Noelle-Neumann

“¡Froome! ¡Froome! ¡¡FROOME!!”, gritaba un aficionado en la meta de Lugo al oído de Christian Knees mientras se colocaba a su lado con el brazo extendido en posición de selfie. “I’M NOT THE FUCKING FROOME!!”, ha sido la reacción del gigantón alemán. Todos los presentes, aficionado incluido, nos hemos reído bastante de la anécdota, explícita de la tensión con que el pelotón ha vivido la etapa.

Porque la etapa ha sido insufrible para los corredores. Ha llovido intensamente durante las dos primeras horas de la etapa, calando; seguido, un rato de nubes que impedía al sol reconfortar un poco a los corredores. El final de etapa ha sido nervioso: la travesía por Lugo era más o menos vistosa, pero los últimos kilómetros eran insidiosos. Particularmente traicionera era una doble curva en el triángulo rojo en la cual Eduard Prades ha caído, partiendo su bici y, por fortuna, nada más. Y luego ha estado #ElBolardo, claro.

Vuelta a España. Etapa 5. Viveiro – Lugo. Hoy he sido el último en marcharme de la sala de prensa. Camino de Monforte de Lemos, donde me alojo un par de días en una pensión-restaurante, me he desviado para visitar a un colega y me he perdido, apareciendo en una carretera de cuento: solitaria, umbría, con niebla encima del asfalto. Me he asustado bastante porque, casualidades, hace bien poco tuve una pesadilla que se desarrollaba en un sitio similar. Por fortuna, ningún fantasma se ha cruzado en mi camino para intentar echarme de la carretera.

#ElBolardo ha arrebatado el protagonismo a la carrera. Es un error garrafal de la organización, pero no puedo evitar empatizar con los responsables y considerarlo un error humano. Lo peor del incidente de hoy es que tiene un precedente reciente y doloroso como el de Itzulia. La conclusión obvia es que, de alguna forma, el ciclismo no ha aprendido nada de él. No obstante, insisto en que comprendo que haya ocurrido un error humano. No debería suceder en un evento del calibre de la Vuelta pero, qué sé yo, nadie es inmune a la desgracia.

Un rato después de concluida la etapa fui a ver a #ElBolardo. Me costó una media horita de paseo, sumada a otra media hora anterior de ir y venir a meta, pero fue útil porque pude comprobar que el resto de bolardos y obstáculos del recorrido sí estaban bien señalizados con conos y precinto, cuando no directamente vallados. Eso influye bastante en mi opinión sobre el incidente y en que no pida crucifixiones de miembros de la organización.

Me ha llamado la atención la reacción a un par de tuits medio jocosos que he puesto esta tarde sobre #ElBolardo. Nos tomamos Twitter demasiado en serio, supongo. Por un momento he pensado que debería haberme callado, pero después me he acordado de Noelle-Neumann y su espiral del silencio: los individuos nos reprimimos con tal de sentirnos aceptados por el grupo. No me gusta la conformidad que subyace en esa teoría.

Me ha dado mucha pena de Steven Kruijswijk. Continúa asombrándome cuán proclive es la estructura LottoNL-Jumbo a la desgracia. Sospecho seriamente que está marcada por alguna cuestión karmática. Tiene muy buenos corredores y técnicos, y sin embargo no logran redondear actuaciones brillantes. Una vez le pregunté a Bauke Mollema al respecto y él escurrió el bulto con mucha elegancia. “No es bueno que las cosas no cambien nada durante demasiado tiempo”, me dijo.

Por cierto: ganó Meersman. Tras él, casi a su par, Fabio Felline. El italiano ha pasado un año pésimo por mor de una caída en la neutralizada de la Amstel Gold Race que le destrozó la cara y parecía capaz de acabar con su temporada. Por fortuna, en junio volvió a competir. “A partir de aquello, cualquier cosa que haga es una alegría. Estoy andando bien, la verdad. Y para mí andar bien no es terminar las carreras: si es para eso, no vengo. Andar bien es ser competitivo”.

Vuelvo a Kruijswijk y LottoNL para terminar. La idea de karma es inquietante, pero lo es más aún la de predestinación. Pensar que hay personas predestinadas a fracasar me resulta descorazonador. Y sin embargo creo que es así. Todos tenemos tendencia a una serie de cosas. Va en nuestra naturaleza, en nuestros genes o en nuestras entrañas. La verdadera mediocridad, como la felicidad o la elocuencia, no se contagia: se lleva dentro.

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