Cavendish se impone el arcoiris en el velódromo danés

Mark Cavendish se proclamó campeón del mundo en una prueba marcada absolutamente por su recorrido, que favoreció la determinación de una Gran Bretaña que leyó acertadamente la carrera, trabajó a destajo y propició la inmaculada victoria de su líder.

Inició la prueba, se formó la habitual fuga quijotesca y el combinado británico se situó en cabeza del pelotón. A tirar para controlar una escapada donde se habían filtrado siete corredores de cierto nivel, entre otros un español de carné (Pablo Lastras), uno de adopción (Oleg Chuzda, ucraniano de Canet) y un francés (Anthony Roux). La Alemania de Greipel echaba una mano, pero el peso de la carrera recayó sobre una Gran Bretaña que no rehuía la responsabilidad; al contrario, parecía deseosa de tomarla. De hecho no la soltó hasta que, a menos de cuatro kilómetros de meta, se quedó sin elementos. En esos instantes de debilidad surgió para compensar sus carencias Australia, una aliada perfecta. Los oceánicos recibieron justo premio a su desempeño con la plata de un Matthew Goss cuyo aparente mal estado de forma había apartado de los pronósticos.
El recorrido fue el factor clave del Mundial. El trazado, sinuoso y estrecho en alguna de sus partes, hizo presagiar una gymkana; ciertamente, eliminó a Hushovd en una de esas caídas que perjudican principalmente a quien comete el demérito de circular demasiado mal colocado. Por otra parte el perfil, exagerado por la perspectiva, mostraba un total de tres subidas; ninguna tenía entidad.
Más que un circuito mundialista, la ruta danesa era un velódromo donde los profesionales podían desarrollar sin apenas pestañear velocidades medias superiores a los 45 kilómetros por hora. Ése es un terreno donde los británicos se sienten como peces en el agua. No en vano, el grueso de su cuerpo técnico se formó en el velódromo y seis de sus ocho ciclistas tienen experiencia internacional en disciplinas de pista. Incluso Cavendish vestía un mono y portaba un casco híbrido, materiales a medio camino entre el ciclismo techado y el de aire libre.
Había poco que hacer ante la arrolladora superioridad británica en este terreno; sólo esperar y encomendarse en un acto de fe a que apareciera un velocista capaz de derrotar a ‘Manx Express’. Aun así, hubo quien tuvo arrestos para resistirse a asentir. Como quien ve un oasis en mitad del desierto, hubo quien percibió en la recta de meta una cota donde romper la carrera, aunque lo cierto es que no era más que un repecho, una cuestecita urbana. Allí dejó Italia las fuerzas de los Gavazzi, Visconti o Paolini, quienes aumentaban el ritmo en cada paso buscando fisuras en los británicos. También se la jugaron desde lejos Francia (Voeckler, el citado Roux) y Bélgica (Van Summeren, Kaisen); apenas consiguieron crear una ligera emoción y ganarse cierta honra. El resto, cabezas de cartel como Cancellara o Gilbert incluidos, decidieron guardarse hasta la recta de meta.
El único momento en el cual cesó el dominio británico sobrevino a unos cuatro kilómetros de meta. Un Bradley Wiggins magnífico en el día de hoy se apartó, dejando a sus coequipiers Ian Stannard y Geraint Thomas con la misión de cubrir a Cavendish la distancia restante hasta meta. Era imposible realizar ese trayecto en cabeza y, con buen juicio, se apartaron para obligar a cualquier otro combinado a hacer la labor. Australia tomó el testigo, mientras la inercia de los gregarios colocando a sus velocistas en posición ventajosa contribuía al vértigo general.
Fue en ese momento cuando España realizó el que sería su único movimiento de valor en los kilómetros finales, convertido en error por las circunstancias. A dos kilómetros de meta, Juan Antonio Flecha avanzó hasta cabeza del grupo con Óscar Freire a su rueda para colocarlo en la práctica ‘pole position’. Cuando cesó en su esfuerzo, a falta de algo más de 700 metros para el inicio del repecho final, Freire quedó totalmente expuesto. Faltó en ese momento un hombre de apoyo para el cántabro, pero Rojas tiene una impericia posicional preocupante y Reynés se había caído unas vueltas antes, junto a Hushovd, viéndose forzado a abandonar. Freire se quedó solo, con decenas de poderosos esprinters que aguardaban agazapados a su rueda a que él tragara viento en la segunda posición del pelotón, apenas cubierto circunstancialmente por un Chris Sutton que bregaba en favor de Matthew Goss. Una vez éste se apartó, el tres veces campeón del mundo quedó cara al aire y se escoró hacia el lado izquierdo de la calzada despidiéndose de su cuarto arcoiris.
A su derecha se desató la ‘volata’. Heinrich Haussler inició el lanzamiento con el jovencísimo eslovaco Peter Sagan y su líder Goss a rueda. Circulaban pegados a la barrera, dejando apenas un pequeño hueco que tapaba Daniel Oss, sacrificado infructuosamente en pos de Daniele Bennati. Cuando el rubio italiano abrió la puerta, Cavendish cruzó el umbral. Goss tuvo la oportunidad, apenas dos o tres segundos, de cerrársela; no se decidió, prefirió esperar que ‘Manx Express’ le rebasara para coger su rebufo, y erró.
Finalmente, Cavendish hizo valer el meticuloso trabajo de su selección para imponerse al australiano, quien acabó lanzado pero no lo suficiente. Ocupó el tercer cajón un André Greipel portentoso, que inició la ‘volata’ pésimamente colocado y fue el más rápido en los 100 metros finales, birlando por apenas medio tubular el bronce a un Fabian Cancellara que, bruto como acostumbra, esprintó sentado. Se consumó así un podio formado por ciclistas cuya explosión deportiva sobrevino en el próximamente difunto HTC – HighRoad, auténtico dominador de la suerte suprema del esprint en los últimos años. Su testigo viajará, junto con Cavendish y el maillot arcoiris, al galáctico Team Sky.

