Una excepción que puede ser un punto de inflexión

En un comunicado remitido a mediodía, la empresa Abarca Sports, encabezada por Eusebio Unzué y gestora del equipo Caisse d’Épargne, oficializaba la entrada de la telefónica española Movistar como nuevo patrocinador de la estructura navarra. Una gran noticia que llega quizá algo tarde pero… siendo la dicha buena…
Han sido días, semanas, meses de incertidumbre. En el artículo sobre la Clásica de San Sebastián resumíamos todos los rumores y certezas surgidos en torno al futuro de la formación bancaria: su alma máter, Unzué, no cesaba de pedir prórrogas y más prórrogas a los corredores del equipo para que no firmaran contratos con otros, se encontraba en negociaciones con diversas grandes empresas españolas que parecían dispuestas a aportar una parte del presupuesto necesario para mantener la escuadra en las carreteras. Se hablaba de un patrocinador confirmado que aportaría tres millones de euros. Hubo quien le puso nombre (Mahou) y origen (contactos de Juan Carlos Unzué, hermano de Eusebio y ex entrenador de porteros del FC Barcelona, que había conseguido el apoyo de la cervecera merced precisamente a través del club catalán). No había, sin embargo, certezas, comunicados oficiales. Sólo especulación.
Hoy se zanjó todo. Movistar entra en el ciclismo, una gran multinacional se involucra en el deporte de la bicicleta y marca al menos una excepción en la tendencia general de patrocinios que existía hasta ahora en el ciclismo español. Esta temporada, de los nueve equipos profesionales vinculados a nuestro país, dos se nutrían de capital extranjero y cinco de administraciones públicas. Sólo dos continentales, Caja Rural y Orbea, vivían del dinero de empresas privadas nacionales; y no precisamente de multinacionales, sino de compañías de tamaño medio. Movistar sí es una multinacional, la tercera empresa más importante del mundo en su sector con 300 millones de clientes, que querrá rentabilizar su patrocinio a nivel de publicidad directa… y, sobre todo, de ‘publicity’.
La ‘publicity’ es una técnica de notoriedad de nuevo cuño; por decirlo de alguna manera, la hija estudiosa de publicidad y medios de difusión. Se trata, a grandes rasgos, de hacer presente el nombre de la marca en los medios de comunicación a través de informaciones sobre la empresa relevantes para el interés público. Un patrocinio deportivo efectivo es un método de ‘publicity’ por excelencia; el patrocinio ciclista, en el cual el nombre de la empresa patrocinadora es también el nombre del equipo, quizá el mejor entre los deportivos para esta técnica. En 2011, una victoria de un ciclista del equipo Movistar reportará la presencia de la compañía telefónica entre las noticias de los principales diarios del país. Una presencia que será, por otro lado, insobornable toda vez que Movistar es una de las principales anunciantes del mercado español y nadie querrá hacerle un feo a quien, a fin de cuentas, paga parte de su presupuesto. Una presencia que no será solo para Movistar, sino también para el ciclismo en general.
El ciclismo es un auténtico filón por explotar en la publicidad moderna. Transmite tradicionalmente una imagen de esfuerzo y sacrificio extremos, deseable para muchas sociedades. Por desgracia, esta buena circunstancia se ha visto opacada durante la pasada década por la malísima sensación emanada de la lacra del dopaje que tanto ha perseguido al deporte de las dos ruedas. Ahora, ésta se ha diluido para dejar paso a otra de innovación técnica y excelencia tecnológica, razón por la cual empresas como Garmin, CSC o, más recientemente, Geox, se han animado a invertir en este deporte. Algo que, sin duda alguna, habrá pesado en la decisión del Grupo Telefónica de apoyar a la estuctura navarra.
La inversión es, además, muy baja en comparación con la requerida por otros deportes. Si hay copatrocinadores, ocho millones de euros serán suficientes para que Movistar mantenga la estructura de Unzué, menos de los diez que le costó el equipo de motociclismo en 2005. Una operación, esponsorizar a uno de las mejores escuadras ciclistas del mundo por ocho millones de euros, comparativamente más rentable que los dos millones anuales que cuesta a la sociedad presidida por César Alierta aparecer en la camiseta del Real Zaragoza, club de fútbol de la zona media de Primera División española, en un patrocinio de impacto bajísimo.
En el aspecto deportivo, la confirmación de la noticia llega al seno de Caisse d’Épargne un poco tarde. El bloque de cinco ciclistas franceses que había en plantilla se ha buscado en su totalidad su futuro fuera del equipo navarro, una baja quizá deseada dentro del ‘staff’. El resto de integrantes valiosos de la escuadra, por su parte, habían entablado contactos con otros conjuntos de nivel ProTour que ahora deberán deshacer para continuar junto a Eusebio Unzué: David Arroyo esaba relacionado con Liquigas, Vasil Kyrienka con Astaná, Rigoberto Urán y el director Neil Stephens con Sky… y otros como José Joaquín Rojas o Luis León Sánchez parecían tener un compromiso total a falta de firma con Garmin y Rabobank, respectivamente. De su voluntad dependerá su futuro ya que, salvo en el caso de Urán, a todos les expira el contrato este invierno.
La base de la plantilla del Team Movistar en 2011 estará formada, según informaba Diario de Navarra esta mañana, por ocho corredores con contrato en vigor (Plaza, Brusheghin, Iván Gutiérrez, Soler, Rui Costa, Madrazo, Amador y el antes mencionado Urán) y cuatro incorporaciones práticamente confirmadas. Da las incorporaciones se mencionaban dos: Branislau Samoilau, potente bielorruso de Quick Step, apto para todos los terrenos y futuro gregario de valor, y Beñat Intxausti, corredor vasco que confirmó ayer su salida de Euskaltel. La buena relación de su mánager Antonio Vaquerizas con Eusebio Unzué debe haber sido clave en la operación que llevará al zornotzarra a ser uno de los líderes del nuevo Team Movistar.
Quiénes serán sus compañeros es una incógnita que deberá resolverse en el próximo mes y que, en este momento, no preocupa demasiado. La resolución de todos estos problemas puede esperar una vez que los gerfialtes 😉 factótum de Caisse d’Épargne se han llevado la gran alegría de un año repleto para ellos de sinsabores, desde la sanción de Valverde hasta un Tour de Francia del cual volvieron de vacío. Una gran alegría, por qué no decirlo, compartida por el resto del mundo del ciclismo. Y particularmente por el español, que ve por fin aparecer un gran patrocinador en su escena en lo que, de ser exitosa la experiencia de Movistar, podría ya no ser una excepción, sino un punto de inflexión.

