Este Tour recordará a Contador

No ha podido ganar el Tour, ni siquiera esta etapa. Pero Alberto Contador ha regalado hoy al Ciclismo un día épico para su honra y regocijo.
Un ataque de Chris Anker Sörensen, de Saxo Bank. Orejas tiesas en el pelotón. Son los compases iniciales de la etapa, la fuga lleva ya unos kilómetros establecida, el Télégraphe está en sus primeras estribaciones. No tiene sentido, a menos que… Demarraje de Contador, claro. Andy Schleck, Cadel Evans y Thomas Voeckler a su rueda. Dani Navarro, otro coequipier del pinteño, surge desde atrás para darle un relevo de unos pocos metros, un respiro exiguo para el madrileño a cambio de un atracón de hipoxia para el asturiano. De más atrás aún viene otro chaval de Asturias, Carlos Barredo, amigo enrolado en Rabobank, y propulsa de nuevo al grupo de Contador para acabar abriéndose a los quinientos metros, exhausto.
También se tienen que abrir Evans y Voeckler. El australiano, nervioso con su bicicleta como en la etapa de Sierra Nevada de la Vuelta 2009, se queja de su máquina y la cambia. Contador, ebrio también de 2009 (París-Niza, última jornada, otro ataque desaforado al inicio de la etapa cuando se había quedado sin opciones de cara a la general), seguía con su tentativa y con Andy Schleck a rueda. Cazan la fuga. La rompen, también. Se marchan con Rui Costa (Movistar) y Christophe Riblon (AG2R), ganadores de un concurso que tenía por premio vivir en primera persona una etapa histórica. Por detrás, Evans se refugia en el Liquigas de Basso en lo que podríamos llamar, entrecomillado, “pelotón”; Voeckler persiste, suicida, y consuma Galibier arriba su error de pretender equipararse con dos superclases en el terreno predilecto de estos. A partir de ahí, la ofensiva acaba por establecerse y acaba por morir.
Boxeo bajo mínimos en Alpe d’Huez
Fue una jornada épica por salvaje. Por el destrozo sufrido en el seno del pelotón, por las decisiones rápidas y ofensivas, por el lactato acumulado en las piernas de los ciclistas. A pesar del reagrupamiento en el descenso del Galibier y la teórica calma sobrevenida con éste, Alpe d’Huez se convirtió en una lucha donde apenas quedaban fuerzas y cada uno se defendía con su clase. El lanzamiento de Jakob Fuglsang en la primera rampa del gigante alpino, error monumental por cuanto dejó en ventaja a Evans y cortó a los hermanos Schleck (sus dos jefes de fila), se tradujo apenas en una anécdota cuando se puso de relieve que la etapa era una ruleta entre corredores asfixiados, un combate entre boxeadores derrengados.
Boxeador fue Alberto Contador a cinco kilómetros de meta para golpear con un curioso puñetazo a un aficionado impertinente que le perseguía vestido de enfermero y haciendo gesto de pincharle con una jeringuilla. El madrileño ya iba sólo, el mejor en la lucha de clase a falta de fuerzas, dejando atrás a todos los favoritos mientras estos se marcaban entre sí a aproximadamente un minuto de distancia. Tras él avanzaba, inexorable, Samuel Sánchez; a su rueda, un Pierre Rolland conservador a quien se le cuenta tanto el mérito de aguantar con los mejores toda la etapa como se le descuenta el demérito de no haberse mostrado cara al aire ni dado una pedalada en favor de su coequipier y maillot amarillo Thomas Voeckler.
Por eso, que en los kilómetros finales el francés de Europcar emergiera de la rueda de Samuel para remachar a Contador deja un sabor agridulce. Jugó sus cartas, sí, pero quizá hubiera sido más deseable para el Ciclismo (y para el aficionado español) la victoria de ese Contador épico, enrabietado, encarnando todos los valores de un deporte donde morir matando no es un órdago antinatural sino un valor encomiable. El demarraje de hoy, desde la inferioridad y aún resintiéndose de la brutal cura de humildad recibida ayer, coloca a Contador en el peldaño de los grandes héroes ciclistas de toda la historia. También esta edición del Tour de Francia oposita para situarse entre las mejores carreras de siempre, referentes para el futuro. Y se acordará de sus 198 participantes, pero especialmente de un Alberto Contador que le ha puesto un colofón magistral en espera del epílogo de mañana.
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El ridículo táctico de Saxo Bank

