Un rascacielos con vistas a París

Alejandro Valverde no cesa de generar expectativas. Hoy apareció en la anunciada batalla de abanicos en la primera etapa de París-Niza, entre trotón y trotón. Supo aprovechar el trabajo de sus compañeros de Movistar, y especialmente el de su compañero de entrenamiento José Joaquín Rojas. Un hito más para el murciano en su retorno tras año y medio sin competir por mor de la sanción del TAS. Otro hecho para cimentar el rascacielos de expectativas que está construyendo sobre sus hombros.

Nadie dudaba de la calidad de Valverde. La había demostrado, más allá de turbiedades, durante años; desde que era cadete y le llamaban ‘Imbatido’ hasta su victoria, triste postre antes de ser suspendido, en la Vuelta a Romandía de 2010. Las reservas venían sobre si esa calidad se habría conservado bien, enlatada en entrenamientos y abdominales. Era factible que la fuerza del ‘Bala’ se hubiera anquilosado, que la inmensa explosividad que le caracterizaba hubiera envejecido, por mucho que impresionara en las concentraciones a sus compañeros de Movistar.
La prueba definitoria sería la competición; el murciano no la retrasó, quiso afrontarla lo antes posible en el Tour Down Under y sólo una exigua bonificación separó a su resultado de ser inmejorable. Las sensaciones, en cambio, sí fueron perfectas y se refrendaron un mes después en la Vuelta a Andalucía, donde Valverde realizó una crono decente y manejó a su antojo las llegadas en alto del Santuario de la Virgen de Araceli y La Guardia de Jaén. En adición, el líder de Movistar derrotó a una concurrencia de alto nivel (que incluía corredores con sus objetivos aún lejanos como Menchov, Samuel Sánchez o Frank Schleck, y otros que ya venían en gran forma como Täaramae o Coppel) y dio algunos golpes de mano para controlar el pelotón mediadas las etapas que inspiraron gran respeto en el resto de componentes del pelotón y levantaron voces…
¿Podrá Alejandro Valverde ganar el Tour de Francia tras su sanción? Algunos de sus coequipiers contestaban, sin vacilar, que sí; otros, rivales, lo veían igualmente posible. La facilidad con la cual había sometido a todos sus rivales, tanto en Australia como en Andalucía, así lo atestiguaban. Frente a sus capacidades físicas estarán las inmensas dudas que siempre ha ofrecido su solidez en una competición de tres semanas (teóricamente despejadas con su victoria en la Vuelta a España 2009, pero aún sin ratificación) y el recorrido de la ‘Grande Boucle’ en 2012, con casi cien kilómetros de contrarreloj tremendamente perniciosos para sus opciones.
Más allá de cuestiones que sólo podrán ser disipadas en julio, aparece una incógnita cercana con esta París-Niza, en principio no contemplada en su calendario (planteado como eminentemente español) pero incluida a raíz de sus excelentes prestaciones. Su nivel en la crono fue digno, pero no brillante (41º a 30” del ganador, Gustav Erik Larsson); su papel hoy en los abanicos, más que notable. Su gama de rivales en la lucha por la general de la carrera se ha reducido, con apenas Wiggins y Leipheimer en su nivel, y Van Garderen, Jeannesson, Spilak y Kiserlovski en una segunda fila. Y las seis jornadas restantes, con tres finales en cuesta consecutivos (a partir de mañana se afrontarán Le Lac de Vassiviére -3º-, Rodez -3ª- y Mende -1º-), dos jornadas de media montaña y una cronoescalada postrera al Col d’Eze, le son considerablemente favorables.
Quizá sea un buen momento para seguir apuntalando su rascacielos de expectativas… e incluso añadirle un par de pisos más desde los cuales otear París.