Espaldarazo, recompensa y gran carta de presentación

Físicamente no hay demasiada diferencia entre ser primero o segundo. Centímetros, segundos, rara vez hay un margen mayor a un minuto entre el ganador y el siguiente; muy excepcionalmente se llega a distancias en las que no haya apelación posible a la mala o la buena suerte. La diferencia entre la victoria y la no-victoria (en ciclismo hablar de derrota es, según en qué casos, muy subjetivo) es, por tanto, más mental que física. Ser primero aporta motivación, gloria y reconocimiento, pero sin embargo no requiere mucho más esfuerzo que ser segundo. No. Sólo exige detalles, escondidos en la confianza, el coraje, la inteligencia. En aquellas cualidades del deportista que emanan de su cabeza. La diferencia entre ser primero y segundo, por tanto, sale de la mente y redunda en ella. Podríamos decir que la victoria es apenas una ilusión mental…

Galimatías y circunloquios aparte, la victoria es normalmente el objetivo número uno del deportista. Por eso es tan complicada de obtener y por eso gratifica tanto, más aún si se consigue merciéndola más que el resto de competidores; por eso José Herrada levantó hoy los brazos con tanta satisfacción en la meta de la sexta etapa de la Volta a Portugal. El conquense estrenó su palmarés a lo grande, con un triunfo en la Grandísima conseguido merced a un ataque bravo a unos cuarenta kilómetros de meta. El conquense cabalgó en solitario por dos puertos, desafiando a un pelotón donde los intentos de fuga eran rápidamente entorpecidos por sus compañeros de Caja Rural y el ritmo marcado por los poderosos Barbot y Palmeiras Resort, que buscaban el esprint respectivamente con Sergio Ribeiro y Cándido Barbosa, O Cándido. Finalmente trece exiguos segundos sirvieron a Herrada para conseguir su primera victoria como profesional y tocar con aún mayor fuerza la puerta del ProTour. Como bien dice en la nota de prensa de su equipo, “[esta victoria] es un espaldarazo a mi carrera, una recompensa a tanto trabajo y una gran carta de presentación”.
Espaldarazo, recompensa y gran carta de presentación es también el significado de esta victoria para Caja Rural. Se trata de la tercera de la temporada para la formación navarra; la particularidad es que las tres han llegado esta semana. Inauguró la racha Arturo Mora imponiéndose en un parcial de la Vuelta a León, de categoría .2; siguió el magnífico Oleg Chuzda, un ciclista que en verano da el rendimiento de un genuino superclase, en los primeros compases de la Volta a Portugal. Herrada compuso ayer el tercer capítulo de este período de tiempo ideal para la escuadra dirigida por Eugenio Gokoetxea.
Una semana ideal, justo es reconocerlo, obtenida por derecho propio después de meses de mucho lucimiento y sacrificio sin resultados, sin números que figuraran en el papel con el mismo fulgor que los bancarios lo habían hecho en la carretera. Caja Rural, poco a poco, se ha ganado el cariño y el reconocimiento de aficionados y mundillo ciclista en general gracias a encarnar con dignidad un concepto históricamente tan presente en el ciclismo español: el de escuadra de formación para que corredores de calidad den su primeras pedaladas como profesionales. Un concepto ausente desde hacía algún tiempo ahora que las estructuras de Segunda funcionan con una suerte de autarquía y las de Tercera (categoría donde sencuadra Caja Rural) suelen ser muy precarias y reunir poquísimo talento. Los navarros rompen con estas feas tendencias modernas, casan más con las clásicas y lo han sabido demostrar en un calendario que hasta ahora apenas ha superado los sesenta días de competición y acabará, tirando alto, en ochenta. Planean, según las noticias que van surgiendo en torno al tema, dar el salto a la categoría Profesional en 2011. Para ello tendrán la confianza de una caja de ahorros que confía en ellos y el aval (espaldarazo, recompensa, carta de presentación) de una excelente temporada remachada con tres triunfos de mérito… y quién sabe si alguno más…

La Portugal de O Cándido

Se desarrolla estos días la Volta a Portugal, una de las carreras más bonitas y disputadas de todo el calendario internacional. El ciclismo luso, cada vez más abotargado y cerrado en sí mismo, ha revivido como cada agosto para mostrar un espectáculo difícilmente comparable con lo ofrecido en el resto de pruebas. En la ronda organizada por PAD se ensaya un estilo diferente que procede de las características de los corredores locales como Cándido Barbosa, O Cándido; las carreras jamás llegan a ir controladas del todo, las fugas se originan y anulan de un modo prácticamente espontáneo, los esprints son un avispero de corredores luchando a codazos donde los hombres más duros y curtidos suelen sacar tajada. O Cándido
En Portugal lo excepcional ver un ‘treno’ de corredores del mismo equipo en cabeza del pelotón. Eso, precisamente, es lo que tiene este año a su servicio O Cándido, paradigma del ciclismo autárquico y endógamo que por suerte o por desgracia reina en el país vecino. Palmeiras Resort, una auténtica superescuadra liderada para la general por David Blanco y con tres gregarios (Mestre, Vitorino, André Cardoso) de auténtico lujo que serían jefes de filas en cualquier otra de las formaciones participantes en la Volta, muestra por lo pronto potencial para bloquear la carrera. En dos etapas rompieron el pelotón para limar la ventaja que tomó en una fuga el fenomenal Oleg Chuzda y regalar un maillot amarillo a O Cándido; en Senhora de Graça, frustraron a Sergio Pardilla primero y Hernani Broco después para encumbrar al propio Blanco. Habrá que ver si persisten o si se hunden como el LA-Liberty que intentó la misma jugada hace varios años y se dio de bruces contra la enorme motivación de los pedalistas lusos, capaz de dejar en evidencia a auténticos superclases de nivel mundial como sucediera a Damiano Cunego el año pasado.
Los ciclistas portugueses se crecen en la Grandísima. Ultracombativos, exhiben unas cualidades que no suelen reproducirse a la hora de la verdad fuera de su país. Puede que sea por mera endogamia como sucede en el caso de O Cándido; o puede que sea más bien por falta de oportunidades. Las experiencias exitosas de Manuel Cardoso (Footon), Rui Costa (Caisse d’Épargne) y Tiago Machado (RadioShack) hacen deducible esto último y merecido un voto de confianza para las jóvenes promesas lusas, a la par que auguran un futuro halagüeño en cuanto a presencia internacional de corredores del país vecino. El último y necesario paso será el nacimiento un equipo que haga olvidar los defenestrados Maia y Liberty, mire más allá del escueto calendario luso y proporcione a los ciclistas de mayor proyección un hueco en el panorama mundial.