Foto: Cyclingnews
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Las claves de Copenhague

Jugando a razonar tácticas
+ El punto más importante del recorrido es, obviamente, el repecho final. Son apenas 500 metros al 6%, pero se sube 18 veces y está enmarcado en un circuito mayormente llano a pesar de tener algunas cuestecitas pero caracterizado, sobre todo, por lo nervioso y técnico que es. Si se recorre con rapidez (todo hace indicar que así será) puede acabar pesando en las piernas de los esprinters más puros.
+ El esprint final no es sencillo de leer. Habrá muchos interesados, muchas ruedas a seguir, y el pelotón no será excesivamente ancho. Habrá, por tanto, quien se tenga que jugar una volata larga de más de 200 metros; ése tendrá pocas opciones de ganar frente a los que suban mejor colocados, o con compañeros de equipo, o con gente que les haga el trabajo sucio… En ese sentido los dinamiteros, corredores tipo Gilbert o de menor enjundia que atacasen al pie de la subidita, podrían hacer perder la carrera a más de uno… o servirle la victoria en bandeja.
+ Los velocistas que se jueguen la victoria en un hipotético esprint dependerán, en gran medida, del ritmo al cual se suba el dichoso repecho. Si se fuerza un poquito en las últimas vueltas, entre la subidita y la distancia serán eliminados aquellos con menor polivalencia o estado de forma como Matthew Goss, Tyler Farrar, Edvald Boasson Hagen, Marcel Kittel o Denis Galimzyanov. Si se pone un puntito más pasarán ciertos apuros hombres como Juan José Haedo, André Greipel o el a priori gran favorito Mark Cavendish.
+ Hay tres tipos de selecciones: ofensivas, defensivas e intrascendentes. Las ofensivas son aquellas que tendrán que forzar el paso, atacar desde lejos, con objeto de endurecer la carrera para favorecer a sus líderes y perjudicar a los hombres fuertes de los conjuntos defensivos. A grandes rasgos, podemos distinguir claramente a cuatro combinados ofensivos (Francia, Italia, Holanda y Bélgica) y cuatro defensivos (Gran Bretaña, Alemania, España y Australia). Unos llevarán la iniciativa; los otros deberán sufrir marchando a contrapié.
+ Por todas estas circunstancias, caben tres resoluciones: esprint masivo (grupo de unos sesenta u ochenta ciclistas), esprint reducido (entre treinta y cuarenta ciclistas, cribados por el repecho, la distancia y el ritmo) o fuga (entre cuatro y diez ciclistas que se destaquen por distintos ataques y circunstancias tácticas). Esta última opción es la interesante para los países ofensivos, aquellos de Voeckler, Offredo, Boom, Oss, Modolo… Cancellara.. Gilbert… La dificultad: esa fuga deberá tener elementos capaces de contentar a todas las selecciones trascendentes, o de mantenerlas a raya.
+ Dicho esto, a mi parecer la resolución más probable es el esprint masivo, reducido de facto por cuanto pienso que sólo llegarán con capacidad para ganar diez ciclistas como mucho. Y francamente no creo que entre ellos se encuentre Cavendish. En estas condiciones, los favoritos lógicos serían Thor Hushovd, Óscar Freire y Peter Sagan. Sin embargo, yo tengo uno particular: Daniele Bennati. Va a ir protegido todo el día a rueda de británicos y españoles, amparado por la ofensividad de sus compatriotas; llega en un excelente estado de forma; y tiene las condiciones ideales para esprintar con solvencia 100 metros picandito hacia arriba cara al aire. Es mi apuesta.
+ Respecto de posibles sorpresas aún no mentadas en este análisis, cinco nombres. Para la resolución en fuga, Rui Costa; para el esprint reducido, los eslovenos Grega Bole y Jure Kocjan; para el esprint masivo, Sacha Modolo y (mucho ojo) Yauheni Hutarovich. Todos llegan en bastante buena forma y tienen aptitudes suficientes para colarse en el podio de resolverse la carrera de un modo más o menos favorable para ellos.