Bjarne Riis da qué pensar a Andy Schleck

La cabeza llega más lejos que las piernas. En el ciclismo hay pocas cosas tan definitivas como la voluntad; lección impepinable e imprescindible que poca gente conoce mejor que Bjarne Riis, actual director del Saxo Bank de Alberto Contador y otrora corredor limitado cuya extraordinaria mentalidad (y ciertas ayudas médicas, moneda de cambio habitual en la época según las malas lenguas) le valió para retirarse con un Tour de Francia en el palmarés.
Al hilo de esto, el danés ha conducido desde siempre a los líderes de su equipo haciendo hincapié en la psicología propia y ajena. Son célebres sus tácticas rebosantes de sangre fría para provocar los nervios de los contrincantes; son habituales sus declaraciones ensalzando a sus ciclistas y, en ocasiones, despreciando a rivales.
En este marco, no sorprenden sus palabras en el diario Ekstra Bladet comparando a Alberto Contador con Eddy Merckx mientras jibariza a Andy Schleck señalando que “le falta voluntad para ganar el Tour”. El madrileño es “un perfecto compendio de virtudes, física y mentalmente”; el luxemburgués, en cambio, “no ha sido hasta ahora lo suficientemente serio”.

Sin perder de vista que Riis pretende sembrar la duda en el seno de RadioShack – Nissan, lo cierto es que sus palabras son materia para la reflexión. Andy Schleck lo ha tenido, en palabras del técnico danés, “demasiado fácil”. Como bien se recuerda en un oportunísimo artículo de Velochrono, sólo tuvo que demostrar sus condiciones en pruebas sub23 donde ganaba con facilidad para firmar por CSC gracias a su hermano Frank, quien había horadado previamente el camino peregrinando por conjuntos como DeNardi. Siendo neoprofesional, tuteó a Lance Armstrong contestándole a un demarraje en la Vuelta a Georgia. En su primera gran vuelta, el Giro 2007, pisó el podio.
Todo muy fácil, todo muy pronto. Las cualidades físicas de Andy Schleck son tan superlativas que le han permitido ser segundo en cuatro de las cinco rondas de tres semanas que ha disputado; su mentalidad es tan cuestionable que jamás se ha impuesto en la general de una prueba por etapas, corta o larga. Es, tal vez, consecuencia de la “falta de voluntad” comentada por Riis y repetidas veces señalada en el mundillo. El prodigioso luxemburgués compite sin ánimo de disputar el triunfo en todas aquellas carreras que no son un objetivo irrecusable. En el mejor de los casos, como sucediera la pasada temporada en la Vuelta a Andalucía o el Gran Premio Miguel Indurain, juega a entrar en escapadas intrascendentes; en el peor, como ocurrió en la Vuelta a España de 2010, se sacrifica más de noche que de día.
Contrarrestar la insuficiente mentalidad de Andy será el gran reto de Johan Bruyneel la próxima campaña. El nueve veces ganador del Tour (siete con Armstrong, dos junto a Contador) tendrá en sus manos un dechado de capacidades que tendrá que convertir en un campeón con su proverbial habilidad motivadora. Deberá trabajar para ello marcándole el nivel de exigencia que Kim Andersen no supo implantar en Leopard Trek según reconocieron los propios Schleck. Deberá trabajar, también, en eliminar esa especie de obsesión de los hermanos con Contador, que les alejó de la victoria en los dos últimos Tour de Francia. De no remediarse este último síndrome quizá acabe siendo preceptivo darle nuevamente una cuota de razón a Riis cuando afirma que “el gran problema de Andy Schleck ha sido coincidir en el tiempo con Alberto Contador”.

Extremos en busca del espectáculo

Durante buena parte de la pasada década, el espectáculo en las grandes vueltas se convirtió en un parámetro relativo porque el resultado en términos absolutos era desolador. La comparación del desarrollo de las distintas ediciones de Giro, Tour y Vuelta con sus análogas del siglo anterior tendían a arrojar una tendencia triste de abulia entre los corredores y complacencia entre los organizadores. Ambos repetían sus conductas, de conservar a rueda del líder hasta el último suspiro en el caso de los primeros y de acumular puertos recortando contrarreloj, sin buscar fórmulas para la innovación, en el caso de los segundos.
En los últimos años, por fortuna, esta tendencia está cambiando sensiblemente. Los empresarios buscan exprimir al máximo a los artistas y, para ello, se han atrevido a renovar su escenario a través de la acentuación de sus características diferenciales. El Giro perpetuó los finales nerviosos y la dureza desaforada en la última semana; el Tour recurrió al misticismo, aprovechando efemérides para hacer dobles pasos por Tourmalet y Galibier en 2010 y 2011, respectivamente; la Vuelta, en plena construcción de una identidad atractiva, renunció a la roma dureza de los Pirineos e impuso la electricidad de las montañas andaluzas y asturianas y los repechos propios de cada pueblecito.
Hoy se ha dado un paso adelante en esta tendencia con la publicación de los próximos recorridos de Giro y Tour; filtraciones a cargo de Tuttosport en el caso italiano y de la propia web de la carrera en el francés. Esta circunstancia no es baladí, sino reseñable. Anunció la ruta del Giro d’Italia un diario ajeno al grupo RCS (propietario de la Gazzetta dello Sport), lo cual probablemente propicie ciertos errores en su ‘exclusiva’; por otra parte, fue un órgano de ASO quien se equivocó e hizo público el recorrido del Tour, generando con ello expectación en torno a él (tal y como afirma en su Twitter el director del Giro, Michele Acquarone)… y contrarrestando el efecto de la revelación del Giro, en un curioso movimiento de competencia sectorial.
Más allá de detalles, anecdóticos fuera de los despachos, el contenido de ambas filtraciones merece cierto comentario.