El día de la dignidad

Hay pocas cosas más complicadas de entender en la sociedad actual que el concepto de dignidad. Es unívoco pero también prácticamente indefinible. Se puede reconocer en la existencia y el comportamiento de las personas de alrededor. También en sus circunstancias, que al fin y al cabo terminan por emanar de las propias personas. El sábado, en las carreteras guipuzcoanas, pudimos ver la dignidad en casi todos los elementos que rodearon a la que es ahora mismo, junto a la Vuelta al País Vasco, la cita más importante del ciclismo euskaldun.
La edición 2010 de la Clásica de San Sebastián vino a certificar en su desarrollo y conclusión la tendencia al alza que ha tomado la prueba organizada por el Grupo Correo de un tiempo a esta parte. Tras unos inicios poco brillantes, su inclusión en la Copa del Mundo la propulsó a la élite del ciclismo; la defunción de la antigua ‘challenge’ de la UCI y el nacimiento de la nueva, el UCI ProTour, la condujo a un segundo plano. Se situó, por decirlo de alguna manera, entre las peores de las mejores. Esta frustrante tesitura se tradujo en un menor interés del aficionado y el propio ciclista por la carrera donostiarra, que además vio como su recorrido (perpetuado a modo de clásica) había dejado de sorprender y de proporcionar alternativas para el desarrollo del espectáculo. Como suma de todo esto, cada edición era más previsible que la anterior y la nómina de ganadores fue decreciendo en calidad… hasta hace un par de años, cuando una victoria de Alejandro Valverde rompió esa línea de mediocridad dentro de la élite. En 2009 fue Barredo quien se llevó el gato al agua en lucha cerrada con otro excelente ciclista como Roman Kreuziger. El sábado se jugó la victoria una terna de lujo, digna de una prueba ProTour…

El sábado, que para casi todos los presentes en la Clásica fue el día de la dignidad, fue también un día complicado para los hombres de Caisse d’Épargne. No es que hubiera mucho en juego deportivamente, al fin y al cabo una clásica de verano no arruina una temporada (aunque sí que puede salvarla). Era un motivo extradeportivo el que les hacía llegar a la salida de Donosti en plena tensión. Eusebio Unzué, su director, les resolvería todas sus dudas en torno al futuro del equipo allí. El resultado del rendez-vous emplazado por el técnico navarro no fue demasiado clarificador; pidió quince días más a sus ciclistas, que en definitiva seguían con derecho a buscarse otro conjunto para la próxima temporada. La reunión, sin embargo, pareció sentar bien a los corredores, que se desempeñaron bien (dignamente) durante la carrera. De hecho, Luis León Sánchez consiguió la victoria, otro resultado de postín para un palmarés que comienza a ser abultado, y declaró estar a la espera de la ‘fumata blanca’ de Unzué para definir su futuro, desmintiendo de paso haberse comprometido ya con Rabobank.
No ha sido un año fácil en el seno de la formación bancaria. Habitualmente, el histórico tándem formado por José Miguel Echavarrí (ya retirado) y el propio Eusebio Unzué ha funcionado bien a la hora de cubrir el prespuesto necesario para mantener en liza a una de las estructuras más antiguas del ciclismo mundial, actual decana del pelotón español. En esta ocasión, por contra, el anunciado cese de patrocinio de Caisse d’Épargne no ha podido ser cubierto con garantías por Unzué con margen suficiente, y la incertidumbre ha influido indudablemente en el rendimiento del equipo, que por si fuera poco recibía en mayo un auténtico mazazo con la sanción por dopaje de su buque insignia Alejandro Valverde. Muestra de ello fue un Tour de Francia donde, a la postre, se fueron de vacío; no pudieron llevarse ninguna etapa a pesar de acumular varios segundos puestos, ni tampoco la general por equipos que RadioShack le arrebató en la última semana de carrera. En ambos casos la ansiedad se hizo notar, no se tomaron decisiones adecuadas en determinados momentos y eso restó brillantez a la notoria actuación del conjunto de base navarra.
De cara a la próxima temporada la situación sigue en el aire. La supervivencia de la escuadra parece garantizada por un patrocinador que aportaría una suma del orden de los tres millones de euros. Que éste fuera el único inversor provocaría la inmediata bajada de categoría del equipo, e incluso su inviabilidad toda vez que al sancionado Valverde le resta un año de contrato a razón de algo más de dos millones de euros. No parece, sin embargo, que el murciano vaya a actuar con mala fe en este sentido y ponga problemas a una formación que, por lo demás, le ha apoyado en todo momento. Volviendo al escenario de que no apareciera otro patrocinador, la diáspora sería obligatoria; sería sencillo retener a los jóvenes y a algunos gregarios que deberían asumir el rol de líderes, pero otros muchos corredores como Luis León, Arroyo, Urán, Kyrienka o Rojas saldrían hacia otras formaciones ProTour. Quienes saldrán seguro, por otra parte, son los ciclistas franceses, comprometidos con equipos de su país en la mayoría de casos, con la excepción de un Christophe Moreau decidido a retirarse y un Mathieu Drujon expectante (y con contrato). El surgimiento de otro patrocinador que aportara, al menos, otros tres millones de euros, sí permitiría que la escuadra de Unzué mantuviera su merecido e histórico estatus dentro del ciclismo mundial, representado por la majestuosa victoria de Luis León Sánchez en la Clásica de San Sebastián. Contrapuesta a su derrota frente a Casar en la novena etapa del Tour de Francia, un ejemplo de dignidad.
Hizo aún más valioso y significativa la actuación de Luis León el desarrollo de la carrera, espectacular gracias a los novedosos múltiples pasos por Arkale y Jaizkibel, y los rivales a los que hubo de enfrentarse el murciano. De un lado, un Alexandre Vinokourov tan impulsivo como siempre, haciendo gala de una fortaleza y una combatividad insobornables ante la crítica o las observaciones ajenas, apenas perturbadas cuando lo que escucha desde lo más alto del podio son pitos y no aplausos como le sucedió en Lieja. Su punto álgido fue un ataque a pocos kilómetros de meta que apenas pudo sostener Luis León y mostró las flaquezas del otro contendiente, Carlos Sastre.
El abulense se mostró sólido (digno), aunque falto de ese punto de explosividad que se pierde con la edad. Se le acaba la gasolina y él lo sabe, por eso la ha racionado esta temporada en una decisión difícil de comprender de primeras pero que ahora resulta incluso lógica. Retrasó al máximo su inicio de temporada y minimizó sus días de competición en lo que parecía un signo de holgazanería pero no es sino un medio para poder participar con garantías de lucimiento en las tres grandes vueltas. Sastre lleva a cuestas el peso de su equipo, Cervélo; en su espalda siente todos los millones de euros que los diseñadores de cuadros Vroomen y White invierten en la escuadra. Quiere que se traduzcan en buenos resultados, actuaciones dignas, y se responsabiliza en primera persona de que sea así. Por eso afrontará por segunda vez en su carrera el reto de correr las tres grandes vueltas en una misma temporada.
Otros hombres dignos en el día de la dignidad, en esta edición de la Clásica de San Sebastián que no pasará a la historia pero fue agradable y sintomática, fueron los revindicativos Haimar Zubeldia y Xavi Florencio. Uno palió (quizá sólo en parte) con un cuarto puesto el sinsabor de quedarse fuera del Tour de Francia por lesión; otro minimizó (seguro que sólo en parte) la decepción de verse fuera de la gran ronda francesa por una decisión discutible de su equipo, que le detectó un “mini” positivo por pomada contra las hemorroides y optó por sacarle de circulación. Ambos consiguieron restituir en la prueba donostiarra, quizá influidos por el ambiente de redención imperante, su amenazada dignidad.