La anécdota del reinado contrarreloj

Murió la hegemonía de Fabian Cancellara en la llanura danesa y se estremeció un dogma que, como todos, por duradero se antojó eterno cuando en realidad estaba destinado a persistir sólo mientras persistieran también las circunstancias; en este caso, que el gigante suizo mantuviera sus máximas condiciones físicas y no encontrara un rival apreciable.
Este año ambas condiciones cesaron. ‘Espartaco’ no es exactamente el de siempre, y frente a él encontró a un Tony Martin avasallador, deseoso de arrebatarle el cetro de mejor contrarrelojista del mundo. El alemán llevaba tres años buscando la debilidad del suizo, o más bien la propia fortaleza que le permitiera superarlo, y ha encontrado ambas esta temporada como avisó en los esfuerzos en solitario de Tour y Vuelta. Su salto de calidad es innegable, lo atestiguan siete victorias contra el crono en 2011 y la señal de madurez que transmite en cada una de sus pedaladas, ya sea buscando éxitos propios o trabajando en pos de aspiraciones ajenas.

Igualmente impepinable es el receso de la excelencia de Cancellara, expresado en una campaña menos triunfal de lo acostumbrado en la cual sólo consiguió tres victorias en carreras de Primera División, su peor marca desde que dejara Fassa Bortolo en 2005. El motivo no parece físico (sus exhibiciones en las Clásicas del Norte siguieron la línea acostumbrada), sino más bien un malestar con las evoluciones de su Leopard Trek que impulsa a su cabeza a limitar el rendimiento y la recuperación de sus piernas. Quizá el ambiente amable de la escuadra luxemburguesa no sea el que ‘Espartaco’ necesita; Bruyneel, probablemente, tampoco. ¿Volverá al Saxo Bank de Bjarne Riis y Alberto Contador?
Una vez aupado Tony Martin a la cumbre de la especialidad por excelencia del ciclismo, la lucha contra el cronómetro sin factores competitivos ajenos que puedan distraer el resultado en un sentido u otro, queda razonar quién le hará frente en el futuro en ella y alumbrar el devenir de ésta. En el podio de hoy, infiltrado entre proclamado y destronado, figuraba un Bradley Wiggins extraordinario, que ha remachado con esta meritoria plata mundialista una temporada soberbia en la cual anotó también en su palmarés el Dauphiné, el campeonato nacional británico y el tercer cajón del podio de la Vuelta. Quinto se situó una joya llamada Jack Bobridge (22, próximamente en GreenEdge); un poco más lejos, pero aún entre los veinte primeros, un buen puñado de menores de 25 años (Oliveira, Sergent, Phinney, Talansky, el español Castroviejo) llamados también a discutir el reinado de Martin en un par de años.
La triste circunstancia es que este reinado es cada vez más anecdótico. La deriva del ciclismo actual, donde el aspecto deportivo va cediendo paulatinamente su preponderancia al televisivo, marca una tendencia alcista para la llegada nerviosa y el final en alto a cambio de un declive para el esprint y las contrarrelojes. Se devalúan las facetas técnicas para dar cancha a las más comprensibles para el gran público.
Desde el “ridículo” de Menchov ganando una Vuelta a España en una crono por las autovías aragonesas se acentuó la sensación de que los organizadores perciben como un oprobio que un contrarrelojista gane su carrera. Se han esforzado para que no vuelva a suceder y restan temporada a temporada kilómetros a esos parciales tan poco vendibles. Hace diez años ser especialista contra el crono suponía contar con la opción de hacer una buena general en una prueba por etapas; ahora sólo es positivo para una de las jornadas. Se trata de una evolución que, tristemente, resta alternativas al desarrollo de las carreras y empobrece al ciclismo al degradar a la mera anécdota duelos como los que quizá pudiéramos degustar la próxima temporada entre dos corredores sublimes como Tony Martin y Fabian Cancellara. Una alegría para el responsable de márketing que constituye una pena para el aficionado entendido.

