El destino, ciego, se llevó a Wouter Weylandt

Los humanos sabemos que la muerte es algo consustancial a la vida, pero aún así luchamos por evitarla. Para eso tenemos el instinto de autoconservación: eludimos el peligro y nos enfrentamos a él buscando la huida de lo inevitable. Intentamos ignorar la muerte, latente en cada uno de nuestros pasos y dispuesta a irrumpir cuando el destino decida que es el momento. No nos resignamos a esperar ese momento sin más porque también sabemos que el destino, ese ente hecho de consecuencias y revestido de casualidades, se maneja en base a una lógica que le hace cruel. Frío. Ciego.
Hoy la ceguera y la frialdad del destino han acabado con la vida de Wouter Weylandt. 26 años, belga, clasicómano y esprinter de segundo nivel encuadrado en el Leopard Trek de los hermanos Schleck. La lógica humana dictaba que no debería haber muerto hoy, como no debería morir ninguno de los otros 206 participantes de este Giro de Italia. Menos aún estando su mujer encinta y con el parto planificado para septiembre.
Sin embargo, la racionalidad del destino se resuelve a sí misma por otros cauces, violentando a la humana y manejándola a su voluntad. Los designios de las personas dictaban que Wouter no debería haber estado compitiendo en el Giro de Italia, sino descansando en casa y preparando la Vuelta a Bélgica, a disputar a finales de mes. Pero (ay, destino) Daniele Bennati, esprinter de Leopard para la ‘corsa rosa’, se cayó en el Tour de Romandía con resultado de una fractura de clavícula. Weylandt fue llamado a filas para reemplazarle.
La de hoy ha sido la última caída de Wouter Weylandt, pero no la primera. Su oficio de velocista le había hecho golpearse contra el asfalto en muchas ocasiones. La penúltima fue en la pasada Scheldeprijs. Ahí, la providencia provocó que Tyler Farrar, su mejor amigo, hiciera el afilador con Mark Cavendish y cayera delante de él, que aunque frenó no pudo evitar arrollar al americano y dar un tremendo topetazo con su rueda trasera a una espectadora.
Quien sabe qué cadena de causas y efectos de consecuencias fatales puso en marcha esta vez el destino en su ciega lógica para hacer caer al antiguo corredor de Quick Step en el Passo del Bocco, una tachuela situada a 25 kilómetros de meta. El destino orquestó con saña su maniobra, porque el belga fue a parar contra un muro y perdió la vida en el acto.
Cesó su aliento y se cortó también la respiración del mundo del ciclismo, un ente vivo con una conciencia común más arraigada de lo habitual en cualquier colectivo. Aficionados, corredores, directores, periodistas, desatendieron la carrera de inmediato porque, en el marco de la competición, estaba sucediendo un drama más importante que ella. Todos nos rebelamos contra la lógica del destino, quien había sesgado de cuajo la vida de uno de los nuestros. Todos nos rebelamos también contra la lógica de aquellas personas que, ajenas y con pésimo gusto, se recreaban en las imágenes del deceso por puro morbo, desatendiendo que en ellas se reflejaba el fallecimiento de una persona que sentía, padecía, anhelaba, se enfadaba cuando las cosas le salían mal, tuiteaba la ecografía de su futuro bebé desde una BlackBerry… De una persona que, como el resto de sus congéneres, soñaba. Soñaba con ser cada día mejor y pasar a la historia siendo un ejemplo y un héroe como todos aquellos que existen con dignidad y buenos valores.
Weylandt era un chico sano que se ganaba la vida pedaleando para otros corredores. Esta campaña trabajó principalmente para Cancellara y para Bennati; en otras lo hizo para Boonen. Era uno más del mundo del ciclismo, ese cuyos miembros luchan entre sí con ahínco por una victoria pero también se ayudan mutuamente, aunque ello requiera bajar al cauce de un río para salvar un coche, unas bicicletas, unas vidas valiosas por su valor espiritual y no por el lógico. Weylandt ganó tres clásicas de la Copa del Mundo sub23 y etapas en la Vuelta a España y en el Giro de Italia, pero eso ahora mismo importa poco en la memoria del aficionado al ciclismo. Wouter Weylandt ya es un héroe a quien cruelmente se llevó el destino, frío y ciego. Descanse en paz.
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