39 segundos

El domingo acabó en París el Tour de Francia de 2010, ése que iba para histórico y se quedó únicamente en digno de recordar.
Era, sobre el papel, la edición más caliente e incierta en años. Alberto Contador, el gran favorito, el indiscutiblemente mejor, tenía a priori un equipo pobre que le pondría a merced de la decena larga de corredores que aspiraban como él al maillot amarillo, casi todos ellos con potentes escuadras a sus órdenes. El terreno parecía implacable, capaz de llevar a los corredores al límite. Se comenzaba con etapas nerviosas donde los hombres de la general habrían de luchar por no perder opciones de victoria; después,unos Alpes flojos se veían compensados por unos Pirineos largos y extenuantes; el remate llegaba con una contarreloj larga, la única de la carrera, que acabaría de romper una carrera y haría buenas o malas todas las ofensivas llevadas a cabo por los ciclistas en los días previos…
Al final todo se definió por 39 exiguos segundos y una amistad que resultó tóxica para la carrera, generadora de una serie de cobardías y picarescas tácticas inescrutables para el telespectador envueltas de ‘fair-play’. Todo quedó, pues, en prácticamente nada.
Alberto Contador no llegó a este Tour como debía, aunque ello no haya sido óbice para que estuviera muy por encima de la mayor parte de sus rivales y consiguiera la victoria final en la Grande Boucle. Se supo corto de forma en la Dauphiné donde no fue capaz de derrotar claramente a Janez Brajkovic, un esloveno de la clase media-alta del pelotón que preparó específicamente la pequeña ronda francesa y fue capaz de imponerse a él en la general. Para subsanar este error incluso renunció al Campeonato de España contrarreloj, alegando una presunta enfermedad que sin embargo no le impedía publicar en Twitter fotos entrenando con su guardia pretoriana de Astaná por la sierra madrileña.
No fue, sin embargo, suficiente. Alberto, por alguna razón, no se preparó este año de manera adecuada para el gran reto de su temporada (parece que el único, toda vez que descarta participar en la Vuelta). Lo reconoció, en un gesto de grandeza, desde lo más alto del podio de París. Micrófono en mano frente a un público hostil. Tras abrazarse con el amigo que ha sido su gran rival estas tres semanas, Andy Schleck, el luxemburgués que ha perdido un Tour que estaba a su alcance entre artimañas tácticas surgidas de esa peligrosa amistad y del ‘fair-play’ que él mismo inauguró como arma arrojadiza.
Contador era muy consciente de que su estado físico no sería suficiente para derrotar a Andy en una competición deportiva; por ello, la convirtió en psicológica. Días como Morzine, donde escondió su flaqueza tras la magnificencia de Dani Navarro, o Ax 3 Domaines, donde forzó a su rival a un juego de gato y ratón del que salían beneficiadas las piernas del pinteño por recibir un menor castigo. El “póker” al que el pequeño de los Schleck se refería en la última semana de carrera lo llevaba jugando el de Astaná toda la carrera… Finalmente, Contador se llevó el gato al agua ante la impotencia de su rival, que no definió cuando pudo y se desempeñó con arrojo en el Tourmalet apenas vio la carrera definitivamente perdida tras comprender que su procrastinación, su expectación en pos de que se viera claramente la debilidad que intuía en el madrileño, había ido demasiado lejos.
Andy Schleck, pues, perdió la carrera en detalles, esperas, ratos observando a su enemigo y compadre. La amistad fue tóxica para el luxemburgués, nubló su visión táctica, y con ello perjudicó al espectáculo en la carrera. Sólo dio verdaderos zarpazos en el pavés de Arenberg, donde distanció a Contador en 1’13” gracias a un Cancellara inconmensurable, y en Avoiraz con 10” de ventaja que pudieron ser más si hubiera advertido antes la flaqueza del pinteño. En cambio, Contador fue mejor en la crono inaugural de Rotterdam por 42”; en Mende, por 10” en el día en que casi rompe la armonía en el seno de Astaná por cazar a Vinokourov con su demarraje; en la contrarreloj final de Pauillac por 31”…
Esto es, empate. Sumadas, esas ventajas del uno respecto del otro se equiparan en 1’23”. La clave de la carrera, pues, fue la jornada en que Contador consiguió esos 39 segundos, exiguos, a los que nos referíamos al principio del artículo. Y ese Día D no fue otro que la famosa etapa del Port de Balés, aquella donde Andy Schleck manejó con torpeza en cambio y posibilitó que Alberto Contador renunciara a aplicar otra vez el ‘fair play’ que tanto le beneficiara el día del sindicalismo ciclista de Spa.
No había de caer dos veces el pinteño en la misma trampa. Había que sacar el colmillo, aunque ello costara (como costó) el abucheo del público. Contador se hizo con el Tour de Francia, objetiva y subjetivamente, el día más picante de la carrera que él mismo edulcoró y anestesió para compensar su inadecuado estado de forma. Ganó así de manera digna un Tour que pedía brillantez para pasar a la historia. Ganó por detalles y artimañas psicológicas. Por sólo 39 segundos…

Meritocracia y amistad por encima de la leyenda

23 de Julio, Arueda.com

El Tourmalet sólo ha sido final de etapa dos veces en el Tour de Francia: el 16 de Julio de 1974 y ayer. Esa primera ocasión se subió por La Mongie y el vencedor fue Jean Pierre Danguillaume, ciclista de clase media-alta en su época en cuyo palmarés sólo hay triunfos conseguidos en suelo francés que pasó a la historia del ciclismo mundial por este único hito. Se hizo un hueco en la historia gracias a una cabalgada épica, con Eddy Merckx, Raymond Poulidor o Lucien Van Impe tratando de darle caza por las galerías que jalonan esa cara del coloso pirenaico.
Ayer, segunda llegada de la historia y segunda ocasión para que un corredor ligara su nombre a perpetuidad a la montaña más mítica del Tour de Francia, junto al Mont Ventoux y Alpe d’Huez. Circunstancias ideales: dos corredores destinados a marcar una época, Andy Schleck y Alberto Contador; exponentes de una portentosa nueva generación de esforzados de la ruta, llegaban igualados a las faldas del puerto que esta vez se iba a subir por el lado duro de Baréges, siendo última jornada montañosa de la carrera, obligatoriamente decisiva… Y, tras luchar diez kilómetros ambos superclases mano a mano, uno decide regalar la etapa a otra en un gesto que puede ser interpretado como un ‘fair-play’, o un reconocimiento a los méritos del rival, o una concesión a la amistad… pero que es, invariablemente, un empalago innecesario.
Carlos Sastre, ciclista de otro tiempo, atacaba al principio de la etapa de hoy. Buscaba contactar con la fuga del día con Boasson Hagen, Kolobnev y Flecha entre otros, que se había marchado sin ningún representante de su Cervélo. Para ello lanzó previamente a sus coequipiers Daniel Lloyd (cazado ipso facto por el pelotón) e Ignatas Konovalovas, destinados a hacer de puente y ayudarle en su propósito. La aceleración del abulense, sin embargo, fue respondida por un Alberto Contador que le hacía gestos para que parara. Samuel Sánchez había caído en la parte trasera del pelotón y había que esperarle. Sastre, con carácter, respondió al madrileño: ése no era su asunto. Si Contador quería ‘fair-play’ podía seguir con él hasta dónde quisiera, pero él había sufrido muchos contratiempos a lo largo de la temporada y nadie paró la carrera para que se repusiera de las consecuencias. Así que iba a seguir adelante. Contador torció el gesto (también lo hizo el sindicalista Cancellara, que circulaba unos metros más atrás) y el abulense se marchó del grupo. A la postre no conseguiría su objetivo de alcanzar la fuga, rodando en tierra de nadie un centenar de kilómetros y certificando que éste ha sido para él un Tour de poca gloria y mucha dignidad.