La honrosa decadencia de Óscar Freire

Para quien mira las cosas desde el punto de vista del bañista que moja sus pies en la orilla, lo difícil en la vida es subir. Ascender como persona es un reto de proporciones gargantuescas, inabordable si se considera un todo y no se divide en partes. Por no hablar del éxito, que parece una montaña inexpugnable… La persona que ya ha alcanzado ese éxito, la que viene de vuelta, sabe que esa percepción que tiene el bisoño no es la acertada. Lo difícil no es subir, sino bajar con dignidad. Mantener la compostura donde el descenso, en el que la necesidad de ir plegando las alas impide seguir luciendo la majestuosa estampa del ave que vuela hacia las cotas más altas.
Hay pocos tragos más amargos para un deportista que la decadencia. Se ve relegado de las posiciones donde solía manejarse a otras más traseras porque su nivel físico no es el de antes. Se le plantea entonces un enconado desafío psicológico consistente en asumir que no va a poder afrontar todos los retos que antes se planteaba, optimizar sus energías y conseguir llegar con la cabeza a donde antes lo hacía con las piernas. De la resolución de todos estos conflictos dependerá que el declive del deportista sea digno o no.

Hace ya un par de temporadas que Óscar Freire inició su decadencia, mal que nos pese a todos los aficionados al ciclismo y especialmente a los españoles. Sus eternos problemas físicos, que le perjudicaban impidiéndole rendir una temporada completa y por otra parte le beneficiaban ayudándole a llegar fresco a los Campeonatos del Mundo que vertebran su leyenda, han visto ampliados sus efectos gracias al inexorable paso del tiempo. Las piernas de Freire ya no son aquellas que plantaban cara a Bettini en Tirreno-Adriático, ni las que se defendían con brillantez en el terreno que fuera necesario para la consecución de determinados objetivos.
Desde que se llevara el prestigioso maillot verde que acredita al corredor más regular en el Tour de Francia de 2008, el nivel físico de Óscar Freire ha ido en franco descenso. Ya no gana tan fácil como antes, le falta ‘punch’ como demostró en los pasados Mundiales de Geelong. No tiene la punta de velocidad que le permitía plantarle cara a los esprinters en las llegadas masivas de las grandes vueltas; tampoco la irresistible clase con la que aguantaba los ataques de los mejores clasicómanos en terrenos quebrados. Le falta ese puntito que antes le situaba entre los cinco mejores ciclistas del mundo.
Decadencia. Sí. Pero honrosa decadencia. Freire sigue triunfando en los mejores escenarios; es cierto que ha pasado de las seis victorias ProTour de 2008 a dos en este 2010, pero hay pocos corredores que puedan presumir de llevar doce años ininterrumpidos ganando en la élite.
El secreto de su éxito es haber asumido con naturalidad que ya no es el de antes y luchar con humildad. En Milán-San Remo se llevó el gato al agua pasando casi inadvertido toda la carrera y derrotando al resto de favoritos con un inteligente esprint; ayer, en París-Tours, hizo otro tanto. Ya no tiene esa característica aceleración a ciento cincuenta metros de meta; ahora aprovecha al máximo el trabajo de sus rivales y salta a cien. Ha sustituido la fuerza inagotable con un punto más de la inteligencia de que siempre ha hecho gala; cuando ésta se ve complementada con un estado de forma decente, la suerte está echada y suele ser para bien.
Óscar Freire ha sabido interpretar su declive a las mil maravillas, y en lugar de cambiar su modo de correr lo ha extremado: aún más conservador, aún más inteligente. Le queda un año en la élite; pretendía retirarse este invierno, pero acabó por extender su contrato con Rabobank. En los doce meses que le quedan como profesional podremos observar cómo gana sus últimas carreras y aprovecha su ya exprimido físico al máximo. O lo que es lo mismo, presenciaremos una honrosa decadencia.