El Tour de Francia ha aprendido la lección de 2010: no propician espectáculo los finales en alto ‘per se’, sino las circunstancias precedentes y posteriores a estos. Interesa diseminar los puertos por el toda la ruta para situar oportunidades para la ofensividad de los escaladores por toda ella; interesan etapas cortas pero intensas cuando las piernas de los corredores han acumulado fatiga; interesa poner contrarrelojes antes y después de los principales bloques montañosos para obligar a los ciclistas a aprovecharlos en movimientos audaces y arriesgados.
El resultado es un recorrido variado y equilibrado, con dos contrarrelojes en la 9ª y 19ª etapa de 38 y 52 kilómetros que, sumadas a los seis del prólogo, totalizan 96 kilómetros de esfuerzo individual que hacen crecer las opciones de rodadores con ambición por las grandes vueltas como Bradley Wiggins, Cadel Evans o (quien sabe) Tony Martin a la par que disminuyen las de escaladores puros como Andy Schleck. Para corredores como el luxemburgués habrá también terreno, con tres llegadas en alto (La Planche des Belles Filles -7ª-, La Touissure -11ª-, Peryagudes -17ª-) y otras seis etapas de media o alta montaña, que sumadas con los presumibles finales nerviosos de la primera semana suponen terreno de sobra para compensar la pérdida de las CRI… Siempre que se arriesgue un poco, claro está.

Respecto del Giro d’Italia, la incertidumbre por la proveniencia extraoficial de la ruta hace algo más complicado el análisis. A priori se seguirá un esquema similiar al de cada edición de la ‘corsa rosa’. Primera y segunda semanas estarán abonadas para la velocidad del esprint y los nervios de los repechos finales, con una crono individual, otra por equipos y un final en alto sin dureza previa para poner el picante de cara a la general.
El último tercio de la carrera, por contra, se encontrará plagado de dureza. Dos finales en alto en el penúltimo fin de semana ejercerán de entremés antes de la criba definitiva, llamada a acaecer en las etapas 17ª (4500 metros de desnivel, con pasos por Valparola, Duran, Forcela Staullanza y Giau, con llegada previo descenso a Cortina d’Ampezzo) y 20ª (5900 metros de desnivel, transcurso por Tonale, Aprica, Teglio y Mortirolo y culminación en Stelvio); dos platos fuertes entre los que se insertará un temible final en Alpe di Pampeago y tras los cuales se hará una contrarreloj individual en Milán, el golpe de gracia.
A falta de conocer el recorrido de la Vuelta a España, parece claro que las grandes vueltas apostarán en 2012 por estirar sus respectivas características, ir un poco más lejos o por lo menos continuar en su línea. Optarán para ello por extremos algo distantes entre sí, pero con el fin común de levantar al ciclista (verdadero propiciatorio del espetáculo) del sillín y al espectador del sillón.