Mientras Sastre se machacaba por delante, víctima del mal tiempo y circunstancias contrarias, el pelotón circulaba tranquilo, resguardado tras la fila de corredores del Astaná de Contador, ocasionalmente apoyado por el Saxo Bank de Schleck, el Rabobank de Menchov y el Omega Pharma de Van der Broeck. Fue después de Soulor, ya pasado el Marie Blanque, cuando la carrera se puso seria de verdad. Saxo Bank y Astaná pensaron endurecer el ritmo para descubrir debilidades en el otro; Omega y Rabobank buscaron forzar a un Samuel Sánchez aparentemente maltrecho por su caída al inicio de la carrera. El resultado fue un paso asfixiante que a la hora de la verdad sólo afectó a Astaná, que dejó solo a Contador a poco de iniciada la subida final, cuando apenas sobrevivían en cabeza de carrera Kolobnev y el alemán de BMC Marcus Burghardt. En el pelotón, una veintena de ciclistas…
El trabajo de Saxo Bank fue ejemplar, como no lo había sido en toda la montaña de esta Grande Boucle, y cuando Jakob Fuglsang (último gregario) dio su última pedalada con fuerza el líder del equipo Andy Schleck remató la faena con un ataque progresivo a diez kilómetros de meta que eliminó uno por uno a todos los rivales salvo al que debía eliminar, un Alberto Contador que se pegó a la rueda del luxemburgués como una lapa. Uno contra uno, los dos amigos fueron subiendo al paso que marcaba un Schleck que jamás cesaba en su empuje y cada cierto tiempo daba un tirón para intentar poner en apuros al impasible madrileño.
La carretera, la marea humana y los dos mejores corredores del momento. El duelo estaba servido, podría haber sido épico, pero el ímpetu del luxemburgués encontró un muro infranqueable en la solidez del español, que a cinco kilómetros de meta incluso osó realizar un demarraje que fue contestado solventemente por Schleck. Empate técnico, los quince minutos que transcurrieron hasta meta fueron alternamente de conversación unidireccional (el de Saxo Bank hablaba, el de Astaná fingía no escuchar) y tirones tímidos de Andy, que evidenció haber perdido la fe por descolgar a Alberto.
Nadie amenazaba, de cualquier manera, la supremacía de los superclases. Detrás, a más un minuto, circulaba Joaquín Rodríguez. Tras él, los aspirantes al tercer cajón del podio desarrollaban una lucha que se saldaría con otros ocho segundos de ventaja para Samuel Sánchez sobre Menchov. Son 21” en total, la contrarreloj será un duelo de pronóstico reservado entre asturiano y ruso toda vez que Van der Broeck ya parece eliminado de la contienda.
El momento tenso, pues, llegó cuando los protagonistas principales, Alberto y Andy, Tú y Yo, se aproximaban a meta. El luxemburgués siempre en primera posición, el madrileño detrás. Se esperaba un estacazo de Contador, que hiciera pagar a Schleck las consecuencias de su menor fortaleza y su táctica a la postre equivocada de intentar obligarle a un esfuerzo largo que provocara su desfallecimiento. Hubiera sido justo, lógico, en el mundo de la competición. Pero hoy el ciclismo era otra cosa, algo menor. Importaba más el mérito de que Schleck hubiera llevado el peso de la carrera, o al menos eso entendió Contador dejándole entrar victorioso en meta. Una vez pasada la línea de llegada, ambos se palmeaban la espalda, se chocaban las manos, incluso se abrazaban.
Amigos y rivales, un concepto precioso que ellos habían llevado demasiado lejos. Ayer, en la llegada del Tourmalet, acabaron por ser compadres incluso dentro de la carrera donde deberían haberse machacado mutuamente hasta la extenuación para hacer honor a su condición de deportistas. No vale hablar de Indurain, habitual regalador de victorias de etapa cuando aprovechaba el trabajo de terceros para distanciar a segundos; aquí el receptor del presente era el segundo, el gran rival, aquel al cual no se le debería haber dado ni los buenos días tal y como se hizo en Bales. Pero aquel día Contador recibió del público francés un reconocimiento amargo que le descolocó: los silbidos, el abucheo. No quepa duda de que eso, el miedo a escuchar música de viento desde el podio, influyó mucho en el madrileño a la hora de dejar el triunfo en manos de Andy. Tanto o más que la amistad que les une, o que los méritos realizados por el contrincante…
Tras haber presenciado el pasteloso espectáculo, Carlos Sastre explotó en su nota de prensa: “estamos haciendo del ciclismo una patraña de niñatos”. Era la explosión del ciclismo antiguo, viejo cascarrabias apegado a la tradición y a la épica, contra su nieto moderno, hijo de aquel drogadicto ciclismo de los noventa que aún sigue tocando el timbre de vez en cuando para molestar. El nieto moderno, nacido tras la Operación Puerto y adolescente hoy día, es demasiado blando, demasiado sentimental, no conserva ni un ápice del temperamento salvaje que hacía pedalear hasta la extenuación a los adalides de ese ciclismo, el antiguo, que ahora sólo vive en los libros de historia aunque nos empeñemos en intentar resucitarlo cada vez que lo echamos de menos. Ahora, en el ciclismo moderno, la leyenda, lo mítico, importa poco. O mejor dicho, importa menos que valores humanos de esos para todos los públicos como la amistad o el mérito, el “se merece más la victoria que yo”. Valores muchas veces hipócritas que no caben en la alta competición.