Foto: CyclingNews

Italia incendió, Gilbert mereció y Hushovd emergió

El ciclismo nunca morirá. Al menos mientras se sigan viendo espectáculos tan legendarios como el de esta madrugada. Hoy la irresistible combatividad de Italia, la fuerza de Gilbert, el portentoso esprint de Hushovd e incluso el bochornoso papel de España han hecho olvidar la tristísima semana vivida por el ciclismo mundial y especialmente por el patrio y nos han recordado una de las condiciones insobornables de nuestro deporte: que nunca morirá.
El circuito de Geelong fue criticado a priori por ser considerado demasiado blando y ha acabado constituyendo el ejemplo más fehaciente e impepinable de que el factor que hace una carrera dura no es el recorrido, sino la actitud de los ciclistas. Al principio, en el camino desde Melbourne hasta Geelong, se dejó ir una fuga de corredores pertenecientes a selecciones modestas como es tradición en los Mundiales. Esta vez fueron Rodríguez (Venezuela), Tamayo (Colombia), Brammeier (Irlanda), Elammoury (Marruecos) y Kvachuk (Ucrania) los anecdóticos protagonistas que cogieron una veintena de minutos de ventaja a disolver paulatinamente con el transcurso de la carrera. El serbio Esad Hasanovic también quiso entrar en el combo, pero no pudo y navegó entre dos aguas un centenar de kilómetros. Tampoco tuvo mayor trascendencia; para cuando cazaron al último fugado en resistir, Kvachuk, su presencia allí delante o en las catacumbas no importaba.
Se dice que los equipos son reflejos directos del carácter de sus directores, y la verdad es que hoy la selección italiana difícilmente ha podido ofrecer un mejor retrato de la manera de ser de su ‘Commisario Tecnico’, Paolo Bettini. El ‘Grillo’ planteó la táctica de su equipo con el objetivo de que la carrera deviniera una prueba de resistencia, consciente de que contaba con un fortísimo colectivo de ciclistas al que beneficiaba la eliminación de los hombres más rápidos, vulnerables en esfuerzos sostenidos por definición. Andrea Tonti y Matteo Tosatto tensaron en cada paso por los dos repechos que se atravesaban en el circuito hasta provocar un corte de una treintena de ciclistas donde se introdujeron la mayoría de hombres fuertes. Iban los dos máximos favoritos, el italiano Pozzato y el belga Gilbert, con gregarios que poner a su servicio; también Evans, Greipel o Boasson Hagen, algo menos acompañados.
Pero faltaban hombres representativos de dos selecciones fuertes. Rusia y España no habían introducido a Kolobnev, Gusev, Luis León, Samuel o Freire. La selección española, que había quemado ya a dos gregarios y llevaba a tres hombres por delante que no se descolgaron seguramente por no tener pinganillos que les dieran la orden, puso a trabajar a sus dos ‘outsiders’ apellidados Sánchez y al ‘capitano’ Gárate con objeto de controlar la fuga y proteger las opciones de Freire; los rusos jugaron a ser listos y les dejaron la tostada. Al final, tuvieron que trabajar a la desesperada para empalmar con la cabeza de carrera. Les salió bien la jugada porque su arreón coincidió con el momento en que escasearon las fuerzas de los escapados y los más fuertes pararon al comprender que esa no era la fuga buena.
Una escaramuza de Mooerenhout, Serpa, Chris Sörensen, Visconti y Nibali después, quedaba una vuelta al circuito y la carrera empezaba de nuevo con un pelotón de una cuarentena de ciclistas donde brillaban las debilidades de dos selecciones que habían quemado sus naves prematuramente. Una, Italia, por un ímpetu excesivo; otra, España, por una abulia quizá emanente de un Freire que no tuvo su mejor día y a lo mejor arrastró a un desagradecido sacrificio a sus compañeros. Estos, por otra parte, pecaron de no haber estado atentos cuando la imponente claridad de la táctica italiana hacía necesario estarlo.