Las caídas son un elemento inherente al ciclismo, un riesgo latente y a veces también un tributo a pagar. En una carrera como el Tour, nerviosa por constituir un gran escenario, multitudinaria por congregar a dos centenares de ciclistas y a millares de aficionados en cada una de sus etapas, el riesgo se multiplica y el tributo suele subir. Así sucedió hace doce años cuando Zülle perdió un maillot amarillo que pudo ser suyo en el Passage de Gois de donde partió esta mañana la ‘Grande Boucle’…
Así ha sucedido también hoy a ocho kilómetros de la meta del Mont des Alouettes, cuando una de las personas que visionaban la carrera sin mayores pretensiones se convirtió en protagonista involuntaria del día y quizá de la carrera derribando a un Astaná y provocando una enorme montonera que atrapó en su vorágine a los dos principales favoritos españoles para la general de esta edición del Tour de Francia, Samuel Sánchez y Alberto Contador.
Las circunstancias de ambos fueron completamente diferentes. La caída se produjo en la parte derecha del pelotón, más o menos a la altura del quincuagésimo corredor. Samuel viajaba, con al menos cuatro compañeros, alrededor del nonagésimo lugar y en la orilla izquierda: estuvo a punto de librar la caída, pero un corredor de Katusha le arrastró al suelo. Contador, por su parte, se encontraba en mediada la segunda mitad del pelotón y con apenas tres coequipiers (Porte, Sörensen y Navarro) junto a él. No llegó a caer al suelo, pero se vio bloqueado por la barrera de ciclistas y bicicletas que se interponía entre él y la cabeza de carrera.
El resto de los Saxo Bank habían levantado el pie unos kilómetros antes, siguiendo la estrategia ya efectuada el año pasado por Astaná en este mismo escenario, y no estaban disponibles para ayudar a Contador a solventar la urgencia que se había presentado. Ello se tradujo en una caza desesperada, sostenida la mayor parte del tiempo por Euskaltel para mayor oprobio y ridículo táctico de los ciclistas dirigidos por Bjarne Riis.
Los demás favoritos, en su totalidad, salvaron esa primera incidencia y quedaron encuadrados en un primer grupo de alrededor de ochenta ciclistas. La posterior, a dos kilómetros de meta, afectó a ‘tops’ como Andy Schleck, Robert Gesink o Bradley Wiggins; sin embargo, no contó para la general siguiendo la popularmente conocida como norma de los tres kilómetros, que dicta que a los corredores que sufran caídas, averías o pinchazos dentro de los tres últimos kilómetros se les asignará el tiempo del grupo en el cual viajaran en el momento de la incidencia.
El hecho es que las provisiones de la UCI establecen que esta ley queda sin efecto en los finales en alto y la etapa de hoy acabara en un puerto de cuarta, lo cual puede suscitar discusiones: ¿por qué ASO dispuso en su libro de normas que en esta etapa sí afectar la norma de los tres kilómetros, divergiendo con la UCI?
Sea como fuere, lo cierto es que las normas particulares del Tour de Francia indicaban claramente esta circunstancia. Por ello, la minucia no resta gravedad a la verdadera clave de la jornada de hoy: el naufragio táctico de Saxo Bank, y por ende de un Contador que no dispuso de compañeros para empalmar con el grupo de cabeza tras la montonera que le atrapó por ir mal situado dentro del pelotón. No es tolerable que, mientras todos los favoritos viajan en cabeza del grupo, el vigente campeón lo haga en la cola y sin apenas coequipiers junto a él. La etapa de hoy ha sido un desastre que, para más inri, probablemente será ampliado en el día de mañana con una crono por equipos (corta: sólo 23 km) en la cual el Leopard Trek de los Schleck es netamente superior al Saxo Bank del pinteño. El Tour de Francia no podría haber empezado peor para un Contador que, desde hoy, corre a contrapié.

Las flojas perspectivas del Saxo Bank de Contador

En la parte oriental de la isla de Fuerteventura se yergue Playitas Resort, un enorme complejo hotelero construido en 2006 en el pueblo pesquero de Las Playitas aprovechando la baja densidad urbanística existente alrededor y los más de 900 metros de playa propiciados por la bahía homónima. Ahí se ha ido el equipo Saxo Bank para hacer su tradicional concentración invernal, encabezado por su propietario Bjarne Riis y su líder Alberto Contador: a 1622 kilómetros de Madrid…