Olvidar las bestias negras y mirar el lado brillante

Los ciclistas son personas. Suena obvio, pero hay ocasiones en que el filtro catódico a través del cual observamos sus gestas nos hace olvidarlo y los superpone a un plano, digamos, divino. Pero no. Son humanos. Y como tales tienen sus flaquezas, debilidades, manías, supersticiones, filias, fobias… ambiciones… miedos…
La etapa de hoy era de las que da, precisamente, miedo. El imponente encadenamiento de Peyresourde, Aspin, Tourmalet por Saint Marie de Campan (el lado duro) y Aubisque, el mismo en que Eddy Merckx forjó una parte importante de su leyenda, esperaba a los corredores y era esperado por los mismos con un abanico de sentimientos que abarcaba desde el respeto al temor, pasando por la apetencia, la pereza o, directamente, el hastío emanente de la frustración. O, dicho de otra manera, el aburrimiento del “no quiero jugar más” infantil, el deseo de acabar de una vez con estas tres semanas que para algunos suponen un reto y para otros (como el francés Vaugrenard, cuya petición de no ser alineado en la Grande Boucle fue desoída por el cuerpo técnico de Française des Jeux) una maldición.
Los ciclistas son definitivamente personas y, por su condición de sufridores extraordinarios, incluso más personas que el resto de humanos. Más viscerales, al menos; sobre todo después de un esfuerzo, de haber realizado la labor del día que a veces no es tanto deportiva como psicológica. El ciclismo es uno de los deportes que más exige a la cabeza del practicante, lo enfrenta a circunstancias indomables, a rivales furibundos, a largos ratos por encima del umbral anaeróbico. Y a frustraciones. Al sentimiento de no haber sido capaz de conseguir el objetivo marcado o, al menos, haber rendido al cien por cien en pos del mismo. A las bestias negras…
Lance Armstrong anunció hace varios días en sus Twitter “sorpresas”. “En los próximos días”, dijo, “habrá sorpresas”. Anunciándolas anuló su efecto, de modo que hoy a poca gente extrañaba ver al americano en el primer corte bueno de la jornada junto a Hesjedal, Sastre, Wiggins o Vinokourov, con el protagonismo recayendo en un Liquigas que a través de su líder Roman Kreuziger y el abnegado Sylvester Szmyd buscó dar un vuelco a la carrera para olvidar la triste derrota de su ‘capitano’ Ivan Basso, enfermo de bronquitis y ahora hundido en la general tras realizar una actuación digna en las dos primeras semanas de Grande Boucle. Cuando Astaná y Omega Pharma neutralizaron al grueso de la fuga, encontraron que entre los cazados no estaba Armstrong que, empeñado en destacar, lanzó un nuevo ataque cuando sentía el aliento del pelotón en el cogote.
Formó de esta manera la escapada definitiva junto a su coequipier Horner, dos Caisse d’Épargne que buscaban evitar que RadioShack diera un golpe definitivo en la clasificación por equipos, los combativos Cunego, Casar y Fédrigo y dos Quick Step. Otros, que también aspiraban a figurar en ese corte bueno, fueron eliminados por el ímpetu de uno de los Quick Step y del propio americano, que dio varios tirones en Aubisque y Tourmalet buscando seleccionar y exhibir la fortaleza que pareció abandonarle en meta, donde sólo pudo alcanzar la sexta posición. Lo conseguido hoy, sin embargo, va para el americano más allá de posiciones y se refiere más bien al respeto del aficionado (el del pelotón ya lo tenía) y a refrendar su orgullo de campeón herido. Ahora, seguramente, le tocará pedalear por un Levi Leipheimer que podría acercarse al podio con una táctica de equipo audaz.
El Quick Step del ímpetu, aquel que seleccionó la escapada junto a Armstrong, se llama Carlos Barredo. Asturiano, modesto y sacrificado, “honrado, fiel y de acero” según se ha definido a sí mismo en una nota de prensa de su equipo, llevaba toda la carrera repitiendo que no estaba “siendo su Tour”. Ni su Tour, ni su temporada; sus excelentes piernas no se han traducido en resultados por el intangible, los pequeños detalles, lo que algunos llaman suerte. Es más: todo lo positivo quedaba opacado por su desagradable incidente con Rui Costa en las postrimerías de una etapa de esta gran ronda francesa.
Por eso hoy Carlos tenía la intención de hacer saltar la banca. Y pedaleó para ello. Se introdujo en el primer corte de los Liquigas y tuvo que ceder asfixiado por el altísimo ritmo; recuperó piernas en el gran grupo y luego entró en el definitivo, con Armstrong y los Caisse d’Épargne. Cuando a tres kilómetros de meta atesoraba una veintena de segundos de ventaja gracias a un intrépido ataque que le reportó también más de cuarenta kilómetros en solitario con viento de cara por delante del resto de fugados, fueron precisamente los bancarios quienes apretaron la marcha para cazarle. Especialmente Christophe Moreau, compañero de equipo de Rui Costa, tiró como rara vez lo ha hecho en su carrera deportiva (jamás se caracterizó el francés por su espíritu gregario) para neutralizarlo. Se consumaba así un nuevo episodio de desencuentro (¿casual?) entre Barredo y la potente escuadra de Eusebio Unzué, que ya corriera contra él sin ir más lejos en el Campeonato de España y se convierte poco a poco en su auténtica bestia negra. El asturiano entraba en meta frustrado, y en ese sentido se expresaba en los micrófonos de Televisión Española. Ahora bien, ¿debe interiorizar ese sentimiento? No. Mejor haría en alegrarse por haber lavado su imagen con una actuación superlativa, para el recuerdo. En pensar que la alegría, la suerte, llama a la puerta de quienes lo merecen, y él lleva tiempo acumulando méritos.
Hoy ha habido muchísimos hombres que han afrontado en los Pirineos su particular reto psicológico, pero dos han sido quienes han destacado entre todos ellos. Lance Armstrong y Carlos Barredo han tomado hoy su particular toro, desagradable toro, por los cuernos para intentar derrotarlo o al menos burlarlo. Tratando de conducirlo por el desagüe de su mente y con ello al olvido. Ninguno de los dos lo ha conseguido pero, al menos, tienen la inmensa honra de haberlo intentado y el deber de mirar el lado brillante, como recomendaban los Monty Python. Mucho más de lo que pueden decir algunos que sencillamente esperaron en el pelotón a que escampara el temporal, procastinando su tarea hasta el jueves en el Tourmalet.