Siete motivos para un Tour histórico

Os recomiendo leer este reportaje en Arueda.com, por aquello de las imágenes y demás

Las lágrimas de Cadel Evans en el podio de los Campos Elíseos cerraron un Tour de Francia cuya frenética última semana puede elevarle a la leyenda.
No se recordaba una Grande Boucle tan movida y emocionante, enriquecida además con el alto perfil de sus competidores y la dispersión del talento en diversos equipos, en el ciclismo contemporáneo iniciado tras el ‘caso Festina’. Apenas la edición de 2003, la del Centenario, marcada por el calor y las debilidades de Lance Armstrong frente a Jan Ullrich, recordada por el aficionado español por la terrible caída de Beloki en La Rochette y la magnífica victoria de Ibán Mayo en Alpe d’Huez, ofreció un espectáculo equiparable.
La política de ASO de retrasar la lucha por la general hasta la segunda decena de etapa, dejando la primera sembrada de esprints sazonados con finales nerviosos donde clasicómanos y esprinters competían mientras los favoritos cruzaban los dedos, perdían segundos moralmente decisivos y se caían miserablemente, fue hecha buena por los ciclistas y ha sido aprobada por los aficionados. El Tour llegó vivo hasta el final gracias a la torpeza táctica de un Leopard que tal vez despertó demasiado tarde, el sentido del espectáculo de elementos como Thomas Voeckler o Samuel Sánchez, el orgullo del derrotado Contador y la solidez del campeón Evans. Todos ellos configuraron unas etapas finales memorables. En general, los 198 corredores que tomaron parte en este Tour de Francia contribuyeron, a su manera, a determinarlo histórico por motivos como los siete reseñados a continuación…
El dramatismo de las caídas
Nada como las dificultades, circunstancias desgraciadas, para poner un punto de interés a un acontecimiento. La primera semana del Tour de Francia estuvo sembrada de caídas. Sin ir más lejos, el gran favorito Alberto Contador comenzó a perder la carrera con una en la primera etapa. En los días posteriores sobrevino un goteo de grandes nombres perdidos para la causa del amarillo: Gesink, Wiggins, Vinokourov, Van den Broeck, tres de los cuatro líderes de RadioShack… Auténticos desastres que marcaron el desarrollo de la carrera al reducir drásticamente el número de favoritos y aspirantes a lucir en el puestómetro.
El dominio de Cavendish y su lucha con Rojas
La primera semana no sólo fue escenario de caídas e ilusiones rotas contra el asfalto: también sirvió para la representación de una de las luchas más entretenidas y electrizantes de todo el Tour. El murciano José Joaquín Rojas, decidido a conseguir el maillot verde de la Regularidad para Movistar, entró en la guerra por los puestos de privilegio en todas las etapas a su alcance, enfrentándose en muchas ocasiones a grandes ciclistas que aportaron su nota de brillantez a la carrera como Philippe Gilbert, Thor Hushovd o Edvald Boasson Hagen. Su problema vino cuando Mark Cavendish encendió la locomotra de su HTC y comenzó a imponerse inapelablemente en cinco finales llanos. Recortó su ventaja, le superó y acabó por lucir el entorchado verde en París. En medio, cruces de palabras en la prensa, acusaciones e incluso una particular declaración de intenciones donde Movistar mostró su intención de dejar a Cavendish fuera de control para auparse al ‘verde’.
El atropello de Flecha y Hoogerland
En la novena etapa, un insólito coche de France Télévision atropelló a Juan Antonio Flecha y Johnny Hoogerland. Del conductor nunca más se supo; de su delito, en cambio, nació una historia admirable. Ambos corredores no sólo acabaron la etapa donde fueron golpeados por el automóvil, sino que también llegaron a París. Ni siquiera lo hicieron en el anonimato deportivo: Flecha y, especialmente, Hoogerland destacaron en las fugas con su habitual coraje e intrepidez. En torno a ellos se creó un halo de heroísmo que ha culminado, en el caso del holandés, en un auténtico culto a los 34 puntos de sutura resultados de su encontronazo con una alambrada a través incluso de camisetas y canciones.
La heroica defensa de Thomas Voeckler