Tierra y mar de por medio. Alberto Contador necesitaba alejarse de habladurías, rumores, especulaciones y afrentas para reencontrarse, consigo mismo y con la tranquilidad que abandonó hace unos años su carrera deportiva. Allí, en Fuerteventura, el pinteño ha conocido a los integrantes de su nueva escuadra, a la que llegó atraído por el prestigio y la seguridad ofrecidos por Bjarne Riis y espoleado por el poco acogedor ambiente de su ya casi ex equipo Astaná. Desde el domingo 28 lleva envuelto en una serie de actividades deportivas y dinámicas grupales junto a sus compañeros de Saxo Bank, algo distantes de los primigenios campamentos de supervivencia organizados en bosques daneses por Riis junto a un antiguo boina verde, pero con idéntico fin: generar sinergias y complicidad entre los diversos miembros del bloque.
Bloque. De nuevo, un invierno más, la palabra clave de la especulación deportiva en torno a Alberto Contador. En el invierno de 2009 se habló mucho en torno a la posible fragilidad del Astaná que debía respaldar al superclase madrileño. Conforme iba avanzando la temporada, el runrún se fue avivando gracias a las actuaciones del conjunto y a las declaraciones del propio Contador admitiendo estar “protegiendo” de un desgaste prematuro al bloque debía salvaguardar sus opciones en el Tour. Finalmente, sin embargo, no se cumplieron los pronósticos; bien al contrario, Astaná fue la mejor formación en cuanto a rendimiento de los gregarios, con especial brillo de unos superlativos Navarro y Tiralongo.
A pesar de la contundencia con la cual se zanjó la discusión sobre Astaná en 2010, el escrutinio al Saxo Bank de 2011 está servido. La estructura dirigida por Bjarne Riis está lejos de mantener el potente conjunto de años pretéritos, cuando era favorito en cualquier competición donde estuviera presente. Once bajas han mermado su potencial de una manera significativa. Ocho corredores (incluyendo sus tres líderes, Frank y Andy Schleck, junto a varios gregarios clave) se han ido al flamante Luxembourg Pro Cycling Project, mientras por otra parte se ha retirado un tótem como Frank Hoj y han emigrado dos potenciales clasicómanos de renombre como Matti Breschel (a Rabobank) y Alex Rasmussen (a HTC-Columbia).
Las altas no han compensado, ni de lejos, las pérdidas supuestas por las bajas. Han llegado tres hombres poco curtidos y sin proyección significativa como Mads Christensen, Manuele Boaro y David Tanner; corredores venidos a menos como Gustov (ex Cervélo), Nuyens (ex Rabobank), Vandborg (ex Liquigas) y Tosatto (ex Quick Step). Y, formando parte del mismo paquete que Contador, tres gregarios solventes como Benjamín Noval, Jesús Hernández y Dani Navarro.
Mimbres, en definitiva, insuficientes por sí solos para sostener el nivel de una escuadra históricamente dominante como Saxo Bank; insuficientes, también, sumándoles aquellos ciclistas que continúan de la temporada pasada. Del ‘nueve’ presentado por Riis en el Tour 2010 sólo siguen en el equipo Chris Anker y Nicki Sörensen, el primero joven escalador en progresión y el segundo veterano gregario todoterreno. Aparte, como nombres significativos, quedan los velocistas argentinos Juan José y Lucas Haedo, el rodador australiano Baden Cooke (posible ‘capitano’ para las grandes vueltas la próxima campaña), el contrarrelojista Gustav Erik Larsson y el prometedor vueltómano Richie Porte, que ha pasado todo el invierno forzando su salida del equipo sin éxito.
Las proyecciones no son excesivamente buenas, ni para Contador de cara a contar con un bloque fuerte en el Tour ni para el equipo en general. En las clásicas de primavera, por ejemplo, Saxo Bank distará de poseer dos bazas ganadoras como eran Breschel y Cancellara y se jugará todo a la carta de Nick Nuyens, un teórico especialista en pavés que sólo ha acabado dos veces entre los diez primeros de Tour de Flandes o París-Roubaix en sus nueve campañas como profesional.
En grandes vueltas, eso sí, las perspectivas son algo más halagüeñas para la formación danesa. Porte demostró en el pasado Giro, donde fue séptimo, capacidad para liderar al equipo en aquella ronda de tres semanas que Contador decida no disputar. Larsson, los Sörensen y el trío de gregarios españoles, junto a algún rodador como Cooke, Vandborg o Tosatto, pueden conformar en condiciones normales un bloque decente para arropar a Contador durante su defensa del maillot amarillo conseguido en 2010. El problema puede venir en el momento en el cual la carrera se tense de verdad, con súper estructuras como Liquigas o Luxembourg Pro Cycling Project atacando como si no hubiera mañana para buscar la sorpresa, planteando batalla desde lejos o simplemente forzando el ritmo del pelotón. En cualquiera de esas circunstancias, la solvencia del bloque de Saxo Bank sí quedaría en entredicho…
… A priori. Nunca se sabe cuál será el desempeño del equipo hasta que no llegue la carrera a poner en su sitio a cada uno. Nunca se sabe el efecto que pueda tener en los coequipiers de Contador una preparación física adecuada o la moral aportada por saberse defensores de las opciones del mejor ciclista del mundo. Nunca se sabe, en realidad, cómo será la actitud de los adversarios ni su rendimiento. Es imposible prever con exactitud si el Saxo Bank de Alberto Contador funcionará de maravilla o de pena. Sin embargo, sí se pueden establecer perspectivas… y éstas son más flojas de lo deseable.
Foto: Tim De Waele – Saxo Bank

