¿Alguien quiere ser líder?

Artículo publicado originalmente en Rock n’Vuelta – Arueda.com

La llegada al Fin del Mundo vio un triunfo del ciclista que más deseaba triunfar allí, Dani Moreno (Katusha), que sostuvo un emocionante mano a mano en los metros finales con Fabian Cancellara (RadioShack). Chris Horner (RadioShack) perdió el liderato a favor de Vincenzo Nibali (Astana), que recuperó el ‘rojo’ con disgusto.

Una meta de la Vuelta a España es una locura. Cuando a los corredores les queda mucho rato para llegar, todo el personal acreditado pulula como Pedro por su casa: de carpa en carpa, en el camión de prensa, en el podio, delante y detrás de las vallas, en un ambiente relativamente amistoso, con Guajardo de fondo, buscando una pantalla donde visionar imágenes de la carrera, o mejor un pincho de tortilla y una cervecita en vaso de plástico.

Sin embargo, a 10 kilómetros de meta el panorama cambia. Se cierra la meta, los periodistas salen de la sala de prensa, los cuerpos de seguridad se desperezan y desmelenan y empiezan a discriminar a la gente según el color de su cartoncito. Usté detrás de la valla, usté detrás de la línea, usté a su casa. Es agobiante, pero tampoco horroroso: llegado el momento, pasar del guardia civil no es complicado. Y, si se pone bronco, se pueden seguir sus órdenes y, una vez se despistan y uno queda al cuidado del personal de organización, se aprovecha de que habitualmente es joven y aturrullado para decir un “déjame pasar” firme…

La llegada se divide entonces en varios tramos. En el de carrera, que termina en la línea de meta, no puede haber nadie salvo algún policía ocasional. Después hay una zona neutra de unos 20 o 30 metros, la primera deceleración, donde hay algunos elegidos. El límite de la zona neutra lo marcan una o dos rayas en el suelo: ahí se colocan los fotógrafos. Detrás de ellos se sitúan los hombres de las radios, los periodistas más avezados y algunos jefes de prensa buscando la primera reacción de los corredores tras ganar, o perder. Un instante más allá están los masajistas, habitualmente dos por equipo, uno con toallas y otro con una enorme nevera colgada del cuello (después se le queda una señal roja, cómo debía pesar) con refrescos, bebidas de recuperación y, si acaso, agua. Habitualmente está junto a ellos el médico y algún vip afortunado. Después, una vez pasado el embudo de los masajistas, normalmente estará el párking de meta donde sí se respira paz, y silencio, con los gigantescos autobuses dormidos y los staffs de los equipos tumbados dentro, viendo la carrera, con el arroz ya cocido y la fruta preparada para los héroes.

Se acerca el final. Mientras una parte de los coches que viajan por delante de la carrera se desvían, como lo harán todos los que van detrás, otros, los de organizadores y vips, avanzan por ella como por terreno conquistado obligando a todo el mundo a hacerse a un lado. “Todo el mundo” se pone nervioso, no fallará el típico despistado al cual hay que pitar para que se aparte. También llegan algunos fotógrafos que están cubriendo la carrera en marcha, se bajan de la moto como los vaqueros de su caballo en el Oeste y apretujan la fila donde algunos compañeros llevan 15, 20 minutos.

¡Y llegan los ciclistas! El público se alborota. El ganador se regocija, se alza sobre el sillín y levanta los brazos; a veces también grita, aunque en otras ocasiones quien grita es quien se ha quedado cerca, lamentándose; de cualquier manera, es muy raro que no se oiga al menos un gruñido o una bronca que ponga la guinda al estruendo del pelotón. Dependiendo de su paciencia o sus objetivos, los fotógrafos se quedarán un rato más en su línea o saldrán despavoridos en busca de otras instantáneas. Los que siempre harán lo mismo serán los periodistas, que saldrán corriendo a por el ganador, el líder o el protagonista del día.

Los masajistas, por su parte, buscarán a sus corredores para entregarles una toalla, para que se sequen si van muy mojados, y la bebida que les toque o apetezca; apenas cogen un poco de resuello, les señalan contundentemente dónde están su autobús. Para los “afortunados” sin compromisos de podio termina ahí el día: se suben a esa mole decorada con los colores de su equipo y dejan aparcada en la puerta su bicicleta para que el mecánico la suba a la baca de uno de los coches de carrera. Los primeros días, cogen su bol de arroz y comentan de buen humor lo sucedido; los últimos están tan reventados que sacan el móvil de la mochila, lo miran con desinterés, clavan la vista en el bol y se van quedando dormidos grano a grano.

Para ganador, líder y compañía, en cambio, la locura acaba de empezar. Están en meta, rodeados de micrófonos, con su masajista ofreciéndoles el avituallamiento, alguien de la organización metiéndoles prisa para ir hasta zona de podio y un ‘chaperon’ vigilando que no coja ningún polvo raro, esperando con una carpeta bajo el brazo en la cual deberá firmar antes y después de pasar el control antidopaje. El ciclista, aturrullado, no sabe si firmar al ‘chaperon’, atender educadamente a los medios, tomar los cuidados de su ángel de la guarda u obedecer las órdenes del acreditado; intenta hacerlo todo a la vez y termina por tardar un par de torpes minutos en llegar hasta la zona vallada, donde los vip se pelearán por tocarle y las autoridades por saludarle. Es el héroe, aunque él sólo sienta cansancio y desorientación.

En este punto, el héroe puede sentarse, ponerse ropa limpia en una carpa y, con suerte, beber y comer algo mientras el masajista se afana en mimarle y encasquetarle una gorra donde se vean claramente todos los patrocinadores de la escuadra. Dependiendo del día y de su estatus, le tocará hacer una ‘flash interview’ con la tele (después de ella le cogerán de nuevo las radios) antes de subir al podio a recibir los honores. La ceremonia protocolaria durará un cuarto de hora tras el cual tendrá probablemente que ir a pasar el control antidopaje. Si es líder de algo, irá avisado y orinará rápido; si es uno de los elegidos al azar, puede que haya hecho sus necesidades un rato antes de meta y le toque esperar un buen rato hasta recargar la vejiga. Porque, a todo esto, él no está solo con el masajista; también merodea por allí el director, quizá con algún patrocinador que quiera observar orgulloso como “su chico” ha dado el ‘do’ de pecho.

La última obligación es la rueda de prensa, habitualmente sólo del ganador y a veces también del líder, que a veces se escabulle y paga multa para no tener que perder otro valioso cuarto de hora de descanso. Porque, mientras sus compañeros pueden llevar perfectamente media hora en el hotel bañados y esperando el masaje, él aún está en meta, rodeando de gente que se tira de los pelos. Normalmente, si todo va bien, el ciclista con obligaciones de podio llegará al hotel una hora más tarde que sus coequipiers. Serán las 19.00 y apenas tendrá un rato para bañarse, recibir el masaje, hablar con su familia, relajarse brevemente y bajar a cenar. Comerá a toda prisa y entrará a su cuarto reventado a las 22.00, con ganas de un rato de conversación descerebrada y caer fulminado en su cama. Al día siguiente tendrá que levantarse temprano y lleva desde que está despierto viviendo en tensión.

Leído esto, ¿no es comprensible que Nibali no quiera ser líder de la Vuelta y prefiera que Horner lleve el ‘rojo’? El corte que hoy ha concedido 6” en meta a ‘lo Squalo’ le ha fastidiado: ha tenido que volver del autobús hasta meta para subir al podio y someterse a toda la liturgia. Mientras tanto, el aliviado americano dice que recuperará el liderato el sábado. “Planeo tener una Vuelta fantástica”.

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