En la misma jornada del atropello, el francés Thomas Voeckler se aupó al liderato del Tour de Francia con la exigua renta de 2’26”. Salió indemne de los descafeinados Pirineos y se plantó en los Alpes con sus opciones de dar la sorpresa intactas e in crescendo. Se las dejó en el Galibier, camino de Alpe d’Huez, y acabó cuarto en la general, un resultado con el cual no podía ni siquiera soñar. Voeckler no es un ciclista querido dentro del pelotón por los mismos motivos que le hacen reconocible y hasta entrañable para el aficionado: tiene una relación bulímica con el protagonismo, que gana robándoselo a los demás a través de gestos estridentes, excesos deportivos, lenguas moviéndose como un péndulo de extenuación y ex abruptos tan poco caballerosos como atractivos para la cámara. Genio y figura, Voeckler ha sido uno de los grandes nombres de este Tour de Francia gracias a su tenaz defensa del maillot amarillo ante corredores mucho mejores que él. Su fe, y las alucinantes prestaciones de Europcar, movieron montañas.
Andy Schleck: el aspirante a rey puso en jaque el Tour
Destronado por su torpeza en el descenso, perdido en la guerra de nervios sostenida con Contaodr, víctima del escarnio del mundillo ciclista, Andy Schleck defendió su honra de la única manera posible en la 18ª etapa del Tour. Un ataque lejano en el Izoard le permitió pasar en solitario por el paraje lunar de la Casse Desserte, como los grandes campeones de Bobet, y rematar junto a un Leopard excelente aquella jornada la faena en la subida postrera al Galibier mientras el resto de favoritos se miraban, acusadores. Esta épica ofensiva de sesenta kilómetros puso el Tour patas arriba, eliminó a grandes candidatos a todo como Alberto Contador o Samuel Sánchez y revindicó al luxemburgués ante esa parte del Ciclismo que le consideraba aniñado y sobrevalorado. Su ataque no valió para ganar el Tour de Francia, pero sí le granjeó el respeto de todo el deporte. Y ese logro, intangible, quizá valga más que un jersey amarillo.
Contador no pudo ganar, pero fue el juez
Tras condicionar el desarrollo del Tour a través del miedo que infundía a los Schleck, Alberto Contador fue derrotado en la vertiente sur del Galibier. Al día siguiente, en la norte, se lanzó a por todo y a por nada a la vez. No buscaba la etapa, ni la general; sólo quería dejar en la carretera ese último gramo de fuerza que no iba a necesitar en su Pinto natal, ni ante el TAS, ni en la Quiznos Pro Challenge. Se lanzó en busca del honor y la venganza deportiva, y consiguió ambas aunque no las culminara con una victoria por obra y gracia de un inspiradísimo Pierre Rolland. El ataque de un Contador lleno de frenesí puso nuevamente la carrera al borde del infarto, y quizá la decidió al animar a Andy Schleck a realizar un derroche de fuerzas que pudo lamentar luego en la subida de Alpe d’Huez, donde no pudo distanciar a Evans. El madrileño de Saxo Bank no fue el ganador, pero sí fue el juez y quizá el verdugo. Ahora le toca ponerse ante el tribunal.
El Ciclismo hizo justicia con Evans
Hay pocos finales mejores para una carrera ciclista que la victoria de quien lleva persiguiendo el éxito demasiado tiempo. Con 34 años largos, Cadel Evans se convirtió en el tercer ganador más veterano del Tour de Francia en toda su historia. Lo hizo a través de sus señas de identidad, equiparables tal vez a la esencia del Ciclismo: tenacidad, solidez, sufrimiento. Tomando la responsabilidad como dicen sus admiradores, o a rueda como dicen sus detractores, el australiano de BMC fue el mejor de esta Grande Boucle, el más regular y también el más inteligente. Cimentó su triunfo en la montaña, donde aguantó a pesar de que su equipo BMC apenas era voluntad en ese terreno, y lo remató en la contrarreloj final, donde superó y jibarizó a los Schleck con suficiencia. Campeón merecido, perpetúa también un ejemplo para el futuro: quien triunfa no tiene por qué hipotecar su temporada en pos del Tour. Se puede ganar en París habiendo competido y hecho gala de calidad en carreras previas. Una auténtica lección que debería ser aprendida por otros contendientes de esta excelsa Grande Boucle.