Meritocracia y amistad por encima de la leyenda

23 de Julio, Arueda.com

El Tourmalet sólo ha sido final de etapa dos veces en el Tour de Francia: el 16 de Julio de 1974 y ayer. Esa primera ocasión se subió por La Mongie y el vencedor fue Jean Pierre Danguillaume, ciclista de clase media-alta en su época en cuyo palmarés sólo hay triunfos conseguidos en suelo francés que pasó a la historia del ciclismo mundial por este único hito. Se hizo un hueco en la historia gracias a una cabalgada épica, con Eddy Merckx, Raymond Poulidor o Lucien Van Impe tratando de darle caza por las galerías que jalonan esa cara del coloso pirenaico.
Ayer, segunda llegada de la historia y segunda ocasión para que un corredor ligara su nombre a perpetuidad a la montaña más mítica del Tour de Francia, junto al Mont Ventoux y Alpe d’Huez. Circunstancias ideales: dos corredores destinados a marcar una época, Andy Schleck y Alberto Contador; exponentes de una portentosa nueva generación de esforzados de la ruta, llegaban igualados a las faldas del puerto que esta vez se iba a subir por el lado duro de Baréges, siendo última jornada montañosa de la carrera, obligatoriamente decisiva… Y, tras luchar diez kilómetros ambos superclases mano a mano, uno decide regalar la etapa a otra en un gesto que puede ser interpretado como un ‘fair-play’, o un reconocimiento a los méritos del rival, o una concesión a la amistad… pero que es, invariablemente, un empalago innecesario.
Carlos Sastre, ciclista de otro tiempo, atacaba al principio de la etapa de hoy. Buscaba contactar con la fuga del día con Boasson Hagen, Kolobnev y Flecha entre otros, que se había marchado sin ningún representante de su Cervélo. Para ello lanzó previamente a sus coequipiers Daniel Lloyd (cazado ipso facto por el pelotón) e Ignatas Konovalovas, destinados a hacer de puente y ayudarle en su propósito. La aceleración del abulense, sin embargo, fue respondida por un Alberto Contador que le hacía gestos para que parara. Samuel Sánchez había caído en la parte trasera del pelotón y había que esperarle. Sastre, con carácter, respondió al madrileño: ése no era su asunto. Si Contador quería ‘fair-play’ podía seguir con él hasta dónde quisiera, pero él había sufrido muchos contratiempos a lo largo de la temporada y nadie paró la carrera para que se repusiera de las consecuencias. Así que iba a seguir adelante. Contador torció el gesto (también lo hizo el sindicalista Cancellara, que circulaba unos metros más atrás) y el abulense se marchó del grupo. A la postre no conseguiría su objetivo de alcanzar la fuga, rodando en tierra de nadie un centenar de kilómetros y certificando que éste ha sido para él un Tour de poca gloria y mucha dignidad.