Lo que algunos llaman mala suerte

Subiendo el Port de Balés, el tercero de los diez colosos pirenaicos que van a afrontar los ciclistas en este Tour de Francia dedicado a la cordillera que separa España y Francia, Andy Schleck decidió que hoy era el día para distanciar a Alberto Contador. Confiaba en sus sensaciones, magníficas, y en su habilidad de bajador, mayor de lo que muchos aficionados piensan por la inevitable equiparación con su hermano Frank. Tras poner sus coequipiers de Saxo Bank un ritmo que hiciera madurar las piernas del resto de competidores, Andy hizo su primer intento. Respondieron rápidamente Contador, Samuel Sánchez y Van der Broeck y, con algo más de retardo, Menchov; los cinco hombres más fuertes en la montaña de esta Grande Boucle.
Strike uno, que se diría en béisbol. Andy frenó, recuperó fuerzas mientras toda la pléyade de hombres para la general volvía a reunirse a su rueda. Cuando vio que Contador quedaba cerrado tras su compañero Vinokourov y Van der Broeck, volvió a demarrar con mayor contundencia si cabe. Abrió hueco, Vino salía a su rueda a duras penas y hacía de puente para que el pinteño remontara paliando la desventaja nacida de su mala colocación. El luxemburgués dio entonces una pedalada en falso que levantó la rueda trasera de su bicicleta. Algo no iba bien. Le acababa de saltar la cadena. Dejó de avanzar y comenzó a mirar desesperado hacia atrás, buscando un coche de equipo salvador que solventara los problemas de su máquina…
Pasó entonces Alberto Contador por su lado y, alentado por su instinto de competidor, persistió en su cambio de ritmo. Incluso aumentó la intensidad. Unos metros después se giró, como pensándolo mejor. Nunca sabremos qué se le pasó por la cabeza en ese momento al de Astaná, si pensó en la barrabasada que suponía para su rival y amigo ese contraataque. Pero sí podemos dilucidar qué sucedió como consecuencia: Menchov y Samuel Sánchez le cazaron y se relevaron con él para aumentar la distancia que les separaba de un Andy Schleck que pedaleaba, furibundo, para recortar los malditos treinta segundos que le había hecho perder su cadena. El luxemburgués no pudo, y el descenso de Balés no hizo sino refrendar lo que se había producido en el ascenso.
En meta, Contador se hacía con el liderato, daba el segundo cañonazo de los tres con los que debía derribar la resistencia de sus rivales e imponerse en esta edición del Tour de Francia; Mende fue el primero, el tercero que asegure la victoria deberá tener lugar en el Tourmalet o en la crono de Burdeos. Andy Schleck, por su parte, llegaba derrotado y enfadado, consciente de que iba a ceder a amarillo, a 39 segundos de Contador y a más de tres minutos del pundonoroso Thomas Voeckler, merecido vencedor tras hacer valer la escapada jornada y el trabajo en ella de su compañero en Bouygues Telecom Sébastien Turgot.
Lo que le sucedió a Andy mientras realizaba su ataque, ese que iba a llevarle a la victoria y pasó a provocar la derrota, algunos lo atribuirán a la [mala] suerte. Y puntualizarán la mala fe de un Alberto Contador que persisitó en su demarraje a pesar de que su rival hubiera tenido un problema mecánico, algo contrario a las normas no escritas del ciclismo, uno de los deportes más apegados a su código de honor. La realidad es que esa suerte, como siempre, fue un cúmulo de factores desfavorables desencadenados por el propio Andy Schleck.
Como se puede ver en el vídeo de los hechos, cuando el hasta hoy líder de la general lanza su ataque comete un error de principiante intentando cambiar de piñón en pleno momento de tensión. Eso era algo que haría sufrir a su grupo SRAM, Schleck lo sabía y debería haberlo pensado antes para evitar que sucediera ese desafortunado salto de cadena.
Contador, que ya le esperó camino de Spa en circunstancias mucho más turbias, no frenó la respuesta a su demarraje. No procedía, no era un caso comparable al de la Vuelta del año pasado cuando Evans pinchó en Sierra Nevada (nadie esperó) o a la famosa caída de Lance Armstrong en Luz Ardiden en el Tour’03 (todos esperaron); aquí era el propio Schleck quien había provocado su infortunio, lo que algunos llaman mala suerte. Que Contador supiera todo esto en el momento en que le superó y se lanzó a devorarle es difícil de dilucidar, pero lo más lógico es pensar que no. Se entra entonces en el terreno del debate ético, en el qué debería haber hecho Alberto. ¿Debería haber parado a esperar a su rival [y amigo], perdonándole la vida por segunda vez en este Tour? ¿O hizo bien remachándole aprovechando su problema mecánico? Preguntas para las que cada aficionado o integrante del mundillo ciclista tendrá su propia respuesta… Quienes presenciaban cómo a Contador le era impuesto el preciado jersey amarillo dieron la suya abucheándole.

Tú, Yo y los Demás

Definitivamente, este es el Tour de la digresión. El Tour de la ruptura, el Tour de lo extravagante. Este fin de semana, particularmente bizarro, ha mostrado una esquizofrenia notable que sin embargo no ha comportado cambios significativos en la general. Los cabezazos de Renshaw para facilitar la victoria de Cavendish el jueves, Vinokourov enfadado el viernes y satisfecho el sábado, la machada de Riblon hoy. Detalles que marcan el carácter de esta carrera.
Pero la imagen que quedará grabada en la memoria del ciclismo representando este Tour de Francia será, por encima de todas, la que se ha producido hoy en Ax 3 Domaines. Alberto Contador y Andy Schleck, el madrileño ligeramente adelantado respecto del luxemburgués, dejando ir al resto de corredores camino de la cima del antes llamado Plateau de Bonascre. Vigilándose hasta el ridículo. Responde esta imagen a la sensación, refrendada por la general, de que entre Alberto, Andy y los demás hay una distancia insalvable. “Tú, Yo y los Demás”, parecía decir la mirada del luxemburgués tras sus gafas, sosteniendo una expresión idéntica al madrileño. No importaba nada más, así lo había interiorizado Andy de las órdenes de Bjarne Riis.
Mientras tanto, en cabeza de carrera, Christophe Riblon finalizaba su tarea de dejarse los hígados en una fuga de salida con éxito, premiando al pundonor y el sacrificio denodado que tanto se echaban de menos en el ciclismo francés. Inmediantamente delante de Tú y Yo, la terna de aspirantes al puesto vacante en el podio de París se batía el cobre. Denis Menchov, Samuel Sánchez y Jurgen Van der Broeck saben que es cosa de ellos dirimir a quién pertenece ese lugar de honor. Los siguientes parecen descartados: Gesink está supeditado a Menchov, Leipheimer y Luis León Sánchez se muestran vulnerables en las subidas, Joaquín Rodríguez tiene su talón de Aquiles insalvable en las contrarrelojes.
Cosa de tres. Menchov parece el más sólido, como muestra su discreta pero segura actuación en todo este Tour, y tiene el colmillo del que carecen el resto de aspirantes, valioso hoy para comprender la carrera antes que el resto y hacer camino respecto de todos menos de Samuel Sánchez, también lector avezado de las situaciones tácticas. Samuel parece el más fuerte, suele ir a más en la tercera semana de las grandes rondas pero tiene el hándicap de ser algo inferior a Menchov en contrarreloj. Van der Broeck parece el rival más débil, acusa bisoñez e impetuosidad que le hacen gastar fuerzas antes de tiempo.
No tienen nada que hacer en un duelo directo con Alberto y Andy, y eso lo saben ambos contendientes por el maillot amarillo. Tú, Yo, los Demás… Los Demás parecen ser el único problema posible para pinteño y luxemburgués. Los demás que están de su lado, y los demás que juegan en su contra también.
En el seno del Saxo Bank la concentración es máxima, el enrarecimiento del entorno provocado por la incertidumbre respecto del futuro del equipo derivada de su escisión en el “bloque Schleck” y el “bloque Riis” se ha disipado pero sigue presente. Por lo demás, las fuerzas escasean; una semana defendiendo el amarillo de Andy carga en exceso las piernas de los corredores. O mejor dicho las descarga de energía.
Por otra parte, en Astaná reina desde el principio de la carrera un ambiente positivo y, sobre todo, de unión en pos del objetivo de que Contador vuelva a subir a lo más alto de podio de París. Alberto ha ejercido de jefe sabio, sin duda asesorado por un Martinelli que está realizando una buena labor de dirección en la sombra. No ha querido tomar el amarillo en ningún momento para liberar de presión y trabajo a sus coequipiers, que en su mayoría asumen su rol de gregarios con naturalidad. La única posibilidad de ruptura era el carácter de Alexandre Vinokourov, que desde su posición de ‘capitano’ en ruta estuvo a punto de acabar con la armonía en la etapa del viernes.
Vino se filtró en la fuga del día, acompañado de otros grandes corredores como Hesjedal, Klöden o Kyrienka, eximiendo así a sus coequipiers de tirar para neutralizar el movimiento y provocando además un quebradero de cabeza a Saxo Bank, que tuvo que asumir el desgaste de la persecución. Fue también el más fuerte entre los fugados, pero la victoria se le escapó por el empuje de un Alberto Contador que decidió devolver a Andy Schleck golpe psicológico de Morzine-Avoiraz con un ataque en la subida que hizo eterno a Laurent Jalabert. De paso, le quitó la victoria a Vino y se la regaló a Joaquín Rodríguez. La primera consecuencia de esto, según revela Carlos Arribas en El País, fue una larga conversación donde Vinokourov expuso a Contador sus frustraciones; la segunda, la victoria del kazajo al día siguiente en Revel. Allí se escapó a pocos kilómetros de meta, aprovechando un puerto de tercera y el desorden reinante en el pelotón ante la falta de un equipo de esprinters capaz de controlar la carrera. Frenó cualquier posibilidad de caza un autoritario Alberto Contador, que al llegar en meta se fundió un abrazo con Vinokourov para sellar la paz.
Yo y Tú, Alberto y Andy, tienen por tanto dos buenas escuadras a su servicio. Los Demás no pueden decir lo mismo; Menchov apenas tiene a Gesink, Gárate y Moerenhout para la montaña, Samuel a Verdugo, Egoi Martínez y Velasco, Van der Broeck a Dani Moreno, Lloyd y De Greef. Mimbres todos ellos insuficientes ‘per se’ para revolucionar la carrera. Mimbres que, juntos, sí podrían dar un vuelco a la competición. Mimbres que, unidos a ciertos intereses colaterales, sí que tendrían opciones notables de poner en dificultades a Tú, Yo y sus compañeros.
Caisse d’Épargne y RadioShack pueden ser los jueces de la carrera. Luchan por la clasificación por equipos, introducen corredores en cada fuga y arman auténticos zafarranchos con tal de tener la máxima representación posible en cabeza de carrera. Sus tácticas, bien aprovechadas por los Demás de la general, pueden cambiar el signo de esta Grande Boucle. Eusebio Unzué cuenta en sus filas con un nivel medio de lujo: Luis León Sánchez, noveno en la general; Rubén Plaza, vigésimo y dando un nivel relativamente sobresaliente en montaña; Moreau, Kyrienka, Iván Gutiérrez, siempre al salto. Johan Bruyneel, por su parte, tiene a Leipheimer bien colocado en la general (séptimo) y a una serie de ciclistas de calidad que parecen lejos de su mejor momento pero capaces de un chispazo desequilibrante: Brajkovic, Horner, Klöden. Y Armstrong, Lance Armstrong…
El americano anunció esta mañana en su Twitter “sorpresas para la última semana”. No parece probable que se quede de brazos cruzados en su último Tour; prepara un último zarpazo y para él lleva varias etapas reservándose. Por el camino puede hacer perder a Alberto y Andy (Tú y Yo, Yo y Tú) más de lo que él vaya a ganar. En su misma situación se encuentran el resto de a priori favoritos caídos en desgracia con el curso de la carrera; los Evans, Wiggins, Sastre. El abulense, precisamente, ha realizado hoy en Pailhéres el primer movimiento en ese sentido. Sabedor de que la decadencia es honrosa cuando se acompaña con ambición. Atacando desde la base del coloso pirenaico buscando la victoria e induciendo a cierto esfuerzo al Astaná, que controlaba en ese momento el grupo de favoritos.
Estos movimientos jamás son inocuos y pueden jugar un papel clave en el desarrollo de la última semana de este Tour de Francia de la digresión. Un Tour que, sin duda, está cumpliendo lo que prometía: ser una prueba épica, creadora de mitos e imágenes como la de Andy Schleck y Alberto Contador hoy en Ax 3 Domaines mostrando que la lucha por el amarillo se reduce a ellos con un marcaje mutuo que rayaba el insulto al resto de competidores. Reeditando aquella histórica situación de Anquetil y Poulidor marcándose en el Puy de Dôme, pero sin la extenuación que llevó aquel Julio de 1964 a ambos superclases franceses a apoyarse en el uno en el otro, derrengados. Pero eso sí, sin dejar de dar pedales.