Este Tour recordará a Contador

No ha podido ganar el Tour, ni siquiera esta etapa. Pero Alberto Contador ha regalado hoy al Ciclismo un día épico para su honra y regocijo.
Un ataque de Chris Anker Sörensen, de Saxo Bank. Orejas tiesas en el pelotón. Son los compases iniciales de la etapa, la fuga lleva ya unos kilómetros establecida, el Télégraphe está en sus primeras estribaciones. No tiene sentido, a menos que… Demarraje de Contador, claro. Andy Schleck, Cadel Evans y Thomas Voeckler a su rueda. Dani Navarro, otro coequipier del pinteño, surge desde atrás para darle un relevo de unos pocos metros, un respiro exiguo para el madrileño a cambio de un atracón de hipoxia para el asturiano. De más atrás aún viene otro chaval de Asturias, Carlos Barredo, amigo enrolado en Rabobank, y propulsa de nuevo al grupo de Contador para acabar abriéndose a los quinientos metros, exhausto.
También se tienen que abrir Evans y Voeckler. El australiano, nervioso con su bicicleta como en la etapa de Sierra Nevada de la Vuelta 2009, se queja de su máquina y la cambia. Contador, ebrio también de 2009 (París-Niza, última jornada, otro ataque desaforado al inicio de la etapa cuando se había quedado sin opciones de cara a la general), seguía con su tentativa y con Andy Schleck a rueda. Cazan la fuga. La rompen, también. Se marchan con Rui Costa (Movistar) y Christophe Riblon (AG2R), ganadores de un concurso que tenía por premio vivir en primera persona una etapa histórica. Por detrás, Evans se refugia en el Liquigas de Basso en lo que podríamos llamar, entrecomillado, “pelotón”; Voeckler persiste, suicida, y consuma Galibier arriba su error de pretender equipararse con dos superclases en el terreno predilecto de estos. A partir de ahí, la ofensiva acaba por establecerse y acaba por morir.
Boxeo bajo mínimos en Alpe d’Huez
Fue una jornada épica por salvaje. Por el destrozo sufrido en el seno del pelotón, por las decisiones rápidas y ofensivas, por el lactato acumulado en las piernas de los ciclistas. A pesar del reagrupamiento en el descenso del Galibier y la teórica calma sobrevenida con éste, Alpe d’Huez se convirtió en una lucha donde apenas quedaban fuerzas y cada uno se defendía con su clase. El lanzamiento de Jakob Fuglsang en la primera rampa del gigante alpino, error monumental por cuanto dejó en ventaja a Evans y cortó a los hermanos Schleck (sus dos jefes de fila), se tradujo apenas en una anécdota cuando se puso de relieve que la etapa era una ruleta entre corredores asfixiados, un combate entre boxeadores derrengados.
Boxeador fue Alberto Contador a cinco kilómetros de meta para golpear con un curioso puñetazo a un aficionado impertinente que le perseguía vestido de enfermero y haciendo gesto de pincharle con una jeringuilla. El madrileño ya iba sólo, el mejor en la lucha de clase a falta de fuerzas, dejando atrás a todos los favoritos mientras estos se marcaban entre sí a aproximadamente un minuto de distancia. Tras él avanzaba, inexorable, Samuel Sánchez; a su rueda, un Pierre Rolland conservador a quien se le cuenta tanto el mérito de aguantar con los mejores toda la etapa como se le descuenta el demérito de no haberse mostrado cara al aire ni dado una pedalada en favor de su coequipier y maillot amarillo Thomas Voeckler.
Por eso, que en los kilómetros finales el francés de Europcar emergiera de la rueda de Samuel para remachar a Contador deja un sabor agridulce. Jugó sus cartas, sí, pero quizá hubiera sido más deseable para el Ciclismo (y para el aficionado español) la victoria de ese Contador épico, enrabietado, encarnando todos los valores de un deporte donde morir matando no es un órdago antinatural sino un valor encomiable. El demarraje de hoy, desde la inferioridad y aún resintiéndose de la brutal cura de humildad recibida ayer, coloca a Contador en el peldaño de los grandes héroes ciclistas de toda la historia. También esta edición del Tour de Francia oposita para situarse entre las mejores carreras de siempre, referentes para el futuro. Y se acordará de sus 198 participantes, pero especialmente de un Alberto Contador que le ha puesto un colofón magistral en espera del epílogo de mañana.