Mientras Sastre se machacaba por delante, víctima del mal tiempo y circunstancias contrarias, el pelotón circulaba tranquilo, resguardado tras la fila de corredores del Astaná de Contador, ocasionalmente apoyado por el Saxo Bank de Schleck, el Rabobank de Menchov y el Omega Pharma de Van der Broeck. Fue después de Soulor, ya pasado el Marie Blanque, cuando la carrera se puso seria de verdad. Saxo Bank y Astaná pensaron endurecer el ritmo para descubrir debilidades en el otro; Omega y Rabobank buscaron forzar a un Samuel Sánchez aparentemente maltrecho por su caída al inicio de la carrera. El resultado fue un paso asfixiante que a la hora de la verdad sólo afectó a Astaná, que dejó solo a Contador a poco de iniciada la subida final, cuando apenas sobrevivían en cabeza de carrera Kolobnev y el alemán de BMC Marcus Burghardt. En el pelotón, una veintena de ciclistas…
El trabajo de Saxo Bank fue ejemplar, como no lo había sido en toda la montaña de esta Grande Boucle, y cuando Jakob Fuglsang (último gregario) dio su última pedalada con fuerza el líder del equipo Andy Schleck remató la faena con un ataque progresivo a diez kilómetros de meta que eliminó uno por uno a todos los rivales salvo al que debía eliminar, un Alberto Contador que se pegó a la rueda del luxemburgués como una lapa. Uno contra uno, los dos amigos fueron subiendo al paso que marcaba un Schleck que jamás cesaba en su empuje y cada cierto tiempo daba un tirón para intentar poner en apuros al impasible madrileño.
La carretera, la marea humana y los dos mejores corredores del momento. El duelo estaba servido, podría haber sido épico, pero el ímpetu del luxemburgués encontró un muro infranqueable en la solidez del español, que a cinco kilómetros de meta incluso osó realizar un demarraje que fue contestado solventemente por Schleck. Empate técnico, los quince minutos que transcurrieron hasta meta fueron alternamente de conversación unidireccional (el de Saxo Bank hablaba, el de Astaná fingía no escuchar) y tirones tímidos de Andy, que evidenció haber perdido la fe por descolgar a Alberto.
Nadie amenazaba, de cualquier manera, la supremacía de los superclases. Detrás, a más un minuto, circulaba Joaquín Rodríguez. Tras él, los aspirantes al tercer cajón del podio desarrollaban una lucha que se saldaría con otros ocho segundos de ventaja para Samuel Sánchez sobre Menchov. Son 21” en total, la contrarreloj será un duelo de pronóstico reservado entre asturiano y ruso toda vez que Van der Broeck ya parece eliminado de la contienda.
El momento tenso, pues, llegó cuando los protagonistas principales, Alberto y Andy, Tú y Yo, se aproximaban a meta. El luxemburgués siempre en primera posición, el madrileño detrás. Se esperaba un estacazo de Contador, que hiciera pagar a Schleck las consecuencias de su menor fortaleza y su táctica a la postre equivocada de intentar obligarle a un esfuerzo largo que provocara su desfallecimiento. Hubiera sido justo, lógico, en el mundo de la competición. Pero hoy el ciclismo era otra cosa, algo menor. Importaba más el mérito de que Schleck hubiera llevado el peso de la carrera, o al menos eso entendió Contador dejándole entrar victorioso en meta. Una vez pasada la línea de llegada, ambos se palmeaban la espalda, se chocaban las manos, incluso se abrazaban.
Amigos y rivales, un concepto precioso que ellos habían llevado demasiado lejos. Ayer, en la llegada del Tourmalet, acabaron por ser compadres incluso dentro de la carrera donde deberían haberse machacado mutuamente hasta la extenuación para hacer honor a su condición de deportistas. No vale hablar de Indurain, habitual regalador de victorias de etapa cuando aprovechaba el trabajo de terceros para distanciar a segundos; aquí el receptor del presente era el segundo, el gran rival, aquel al cual no se le debería haber dado ni los buenos días tal y como se hizo en Bales. Pero aquel día Contador recibió del público francés un reconocimiento amargo que le descolocó: los silbidos, el abucheo. No quepa duda de que eso, el miedo a escuchar música de viento desde el podio, influyó mucho en el madrileño a la hora de dejar el triunfo en manos de Andy. Tanto o más que la amistad que les une, o que los méritos realizados por el contrincante…
Tras haber presenciado el pasteloso espectáculo, Carlos Sastre explotó en su nota de prensa: “estamos haciendo del ciclismo una patraña de niñatos”. Era la explosión del ciclismo antiguo, viejo cascarrabias apegado a la tradición y a la épica, contra su nieto moderno, hijo de aquel drogadicto ciclismo de los noventa que aún sigue tocando el timbre de vez en cuando para molestar. El nieto moderno, nacido tras la Operación Puerto y adolescente hoy día, es demasiado blando, demasiado sentimental, no conserva ni un ápice del temperamento salvaje que hacía pedalear hasta la extenuación a los adalides de ese ciclismo, el antiguo, que ahora sólo vive en los libros de historia aunque nos empeñemos en intentar resucitarlo cada vez que lo echamos de menos. Ahora, en el ciclismo moderno, la leyenda, lo mítico, importa poco. O mejor dicho, importa menos que valores humanos de esos para todos los públicos como la amistad o el mérito, el “se merece más la victoria que yo”. Valores muchas veces hipócritas que no caben en la alta competición.