Renshaw fue el cabeza de turco

Uno de los muchos factores que hacen a este Tour de Francia único y digresivo con respecto de las anteriores ediciones es que las etapas llanas dan casi tanto que hablar como las de montaña. Incluso las etapas más tórridas e insulsas tienen su pimienta gracias a la pléyade de esprinters presente en esta Grande Boucle. No hay un dominador claro y sí muchos gallos dispuestos a picarse entre ellos, con la referencia de un polemista nato como Mark Cavendish y sus secuaces de HTC – Columbia, siempre dispuestos a montar un auténtico lío con objeto de ganar la etapa. No es la primera vez que provocan una caída masiva o, como ayer, ponen en peligro a todos los que toman parte en la ‘volata’ con movimientos desquiciados…
“Siempre somos nosotros, ¿no?”, espeta Mark Cavendish a los micrófonos de televisión cuando le informan de que su lanzador Mark Renshaw ha sido descalificado. El por qué salta a la vista apenas se visiona el vídeo de la llegada. Tras ser dejado en cabeza de pelotón por su coequipier Bernhard Eisel y con Mark Cavendish a su rueda a apenas quinientos metros de meta, Renshaw encuentra como a su derecha progresan los Garmin – Transitions: el neozelandés Julian Dean se abre paso a base de potencia con su líder Tyler Farrar a rebufo. Y, una vez se ve superado, el australiano no duda en tomar una cuestionable determinación: carga con su cabeza contra Dean, a quien elimina de la contienda prácticamente a golpes. Luego, cuando Cavendish lanza el esprint, Renshaw da un peligroso bandazo para evitar que Farrar coja su rueda. Resultado: descalificación. Demasiadas irregularidades cometidas a plena visión del público como para quedar impunes.
Las quejas de HTC (que, por supuesto, ha habido) se fundamentan en el hecho de que otros han quedado impunes previamente, como Hunter y Fuglsang o, sobre todo, Rui Costa y Barredo. Cierto. No obstante, no es menos cierto que la organización del Tour fue clara al advertir que el siguiente en infringir las más elementales normas del ciclismo pagaría el pato. Renshaw sabía a lo que se exponía cometiendo las temeridades de ayer, y si lo ignoró fue totalmente por su cuenta y riesgo. El resto del pelotón así lo ha entendido, y sin ir más lejos el principal perjudicado por las artimañas del australiano, Tyler Farrar, expresaba en meta que “viendo el vídeo, Renshaw debe ser descalificado. Es lo peor que he visto este año. Ha sido totalmente inapropiado, primero lo que hizo contra Julian y luego lo que hizo contra mí poniéndome en peligro…”
Se queda así Cavendish sin su elemento más valioso para los esprints. Renshaw ha sido clave en sus tres victorias de este Tour de Francia, rompiendo las ‘volatas’ siempre en el momento adecuado y mostrando un nivel absolutamente epatante, muy superior al que había puesto de relieve anteriormente. Ahora, ‘Manx Express’ deberá lidiar en los esprints con la única ayuda de un Bernhard Eisel que también parece encontrarse en un gran estado de forma. Pero, sobre todo, deberá batallar contra la inestabilidad que parece perseguirle y mantenerse ajeno al hecho de que su más preciado gregario ha sido el cabeza de turco por los numerosos incidentes que han tenido lugar en carrera durante este Tour de Francia de la digresión.