado al final del primer repecho; después cayó a posición de plata ante la irresistible fuerza de ‘Espartaco’. Peor le fueron las cosas al australiano Richie Porte, una de las grandes revelaciones de la temporada, que se fue hundiendo conforme avanzó la prueba y tras circular casi toda la tarde en el podio sólo pudo llevarse la medalla de chocolate. Quien pudo andar más cerca de la Locomotora fue Tony Martin, a quien un pichazo en la primera parte de la carrera le hizo pedalear a contrapié; tras la incidencia se mantuvo en los tiempos de Millar, pero siempre estará la duda de cómo hubieran ido las cosas para él de no haberla sufrido, de si pudiera haber estado con Cancellara o incluso batirle como ya hiciera en la crono larga de la Vuelta a Suiza este año.
La actuación española estuvo algo por encima de lo acostumbrado en estos años de vacas flacas dentro del panorama nacional en esta especialidad. Iván Gutiérrez ya no es el contrarrelojista puro que fuera campeón del mundo sub23 de la disciplina y se maneja en prestaciones mediocres dentro de la élite; hoy fue 17º. Luis León Sánchez, por su parte, dio emoción a la retransmisión de la prueba gracias a su duelo con Rogers y acabó en una dignísima séptima posición.
En el polo opuesto a Cancellara estuvieron, como en la pasada edición de los Mundiales, James Weeks y Reginald Douglas, los triatletas de San Cristóbal y Nieves que suelen competir en esta prueba constituyendo uno de los absurdos que a veces propicia la globalización del ciclismo. Perdiendo veintitrés minutos no hicieron más grande a Cancellara, sólo le pusieron un contrapunto. Lo cierto es que era muy difícil ensanchar la leyenda de la Locomotora suiza más allá de los impresionantes cuatro entorchados en cinco años que acumula en su palmarés. Éste tiene un sabor especial: lo ha conseguido sin presión (según él, eso lo hace más sabroso) gracias a ser no sólo el más fuerte, sino también el más inteligente. Es un superclase para el recuerdo y lo demuestra cuando los focos brillan más intensamente, como los auténticos superclases.

Meritocracia y amistad por encima de la leyenda

23 de Julio, Arueda.com

El Tourmalet sólo ha sido final de etapa dos veces en el Tour de Francia: el 16 de Julio de 1974 y ayer. Esa primera ocasión se subió por La Mongie y el vencedor fue Jean Pierre Danguillaume, ciclista de clase media-alta en su época en cuyo palmarés sólo hay triunfos conseguidos en suelo francés que pasó a la historia del ciclismo mundial por este único hito. Se hizo un hueco en la historia gracias a una cabalgada épica, con Eddy Merckx, Raymond Poulidor o Lucien Van Impe tratando de darle caza por las galerías que jalonan esa cara del coloso pirenaico.
Ayer, segunda llegada de la historia y segunda ocasión para que un corredor ligara su nombre a perpetuidad a la montaña más mítica del Tour de Francia, junto al Mont Ventoux y Alpe d’Huez. Circunstancias ideales: dos corredores destinados a marcar una época, Andy Schleck y Alberto Contador; exponentes de una portentosa nueva generación de esforzados de la ruta, llegaban igualados a las faldas del puerto que esta vez se iba a subir por el lado duro de Baréges, siendo última jornada montañosa de la carrera, obligatoriamente decisiva… Y, tras luchar diez kilómetros ambos superclases mano a mano, uno decide regalar la etapa a otra en un gesto que puede ser interpretado como un ‘fair-play’, o un reconocimiento a los méritos del rival, o una concesión a la amistad… pero que es, invariablemente, un empalago innecesario.
Carlos Sastre, ciclista de otro tiempo, atacaba al principio de la etapa de hoy. Buscaba contactar con la fuga del día con Boasson Hagen, Kolobnev y Flecha entre otros, que se había marchado sin ningún representante de su Cervélo. Para ello lanzó previamente a sus coequipiers Daniel Lloyd (cazado ipso facto por el pelotón) e Ignatas Konovalovas, destinados a hacer de puente y ayudarle en su propósito. La aceleración del abulense, sin embargo, fue respondida por un Alberto Contador que le hacía gestos para que parara. Samuel Sánchez había caído en la parte trasera del pelotón y había que esperarle. Sastre, con carácter, respondió al madrileño: ése no era su asunto. Si Contador quería ‘fair-play’ podía seguir con él hasta dónde quisiera, pero él había sufrido muchos contratiempos a lo largo de la temporada y nadie paró la carrera para que se repusiera de las consecuencias. Así que iba a seguir adelante. Contador torció el gesto (también lo hizo el sindicalista Cancellara, que circulaba unos metros más atrás) y el abulense se marchó del grupo. A la postre no conseguiría su objetivo de alcanzar la fuga, rodando en tierra de nadie un centenar de kilómetros y certificando que éste ha sido para él un Tour de poca gloria y mucha dignidad.