Chavanel se concede un bis

El pasado lunes, camino de Ans, Sylvain Chavanel consumaba una de las suertes más complicadas y honrosas del ciclismo en ruta: obtener una victoria gracias a una escapada lejana. En el Tour de Francia. Y, por si fuera poco, añadía a la proeza un elemento de valor al hacerse también con el liderato de la prueba, efímero a la postre pero gratificante durante las veinticuatro horas que duró en sus espaldas. Chavanel había conseguido lo que los franceses llaman un ‘coup double’, doble golpe, un triunfo parcial que lleva aparejado el liderato absoluto. Sin embargo, aquel día, la gesta del galo de Quick Step no tuvo la repercusión que merecía en las crónicas. Le hurtó el protagonismo el sindicalismo ciclista, ese movimiento encabezado por Fabian Cancellara que sintió a los corredores acometidos por la organización y decidió que ese día el tramo final de la etapa no se iba a disputar.
A Sylvain Chavanel no le gustó la decisión, y tampoco le gustó pensar que su magnífico ‘coup double’ pudiera haberse visto favorecido por el feo gesto del pelotón. Así lo expresó en meta aquel día, y así lo dijo ayer tras repetir gesta en la Station des Rousses: “es una revancha para mí. Cuando gané el lunes, el pelotón se había detenido…”. Contento. Chavanel saltó en el penúltimo puerto acompañado de otros corredores de nivel medio-alto como Thomas Voeckler, Dani Moreno, Juanma Gárate o Rafa Valls (que llegó segundo a meta a sus 23 años, mostrando un descaro que siempre debiera acompañar al talento y seguramente le hará llegar lejos); en las primeras estribaciones de la última ascensión les abandonó. Superó a su coequipier Jérôme Pineau, cabeza de carrera proveniente de la fuga, y el resto fue coser y cantar.
Chavanel es el hombre que el ciclismo francés estaba esperando. Todoterreno de calidad y altas prestaciones, combativo, con cierto olfato para la victoria pero (¡ay!, dice aquí el aficionado francés) con poca fascinación cuando se le habla del Tour de Francia. No considera que sea su destino, le llaman más las clásicas. Fue el hecho diferencial para que, en invierno de 2008, se decidiera por Quick Step en lugar de por la estructura de Johan Bruyneel. Unos hablaban de adoquines y otros de grandes rondas. Este año acaba contrato y está decidido a firmar por un país del hexágono, para volver a sentir el cariño del aficionado galo que poco a poco le había ido archivando en el cajón mental de los belgas; en el mejor caso, junto a los valones. Los puntos UCI que está cosechando, eso sí, le garantizarán un contrato generoso, por si no fueran suficiente motivo para rubricar el mismo sus excelentes cualidades.
La otra sensación del día, más leve, fue el intercambio de papeles entre el Astaná de Contador y el RadioShack de Lance Armstrong. Por un momento, parecía que fuera el madrileño quien tuviera un equipo de garantías a sus órdenes y el americano el que contara con una compañía de nivel poco concluyente. La escuadra kazaja se mostró sólida, incluso aumentó el ritmo en la ascensión final para seleccionar el grupo; Tiralongo y Navarro imperiales, Vinokourov pululando por las primeras plazas aun sin recibir un soplo de viento en la cara, Contador satisfecho. Mientras tanto, en la formación americana los básicos (Paulinho, Popovych, Murayev) se desfondaban demasiado pronto tirando del pelotón cuando no se debía, Klöden pegaba el petardazo y cedía cuatro minutos, Horner y Brajkovic sufrían a cola de grupo; sólo Leipheimer aguantaba el tirón de Astaná al lado de Armstrong. Ante este panorama, ni rastro de la táctica ofensiva anunciada.
Peor que Armstrong lo pasó, eso sí, Andy Schleck. El jovencísimo luxemburgués prácticamente se quedó sin coequipiers. Hoy sólo aguantó a su lado Chris Anker Sörensen, incluso el danés Jakob Fuglsang puso las luces rojas y perdió trece sintomáticos minutos en meta. El resto se había dejado ir antes. Parece que Andy, sin Frank a su lado cuando las cosas se pongan serias, estará expuesto a sentirse muy solo…