La histórica redención de Andy Schleck

Octavo a 3’22” del apoteósico vencedor Andy Schleck, Rein Täaramae entra en meta roto. El estonio de Cofidis acaba satisfecho por cuanto sus relevos en momentos clave de la etapa habían conseguido descabalgar al colombiano Rigoberto Urán y auparle a los más alto de la clasificación de los jóvenes, pero a la par algo desencantado por un ataque a menos de cinco kilómetros de meta que le había desfondado, permitiendo al sorprendente Pierre Rolland acercarse peligrosamente y situarse a sólo 33” de él en la general. Respiraba Täaramae, experto en la lid del reventón y excesivo como pocos en sus aceleraciones, el aire huérfano de oxígeno del Galibier. Ésa era la principal causa de su sofoco: haber rebasado el umbral de los 2000 metros de altitud pedaleando. Más de 30 kilómetros pasaron los corredores por encima de éste durante la etapa, durante la cual recorrieron también alrededor de 130 ascendiendo, hacia el cielo, para terminar a 2645 metros sobre el nivel del mar.
Era una jornada propicia para reventones. Más cuando se venía de días de nervios, con diecisiete parciales de fatiga acumulados. Si a esto sumamos el esfuerzo de otra carrera de similar calado y dureza como el Giro de Italia, el resultado es que las piernas del ciclista que saliera indemne serían sobrehumanas. Alberto Contador no aguantó, y con ello demostró ser tan humano como cualquiera. El hecho de que en veinte años sólo tres ciclistas hayan sido capaces de clasificarse en el podio de Giro y Tour una misma temporada era suficientemente indicativo de la titánica tarea que tenía por delante el pinteño buscando el doblete. Hoy se dió de bruces con sus limitaciones. A pesar de su trabajo, el de su Saxo Bank y el de sus aliados de Euskaltel, acabo por ceder tiempo en meta, ahogado. Incluso algo más que el explosivo Täaramae.
Lejos de estas miserias durante la mayor parte de la jornada, alumbrado por la épica que tanto necesitaba para redimir su honra, Andy Schleck cabalgó majestuoso por las cumbres alpinas. Planteó la táctica de su Leopard Trek tirando de manual, lanzando a dos buenos gregarios como Joost Posthuma y Maxime Monfort en la escapada larga fraguada en el eterno Agnello con objeto de atraparlos posteriormente y beneficiarse de su trabajo. Lo hizo a la perfección gracias a un portentoso ataque en el Izoard que no halló contestación en un grupo de favoritos que prefirió jugar al ajedrez. Basso sólo contaba con el alfil Szmyd, Contador tenía sus filas desarboladas y se hallaba personalmente en jaque a cola del grupo, Evans tenía una posición tan cómoda que no puso a trabajar a sus peones hasta llegado el falso llano previo al Galibier.
El australiano, sin embargo, midió mal los tiempos. Finalmente, ante el viento de cara del Lautaret y la inconmensurable labor de Monfort y el circunstancial aliado Devenyns para Andy Schleck, tuvo que acabar en cabeza de grupo jugándose el todo por el todo, incluso su propio pellejo de rey. Se enfrentó en solitario a Eolo ante la insolidaridad de sus acompañantes y fue eliminando a los rivales que se agazapaban a su espalda, tan deseosos de atacarle como temerosos de las consecuencias, a la par que recortaba la ventaja del contrincante que se alzaba en el horizonte, inapelable y magistral. A la postre, Evans acabó por salvar sus muebles y, a la par, los de un Europcar miserable que no dio un solo relevo hasta menos de un kilómetro para el final a pesar de llevar en el grupo al gregario Rolland con su líder Voeckler y, aun así, conservó como premio el ‘amarillo’ un día más.
En los últimos metros, sobrado tras todo un día guardando energía, Frank Schleck aceleró para ser segundo a meta y remachar con un doblete la exhibición de su hermano y el Leopard Trek en conjunto. Una exhibición necesaria, sin duda alguna, para evitar a la estructura el escarnio dentro de un pelotón donde aún no habían visto garras a los felinos. Sin embargo, a tenor de lo visto sí las tenían, aunque guardadas. Hoy han sabido usarlas de la mejor manerla posible para configurar una magnífica redención y aupar al benjamín de los Schleck al segundo lugar de la general (con apenas 15” de desventaja respecto de Voeckler y casi un minuto sobre el Evans) y de paso hacerle entrar en la historia del ciclismo por la puerta grande. Falta saber si Leopard tiene también fauces para triturar mañana la carrera en Galibier y Alpe d’Huez e imponerse con ello en la general de un Tour de Francia que llega a su fin de semana postrero abiertísimo tras una agradable sucesión de sorpresas.