La carrera navegó en la indefinición hasta que se llegó al primer repecho, el duro, y Philippe Gilbert soltó el mejor demarraje de toda la carrera saliendo la estela de su inspirado compatriota Bjorn Leukemans. En lo que constituyó la mayor exhibición de toda la semana mundialista, el valón puso veinte segundos entre él y sus perseguidores tras subir las dos cuestas reseñables del circuito encendido de coraje y ansia de triunfo. Todo ello viniendo de la fuga, donde también había estado muy activo.
Da la sensación de que a Gilbert lo que le gusta no es ganar, sino ganar a lo campeón; y eso lo paga en ocasiones como hoy donde hay que correr con algo más de cabeza y menos de víscera. En cualquier otro circuito mundialista el valón hoy hubiera campeonado, pero el de Geelong no era apto para solistas; se necesitaba una banda, y ésta la tuvo Eslovenia. El sorprendente país balcánico tiró con Janez Brajkovic y Simon Spilak para brindar una oportunidad a Grega Bole, que finalmente no la pudo aprovechar y acabó undéicmo en el esprint que sus compañeros propiciaron anulando el ataque de un genial Gilbert.
Se llegó al último kilómetro entre un caos de escaramuzas tras el cual los velocistas preparaban su último ‘do’ de pecho. Niki Terpstra ensayó un demarraje que fue neutralizado por un impresionante Ander Lund, infravalorado gregario de campanillas que lanzaba el esprint para su compañero de equipo y selección Matti Breschel. El futuro ciclista de Rabobank se abrió hacia el centro de la carretera, triunfante, sacudiéndose de su rueda a Greg Van Avermaet y forzando a Allan Davis a la remontada. No advirtió que por su izquierda emergía imperial Thor Hushovd, noruego superlativo que desplegó toda su potencia avanzando de manera irresistible hacia la meta.
Ganó. Breschel acabó segundo y golpeó con rabia su manillar (segundo podio mundialista de su carrera); Davis consiguió un tercer lugar que no le gustó, sabedor de que era el gran tapado y había perdido una buena oportunidad; Pozzato casi rapiña el bronce en un esprint portentoso pero insuficiente por su mala colocación; Freire, la otra cara de la moneda, acabó sexto, falto de fuerzas y compañeros toda vez que sólo un notable Zubeldia le acompañó hasta los compases finales de la prueba. Toda su carrera ha echado de menos el cántabro tener alguien más a su lado en los metros finales…
La imagen final que nos dejó la carrera fue un podio agradable, pero copado por ciclistas que no dieron la cara hasta los metros finales mientras otros hacían la carrera por ellos. Davis era el rostro de la decepción; Breschel, el del sinsabor; Hushovd, el de la felicidad. El noruego ha puesto hoy el colofón a su carrera deportiva, que iniciara siendo un esprinter de cierto caché en Crédit Agricole y ha acabado convertido en un excelente clasicómano más consistente pero menos veloz. El año que viene afrontará en las filas del Garmin – Cervélo su duodécima temporada como profesional, y a sus 33 primaveras honrará el precioso maillot arcoiris en los adoquines de Roubaix como lo ha hecho en 2010 Evans en las montañas de Giro y Tour. Será una campaña inolvidable para un ciclista cuya ausencia lamentaremos esta década que inicia una vez se retire.
El ciclismo nunca morirá. Es imposible que lo haga mientras queden aficionados tan abnegados como los europeos que hoy nos hemos pasado la noche en vela, mientras queden ciclistas tan dignos como los que hoy se han dejado hasta el último gramo de sus fuerzas rompiendo sus bielas con pura potencia y ansia de victoria, mientras queden carreras tan emocionantes como esta… No. Quizá los escándalos arrebaten ídolos; sin embargo, como dice la máxima, quitarán las flores pero no la primavera. El ciclismo nunca morirá.