Huelgas y sindicalismo ciclistas

No esperemos encontrar jamás consenso en los grupos humanos. Al revés: si éste existe, será señal de que la masa se ha aborregado. Y eso va, inevitablemente, en perjuicio de la sociedad.
En efecto, cuando los sindicatos españoles convocaron una huelga general para el 29 de Septiembre de este año con motivo de la reforma laboral propuesta por el presidente Zapatero, muchos ciudadanos se echaron las manos a la cabeza. Militantes, periodistas, políticos, incluso sindicalistas de segunda fila, pensaban que la huelga estaba mal convocada. Consideraban que iba a destiempo por posponerse hasta después de verano. Que tendría dudoso alcance por cuanto se perdería la tensión social. Que la legitimidad era discutible toda vez que las protestas se centraban en detalles, árboles que ocultaban ver el bosque de los verdaderos problemas de los trabajadores. Todos, sin embargo, acabarán por ir a la huelga el 29-S. El aborregamiento no habrá sido de palabra, pero sí se consumará en hechos. Y, si no, ahí estarán los siniestros “piquetes informativos” para corregir conductas. Y adoctrinar.
La etapa de hoy del Tour de Francia estaba señalada como uno de esos días clave, tópicos, donde nadie gana la carrera pero alguno puede perderla. Ese posible perdedor fue hoy Andy Schleck, el principal perjudicado de entre los favoritos por la serie de caídas provocadas por lo angosto de las calzadas belgas, siempre traicioneras y sembradas de obstáculos, sumadas a lluvia fina y al aceite derramado por una moto de televisión que se derribó a si misma en el descenso del Col de Stockeau intentando no colisionar con Francesco Gavazzi (Lampre), que se había ido al suelo delante de ella y cuyos movimientos seguía. Sin embargo, el luxemburgués acabó por no sufrir las consecuencias de estas circunstancias; ni él ni ninguno de los Quince que formaban nuestra pléyade de favoritos antes del Tour. Se ocupó de ello el sindicalismo al frente del cual se situó Fabian Cancellara.
“Queríamos expresar nuestra solidaridad con todos los ciclistas caídos”, afirmaba Gerdemann. Se amparaba el sindicalismo ciclista en que las circunstancias habían sido propiciadas por los organizadores del Tour de Francia. La ruta era peligrosa, las carreteras del Benelux lo son por lo general; eso es cierto. Robert Hunter iba más lejos, demasiado lejos: “Ninguna GV debe ir a los países del norte, ¡que jodan al que diga lo contrario!”. El aceite desparramado por la carretera y el agua del cielo habían hecho el resto. Johan Bruyneel, director de RadioShack, definía el descenso de Stockeau como “una pista de patinaje”. Pueden atestiguarlo los casi setenta corredores que cayeron al suelo (algunos como George Hincapie o el propio Andy Schleck en dos ocasiones) y el mecánico que resbaló cuando se dirigía a atender a un ciclista de su equipo caído en el suelo.
Tras este tramo de locura y constantes caídas quedó como primer grupo del pelotón un colectivo de treinta ciclistas con los líderes de Rabobank (Menchov, un Gesink al que luego se ha descubierto una fisura en su codo), Cervélo (Sastre, Hushovd), BMC (Evans) y Caisse d’Épargne (Luis León Sánchez). Y Cancellara, el maillot amarillo y principal poder fáctico del día. El suizo se erigió en portavoz y protagonista: había que esperar a los afectados por los incidentes. Al ‘paquete’ principal donde viajaban Wiggins, Armstrong, Basso y Contador, solo en los momentos decisivos tal y como se venía temiendo y especulando. Y al grupo más retrasado donde viajaba su coequipier Andy Schleck junto a su hermano Frank y varios gregarios de Saxo Bank. Mientras tanto Sylvain Chavanel, que iba escapado antes de que se desatara la locura, pedaleaba ajeno, recorriendo la ruta hacia la victoria de etapa y el maillot amarillo.
En el grupo de Cancellara surgió el desconcierto, y después la indignación. Casi todos, sin embargo, hicieron caso al suizo; sólo Cervélo puso a tirar con brío al esprinter Jeremy Hunt, buscando el beneficio de sus jefes de filas. Este conato de rebeldía se zanjó con una mentira. “Cancellara le ha dicho a Thor [Hushovd] que la carrera había sido neutralizada y a nosotros no nos llegaba ningún tipo de información por radio…”, decía un Carlos Sastre que, de ser ciertas sus declaraciones, habría caído en la trampa de Bjarne Riis para evitar que sus líderes perdieran opciones de cara a la general. BMC y Rabobank hicieron mutis por el foro. Iván Gutiérrez también cayó, pero contrariado: “No sabes qué hacer exactamente en ese tipo de situaciones porque se habían producido muchas caídas que implicaban a hombres importantes. Por un lado, no era ético tirar pero por otro, la carrera es la carrera”. El cántabro hizo gestos ostensibles al hoy maillot amarillo para expresar su desacuerdo pero no llegó a tomar determinaciones concretas, tenía miedo de ser el esquirol que acaba siendo señalado por los huelguistas. Y, como reconocía en meta, “son momentos muy difíciles en los que necesitas indicaciones de tu director para saber qué hacer exactamente y en ese momento no las teníamos”.
La pregunta es por qué Iván no recibió indicaciones para tirar. Esa hubiera sido la lógica deportiva. Peor no piensa así su director en Caisse d’Épargne Eusebio Unzué: “Considero correcta la decisión de haber ralentizado la marcha por las circunstancias excepcionales. […] [Pero] se han beneficiado algunos ciclistas que no acostumbran a actuar con ese respeto que se les ha tenido”. El resto de directores, sin embargo, no han ido en la línea de Unzué. Joxean Fernández ‘Matxin’, de Footon-Servetto, se refería a una presunta “falta de personalidad” de los corredores. Gerry van Gerwen, de Milram, hablaba de que era necesiario guardar un “respeto a los patrocinadores, a los aficionados y a los organizadores”. Dave Brailsford, mánager de Sky, resumía el hecho con un explícito “absolutamente patético”.
La imagen del día, sin embargo, no ha sido tanto la fusión de todos los grupos en uno solo que, además, ha viajado durante casi veinte kilómetros extendido a todo lo ancho de la calzada en una actitud manifiesta de no-competición. Lo ha sido más bien el esprint, que Fabian Cancellara ordenó se convirtiera en un no-esprint con gestos inequívocos; cómo Maxime Bouet, de AG2R, daba una pedalada de más para entrar segundo en meta y el suizo se ofuscaba. Porque para algo había bajado el corredor de Saxo Bank unos kilómetros antes al coche del director de carrera para pactar que no hubiera ‘volata’ ni se repartieran puntos para el maillot de la regularidad en la llegada, cual líder sindical a la interlocución con políticos o empresarios…
En el Tour de Francia ha sucedido hoy algo parecido a lo que sucederá el 29-S en España. El proletariado, los ciclistas que viven constantemente ablentados por sus directores, los organizadores de carreras y los federativos (estamentos dominantes), se ha revelado con un paro liderado por cabezas visibles surgidas de él mismo por una causa nimia comparada con otras mucho más importantes. Que, como en la huelga general, esta protesta pueda no ser legítima, ir a destiempo, carecer de alcance o emanar del aborregamiento de la masa… es algo interpretable por el espectador, en mi opinión estafado hoy con una hora de ciclismo infame.