Mientras Sastre se machacaba por delante, víctima del mal tiempo y circunstancias contrarias, el pelotón circulaba tranquilo, resguardado tras la fila de corredores del Astaná de Contador, ocasionalmente apoyado por el Saxo Bank de Schleck, el Rabobank de Menchov y el Omega Pharma de Van der Broeck. Fue después de Soulor, ya pasado el Marie Blanque, cuando la carrera se puso seria de verdad. Saxo Bank y Astaná pensaron endurecer el ritmo para descubrir debilidades en el otro; Omega y Rabobank buscaron forzar a un Samuel Sánchez aparentemente maltrecho por su caída al inicio de la carrera. El resultado fue un paso asfixiante que a la hora de la verdad sólo afectó a Astaná, que dejó solo a Contador a poco de iniciada la subida final, cuando apenas sobrevivían en cabeza de carrera Kolobnev y el alemán de BMC Marcus Burghardt. En el pelotón, una veintena de ciclistas…
El trabajo de Saxo Bank fue ejemplar, como no lo había sido en toda la montaña de esta Grande Boucle, y cuando Jakob Fuglsang (último gregario) dio su última pedalada con fuerza el líder del equipo Andy Schleck remató la faena con un ataque progresivo a diez kilómetros de meta que eliminó uno por uno a todos los rivales salvo al que debía eliminar, un Alberto Contador que se pegó a la rueda del luxemburgués como una lapa. Uno contra uno, los dos amigos fueron subiendo al paso que marcaba un Schleck que jamás cesaba en su empuje y cada cierto tiempo daba un tirón para intentar poner en apuros al impasible madrileño.
La carretera, la marea humana y los dos mejores corredores del momento. El duelo estaba servido, podría haber sido épico, pero el ímpetu del luxemburgués encontró un muro infranqueable en la solidez del español, que a cinco kilómetros de meta incluso osó realizar un demarraje que fue contestado solventemente por Schleck. Empate técnico, los quince minutos que transcurrieron hasta meta fueron alternamente de conversación unidireccional (el de Saxo Bank hablaba, el de Astaná fingía no escuchar) y tirones tímidos de Andy, que evidenció haber perdido la fe por descolgar a Alberto.
Nadie amenazaba, de cualquier manera, la supremacía de los superclases. Detrás, a más un minuto, circulaba Joaquín Rodríguez. Tras él, los aspirantes al tercer cajón del podio desarrollaban una lucha que se saldaría con otros ocho segundos de ventaja para Samuel Sánchez sobre Menchov. Son 21” en total, la contrarreloj será un duelo de pronóstico reservado entre asturiano y ruso toda vez que Van der Broeck ya parece eliminado de la contienda.
El momento tenso, pues, llegó cuando los protagonistas principales, Alberto y Andy, Tú y Yo, se aproximaban a meta. El luxemburgués siempre en primera posición, el madrileño detrás. Se esperaba un estacazo de Contador, que hiciera pagar a Schleck las consecuencias de su menor fortaleza y su táctica a la postre equivocada de intentar obligarle a un esfuerzo largo que provocara su desfallecimiento. Hubiera sido justo, lógico, en el mundo de la competición. Pero hoy el ciclismo era otra cosa, algo menor. Importaba más el mérito de que Schleck hubiera llevado el peso de la carrera, o al menos eso entendió Contador dejándole entrar victorioso en meta. Una vez pasada la línea de llegada, ambos se palmeaban la espalda, se chocaban las manos, incluso se abrazaban.
Amigos y rivales, un concepto precioso que ellos habían llevado demasiado lejos. Ayer, en la llegada del Tourmalet, acabaron por ser compadres incluso dentro de la carrera donde deberían haberse machacado mutuamente hasta la extenuación para hacer honor a su condición de deportistas. No vale hablar de Indurain, habitual regalador de victorias de etapa cuando aprovechaba el trabajo de terceros para distanciar a segundos; aquí el receptor del presente era el segundo, el gran rival, aquel al cual no se le debería haber dado ni los buenos días tal y como se hizo en Bales. Pero aquel día Contador recibió del público francés un reconocimiento amargo que le descolocó: los silbidos, el abucheo. No quepa duda de que eso, el miedo a escuchar música de viento desde el podio, influyó mucho en el madrileño a la hora de dejar el triunfo en manos de Andy. Tanto o más que la amistad que les une, o que los méritos realizados por el contrincante…
Tras haber presenciado el pasteloso espectáculo, Carlos Sastre explotó en su nota de prensa: “estamos haciendo del ciclismo una patraña de niñatos”. Era la explosión del ciclismo antiguo, viejo cascarrabias apegado a la tradición y a la épica, contra su nieto moderno, hijo de aquel drogadicto ciclismo de los noventa que aún sigue tocando el timbre de vez en cuando para molestar. El nieto moderno, nacido tras la Operación Puerto y adolescente hoy día, es demasiado blando, demasiado sentimental, no conserva ni un ápice del temperamento salvaje que hacía pedalear hasta la extenuación a los adalides de ese ciclismo, el antiguo, que ahora sólo vive en los libros de historia aunque nos empeñemos en intentar resucitarlo cada vez que lo echamos de menos. Ahora, en el ciclismo moderno, la leyenda, lo mítico, importa poco. O mejor dicho, importa menos que valores humanos de esos para todos los públicos como la amistad o el mérito, el “se merece más la victoria que yo”. Valores muchas veces hipócritas que no caben en la alta competición.