¿Y no quería venir a Geelong?

Unas semanas antes de los Campeonatos del Mundo de Australia, Fabian Cancellara no dejaba claro si competiría o no en ellos. Envuelto en una vorágine de incertidumbre en torno a su futuro, con suspicacias en torno a cómo durante la Vuelta a España se había dejado arrastrar hacia los bares por algunos de sus compañeros en el equipo Saxo Bank… lo que menos le convenía era la presión. Y, para ello, nada mejor que hacerse el sueco y dejar en el aire su presencia en Geelong.
Liberado de todos los apremios que le podían extasiar, Cancellara llegó hace una semana a la ciudad australiana, se sacudió el ‘jet lag’ y tomó esta tarde (mañana en España) la salida en la crono dispuesto a arrasar tal y como lo había hecho en tres de los cuatro anteriores Mundiales de la especialidad, donde campeonó con distancias que llegaron a rondar los tres minutos respecto al segundo. Un dominio insultante que repitió de nuevo, siendo el único de los favoritos en completar la segunda vuelta al circuito donde se desarrolló la prueba con menos de medio minuto de pérdida respecto a la primera. Una señal de que fue el mejor de los participantes no sólo en cuanto a fuerzas, sino en cuanto a regularlas.

El resto de competidores estuvieron a la hora de la verdad a años luz. La primera referencia verdaderamente buena la marcó en la segunda tanda el polaco Maciej Bodnar, gregario de Liquigas con mucho motor y juventud de sobra para llegar a las más altas cotas; acabó noveno a más de tres minutos de la locomotora suiza. Michael Rogers y Luis León Sánchez, en la tercera tanda, sostuvieron un duelo intensísimo que acabó con ambos en la zona noble de la clasificación, quinto y séptimo respectivamente, con un retraso final de en torno a dos minutos y medio…
Sólo otros tres ciclistas bajaron de la hora. David Millar fue el único capaz de hacer ver ese espejismo que supone ver a alguien por encima de Cancellara cuando el suizo se encuentra en estado de gracia. Le superó en el primer parcial, situado al final del primer repecho; después cayó a posición de plata ante la irresistible fuerza de ‘Espartaco’. Peor le fueron las cosas al australiano Richie Porte, una de las grandes revelaciones de la temporada, que se fue hundiendo conforme avanzó la prueba y tras circular casi toda la tarde en el podio sólo pudo llevarse la medalla de chocolate. Quien pudo andar más cerca de la Locomotora fue Tony Martin, a quien un pichazo en la primera parte de la carrera le hizo pedalear a contrapié; tras la incidencia se mantuvo en los tiempos de Millar, pero siempre estará la duda de cómo hubieran ido las cosas para él de no haberla sufrido, de si pudiera haber estado con Cancellara o incluso batirle como ya hiciera en la crono larga de la Vuelta a Suiza este año.
La actuación española estuvo algo por encima de lo acostumbrado en estos años de vacas flacas dentro del panorama nacional en esta especialidad. Iván Gutiérrez ya no es el contrarrelojista puro que fuera campeón del mundo sub23 de la disciplina y se maneja en prestaciones mediocres dentro de la élite; hoy fue 17º. Luis León Sánchez, por su parte, dio emoción a la retransmisión de la prueba gracias a su duelo con Rogers y acabó en una dignísima séptima posición.
En el polo opuesto a Cancellara estuvieron, como en la pasada edición de los Mundiales, James Weeks y Reginald Douglas, los triatletas de San Cristóbal y Nieves que suelen competir en esta prueba constituyendo uno de los absurdos que a veces propicia la globalización del ciclismo. Perdiendo veintitrés minutos no hicieron más grande a Cancellara, sólo le pusieron un contrapunto. Lo cierto es que era muy difícil ensanchar la leyenda de la Locomotora suiza más allá de los impresionantes cuatro entorchados en cinco años que acumula en su palmarés. Éste tiene un sabor especial: lo ha conseguido sin presión (según él, eso lo hace más sabroso) gracias a ser no sólo el más fuerte, sino también el más inteligente. Es un superclase para el recuerdo y lo demuestra cuando los focos brillan más intensamente, como los auténticos superclases.