Bendita costumbre de combatividad

Tras el monumental sobresalto de ayer, la etapa de hoy no ha llegado a sorprender a nadie. En este Tour, la combatividad se ha convertido en una bendita costumbre.
La jornada camino de Pinerolo respondió al guión acostumbrado en un día de media montaña de una gran vuelta, más aún si éste se sitúa en la tercera semana de carrera: una fuga numerosa se marchó ante la pasividad del pelotón, corredores de segunda fila buscaron moverse para dar un salto en la general, el equipo del líder controló y en los postres se atizaron los favoritos con escasa significación mientras quienes marchaban por delante se jugaban la victoria. Pura, emocionante, normalidad.
Bien sabe de esto Rubén Pérez, ciclista de Euskaltel, el esforzado de la ruta que más escapadas del día (6) lleva acumuladas en este Tour junto a Mickäel Délage y Jérémy Roy (FDJ). Hoy se filtró entre los catorce de turno e incluso a estos les atacó en la subida a Séstriere; dejaba atrás al meritorio Andrey Amador, fugado a pesar de su esguince de tobillo, y a grandes escapistas como Sylvain Chavanel o Sandy Casar. También estaba en el grupo el irresistible Edvald Boasson Hagen, quien le adelantó en la subida a Pramartino y se resarció imponiéndose en meta de su derrota de ayer ante Hushovd. Precedió a Bauke Mollema, incapaz de neutralizarle y afectado por la mala suerte de su compañero en la empresa de cazar al gigante noruego, un Jonathan Hivert que desperdició la última oportunidad del modesto Saur-Sojasun de llevarse un parcial de esta Grande Boucle con un accidentado descenso que incluyó un derrape, una caída y una salida de bandera hacia un patio vecino a la calzada.
En el mismo descenso atacaron, desaforados y en conjunto para regocijo de Pepe Martí, preparador físico personal de ambos, Samuel Sánchez y Alberto Contador. El español ya lo había probado en la subida previa; su demarraje, sin embargo, estaba cantado y encontró la firme resistencia de unos hermanos Schleck dispuestos a no ser ridiculizados de nuevo por el ciclista de Saxo Bank. La bajada suicida de asturiano y madrileño apenas se tradujo en meta en 27 segundos de ganancia, para ellos y para el resto de favoritos, sobre el líder Thomas Voeckler (casi calcó el descenso de Hivert) y un Ivan Basso cuyo punto fuerte jamás fue la suerte del descenso.
El italiano de Liquigas es, precisamente, uno de los grandes interesados en las etapas que mañana y pasado decidirán en gran parte el Tour, en vísperas de la definitiva contrarreloj de Grenoble (sábado). La acumulación de dureza beneficiará a los fondistas como él. El viernes se afrontará el interminable Galibier por el lado de Télégraphe y, tras un larguísimo descenso, el legendario Alpe d’Huez. Antes, el jueves, se subirán tres puertos de categoría especial: el eterno Agnello, el durísimo Izoard y otra subida de enorme longitud como el Galibier encarado por la vertiente de Lautaret, poco adecuada para exhibiciones dada su exigua pendiente media de menos del cinco por ciento.
Serán dos jornadas, especialmente la de mañana, donde quien desee hacer daño deberá ser ofensivo desde lejos para ver su traducida su agresividad en diferencias en la meta. La posición ventajosa de un Evans cuyo punto [apenas] débil está en la alta montaña y la ausencia de un equipo verdaderamente dominante incentiva esta posibilidad de ataques lejanos. Unos Schleck heridos en su orgullo y ridiculizados en el mundillo ciclista, el sufridor Basso, los acostumbradamente combativos Contador y Samuel Sánchez e incluso un Movistar dispuesto a dejar fuera de control a Mark Cavendish para precipitar el maillot verde de la regularidad sobre los hombros de José Joaquín Rojas tienen mañana y pasado terreno de sobra para traducir sus intenciones en hechos. O, al menos, en honrosos intentos que dejen una marca en la memoria del aficionado, ávido de gestas que pongan la guinda a este intenso Tour de Francia.