El problema

Artículo publicado originalmente en Zona Matxin

Un buen resultado en los Mundiales de 2003 les podría servir [a tres corredores canadienses de MTB, uno de ellos Ryder Hesjedal] para ir a los Juegos Olímpicos de Atenas 2004. Se vinieron a vivir a mi sótano en agosto. […] Ahí se quedaron durante unos catorce días. Entrené con ellos en los Dolomitas y les enseñé como inyectarse vitaminas y cómo tomar EPO y Synacthen [cortisona]”

Michael Rasmussen, en su libro ‘Gul feber’ (“La fiebre del amarillo”)

Cuando uno lee revelaciones como las emergidas en la mañana de hoy de parte del ‘Pollo’ Michael Rasmussen, es inevitable que le invada cierto desaliento. Si hacemos caso al ciclista danés, en su época el ciclismo era mentira. Estaba totalmente adulterado por la sombra del dopaje. No es ya que determinados ciclistas, o equipos enteros, recurrieran a sustancias prohibidas para mejorar su rendimiento; es que todos los estamentos estaban involucrados. La corrupción que afecta a toda la sociedad se expresaba en nuestro deporte a través del dopaje, y lo hacía de arriba a abajo, desde el masajista contratado por días hasta el presidente de la UCI.

Sin embargo, el dopaje no es en sí la tragedia. Aunque por dogma se le considere unívocamente negativo, hay lugar para la discusión como demuestra el extenso ensayo ‘Un diablo llamado dopaje’ de Verner Møller, curiosamente uno de los grandes defensores de Rasmussen. En esta obra, publicada en español por Cultura Ciclista, se ponen en tela de juicio todos los preceptos de la teoría general que dice que el dopaje es la gran lacra del deporte de élite. Tras leerlo yo, personalmente, llegue a la conclusión de que el único motivo justo para repudiar el dopaje es que adultera la competición; que, aunque todos los deportistas tomaran las mismas sustancias, a cada cuerpo le afectan de manera distinta, y por tanto se generan desequilibrios químicos ingratos.

Así, el dopaje es malo y es un problema para el deporte en general. Pero, ¿es el principal problema? Por lo pronto, en el ciclismo se trata como si lo fuera. Los ciclistas, el eslabón más débil de la cadena por el mero motivo de que es el grupo más numeroso y quienes en última instancia utilizan las sustancias, son perseguidos, sometidos a rutinas antidopaje que son casi una vejación. Y, cuando son señalados públicamente con un resultado adverso de cualquier género, se les humilla y se les baja a los infiernos. Hace poco tuvimos a Mauro Santambrogio a punto de suicidarse víctima de una exagerada depresión a raíz de su positivo. Sin embargo, parece justo: el sistema tiene unas normas y, quien las incumple, las paga.

El gran problema llega cuando nos damos de bruces con un Rasmussen que, según proclama, en el Tour de Francia 2005 tuvo valores anómalos y no fue detenido ni echado de la competición. Mario Zorzoli, el gran jefe antidopaje de la UCI, le consintió seguir en carrera porque Rabobank, patrocinador de su equipo de entonces, también invertía en la UCI. Del mismo modo que a Armstrong se le permitió pagar para no cargarse su positivo de la Vuelta a Suiza 2002 porque era clave para las líneas de expansión económica de la UCI; del mismo modo que el positivo de Contador se encubrió durante más de un mes hasta que un periodista alemán lo quiso sacar a la luz.

¿El dopaje es el problema? El problema es el negocio, y el dopaje es parte del negocio. Es un sistema perverso donde todos pueden ganar. Las empresas farmacéuticas fabrican medicamentos, se lucran vendiéndolos y, una vez llevan un tiempo en circulación, esperan a que los organismos antidopaje les pidan un test de detección y se lo venden. Dichos organismos antidopaje también ganan, porque viven de perseguir el dopaje. Los deportistas de élite se benefician del dopaje para conseguir mejores resultados, y los equipos y patrocinadores viven a su vez de la gloria y la trascendencia que esos resultados les aportan. Incluso, en una perversión del sistema, los organismos antidopaje se pueden coaligar con otras autoridades, incluso con los patrocinadores que aportan dinero, para favorecer que determinados deportistas o equipos se vean beneficiados por el dopaje, consintiéndoselo o parando los pies a los rivales que lo utilizan…

El problema es el negocio. Al igual que sucede en el resto de la sociedad, el dinero implica corrupción. La única manera de que dicha corrupción remita es que perjudique al negocio.

Ésa puede ser la salvación del ciclismo, el beneficio que extraiga de su desaforada cruzada contra el dopaje. Nuestro deporte ha minado tanto su imagen que ha llegado a un punto en el cual las empresas sólo se acercan a patrocinar si se les garantiza una total limpieza. Y, por fortuna, quien capta ese mensaje sale adelante. Hoy mismo, en un contexto donde seis equipos han desaparecido por falta de espónsor, Argos-Shimano ha confirmado que tiene nuevo patrocinador que sustituirá a Argos y se ha comprometido hasta 2016. Quizá sea una casualidad, pero no lo parece: como bien señala Daniel Friebe, 1t4i es un equipo apetecible por sus valores, por la relativa juventud de su staff y por su fuerte compromiso contra el dopaje, que llevó a su líder Marcel Kittel al ridículo extremo que supone pasar la prueba del polígrafo para demostrar que nunca se ha dopado.

1t4i es el máximo exponente de la nueva guardia, ésa que por lo pronto hace negocio sin convertirlo en un problema ni sucumbir a ruindades. En contrapartida, aún queda mucha vieja guardia campando, verbigracia, en la vanguardia. Por ejemplo, Bjarne Riis, acusado de adalid del dopaje tanto en su etapa de ciclista como en la de director. ¿La suerte? Que su patrocinador principal aún cree en él más que en Rasmussen, que como Landis queda encasillado en el papel de “loco de la linterna” hasta que la autoridad antidopaje danesa dictamine lo contrario. Y quizá Saxo Bank no se equivoque y Riis haya sabido realizar un movimiento gatopardista, cambiándolo todo para que nada cambie, eliminando el dopaje de su entorno para poder seguir viviendo del ciclismo. Eso sería un alivio, la solución para nuestro problema con el dopaje.

Pero el origen de todo, no nos equivoquemos, no es el dopaje sino el negocio, que es inherente y un factor imposible de eliminar en la ecuación, pero se puede capear y afrontar de manera virtuosa. La tendencia del negocio es convertirlo todo en corrupción y una mentira, pero hay lugar para que no sea así para todos podamos vivir sin insidia el ciclismo y creérnoslo porque sea verdad, y no como un acto de fe.

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