Somatizaciones de un prólogo del Tour

Rara vez un prólogo dicta sentencia. No es sino un anticipo, un inicio para romper el hielo mediático y descongelar las piernas de los corredores, tensas y expectantes por la cita para las cuales han sido preparadas durante meses.
Las diferencias en un prólogo son, por tanto, más psicológicas que somáticas. Segundos arriba, segundos abajo; irrelevantes cuando se cuentan las setenta horas que normalmente emplea el ganador de una gran vuelta en completarla. Son las sensaciones, y cómo las interiorizan los corredores, las que marcan la importancia de un prólogo. Ejemplo fehaciente de ello es un Andy Schleck que se despachaba en Twitter con un explícito “reconozco que hoy ha sido un día de mierda”. El luxemburgués está nervioso, el ambiente dentro del equipo Saxo Bank nunca es el mejor y es sencillo adivinar que en este momento es aún peor que de costumbre por el anunciado proceso de descomposición de la estructura salvo aparición de un patrocinador sorpresa. Del estado de las piernas de Jakob Fuglsang dependerá que las diferencias entre ‘staff’ y vacas sagradas se vean expresadas sobre la carretera…
Hay algo que sí ha funcionado en Saxo Bank, y no es otra cosa que lo que siempre funciona. La locomotora suiza Fabian Cancellara, a cuyo alrededor se sembraron multitud de dudas a raíz de insinuaciones y un elocuente vídeo de Youtube, ha vuelto a ganar un prólogo del Tour de Francia, el cuarto de su vida. Sin trampa, cartón ni electricidad, tal y como demuestra el control realizado a su ‘cabra’ por comisarios UCI a su llegada a meta. Una foto de Cancellara observando la labor de los enviados de Aigle no tendría precio.
Dicha labor deja a las claras que las diferencias de la contrarreloj no las marcaron artilugios escondidos en el interior del cuadro de los esforzados de la ruta. La clave estuvo, más allá de en las piernas de los corredores, en las condiciones meteorológicas que, además de provocar escalofriantes caídas como las de Matthias Frank o Manuel Cardoso, fueron bien leídas por muchos y malinterpretadas por otros. En el bando de los primeros destaca un Tony Martin que se vio ganador durante gran parte de la jornada y vio como el triunfo se escapaba entre pedaladas de Cancellara y besos de su preciosa novia. En de los segundos, los delfines de RadioShack (léase Leipheimer y Klöden), con piernas para estar con los mejores pero con las peores circunstancias para ello, o un Wiggins cuya condición de prologuista se vio afrentada con una infame 77º posición. A casi un minuto de un Cancellara que deberá somatizar las buenas sensaciones emanentes de su maillot amarillo y, sobre todo, transmitirlas a sus coequipiers para que dos candidatos a todo en la carretera no se pierdan en los pasillos de los hoteles.