Quieren traerse un Mundial a España

Hace ya unos días que la comitiva española llegó a Geelong para participar en los prácticamente mal denominados Mundiales de Melbourne. Capitaneada por José Luis de Santos en la parte deportiva, con una representación institucional más amplia de lo habitual para defender a capa y espada la candidatura de la ciudad berciana de Ponferrada para optar a la organización de los Mundiales de 2013 y con el siempre eficaz jefe de prensa de la RFEC Luis Román Mendoza para contar sus peripecias. El objetivo: traerse al menos un Mundial a España.
La primera gran opción, esperanza e ilusión, era que los encargados de la candidatura de Ponferrada 2013 fueran quienes consiguieran el primer Mundial para la delegación española esta madrugada, mañana en Australia. Parecían ir bien colocados: los rivales de Florencia, Génova y Hooglede-Gits no tenían demasiado postín ni especial difusión. Además, Ponferrada 2013 había tenido mucho apoyo del Gobierno y la Junta de Castilla y León, aunque no tanto de los medios.
Una vez en Australia, las opciones de la candidatura española comenzaron a bajar enteros. La rumorología, bastante certera en estos casos, señalaba a Florencia como ciudad elegida en el cónclave de trece altos cargos de la UCI que decidiría dónde se desarrollarían los fastos de 2013. Y, efectivamente, este mediodía se confirmó la noticia. La UCI le ha concedido a Italia su cuarto Mundial en quince años; el quinto si contamos Mendrisio, ciudad suiza pero prácticamente italiana. Se dice que la solvencia organizativa de los italianos es admirable… Así pues, Ponferrada deberá esperar un año más para culminar su sueño de organizar un Mundial, dificultado sin duda por no ser una capital de provincia.
Féminas y sub23: opciones remotas
Una vez eliminados los bercianos, a España sólo le queda la opción deportiva para traerse un Mundial; los mejor colocados para ello son, sin duda, los hombres de categoría élite. Entre las chicas, las opciones son mínimas. Rosa Bravo, Ana Belén García y Belén López están por desgracia lejos de las Pooley, Vos o Ardnt; de hecho en la crono de hoy, ganada precisamente por Pooley, Bravo (31ª) y López (33ª) han completado sendas actuaciones anónimas.
En cuanto a los jóvenes, la distancia con la élite existe pero es algo menor. Jesús Herrada, Juan José Lobato, Higinio Fernández y Mikel Landa ya demostraron durante la temporada en general y en el Tour del Porvenir en particular capacidad de codearse con los mejores. En la prueba en ruta, Lobato es una interesantísima baza para el esprint mientras sus compañeros pueden buscar el triunfo mediante fugas. En la CRI, disputada esta mañana, Herrada ha cuajado una notable performance al ser octavo a sólo 1’18” del campeón, el irresistible Taylor Phinney.
Freire, a por su cuarto Mundial
Son los mayores quienes más posibilidades tienen de campeonar en Geelong. José Luis de Santos ha tenido buen criterio para realizar la lista, primando para la prueba en ruta la formación de un equipo sólido y entregado al cántabro Óscar Freire antes que la selección plagada de posibles ganadores que tuvo España en otras ocasiones. Para la contrarreloj ha habido más problemas. Hubo muchas dudas, con Rubén Plaza y Luis León renunciando a tomar parte en ella; pero finalmente se han saldado, como casi todo este año en la selección y en contraste con lo que sucedió en Mendrisio, sin malos rollos. Representarán a España Iván Gutiérrez y Luis León Sánchez, quienes tienen un recorrido adaptado a sus características pero una competencia brutal encabezada por Cancellara, Porte, Martin y Larsson.
En la ruta hay, de inicio, un grupo de seis ciclistas que ejercerán de gregarios y tendrán a Freire como líder, a Gárate como ‘capitano’ y a Samuel como hombre libre. Imanol Erviti, Luis León Sánchez, Rubén Plaza, Carlos Barredo, Haimar Zubeldia y Fran Ventoso llegan a la cita mundialista en un estado de forma óptimo; la mayoría han completado la Vuelta, mientras Zubeldia se ha preparado en las pruebas ProTour canadienses y Ventoso ha hecho lo propio en las semiclásicas italianas y francesas. Todos tienen avales de sobra y se centrarán en proteger a Freire y controlar una carrera que se prevé movida, muy influenciada por el viento. Para ello tendrán la compañía o la animadversión de otras selecciones potentes como Italia (Pozzato, Visconti), Australia (Goss, Evans) o Bélgica (Gilbert), que cuentan también con líderes definidos y quizá opten por dinamitar la prueba para eliminar a esprinters puros como el americano Farrar, el alemán Greipel o el británico Cavendish.
Los puntales de la selección, Gárate, Samuel y Freire, tienen ya sus funciones bien definidas. El hecho de que no habrá pinganillos en la prueba en ruta dota a Juanma Gárate de una importancia especial en los esquemas de la selección: al ser el más veterano del grupo, tomará galones y ejercerá de ‘capitano’; o, lo que es lo mismo, de director fáctico. Él tomará las decisiones y mandará tirar o parar a sus compañeros en función de las necesidades de Freire. Samuel Sánchez, por su parte, podrá jugar sus bazas y no estará atado a las necesidades del cántabro…
El cántabró. Óscar Freire. La mejor baza de todas, el mejor esprinter que ha tenido España en años, con un talento especial para los Mundiales. Ya lleva tres: desde Verona 2004 está empatado con Rik Van Steenbergen, Alfredo Binda y Eddy Merckx en esa plusmarca sólo al alcance de los dioses de este deporte. Su objetivo, de aquí a su retirada, será romperla y colocarse como líder en solitario de ese ránking de ensueño con cuatro impresionantes entorchados. Este año tiene una ocasión de oro con un recorrido que le viene como anillo al dedo y una selección volcada en jugar su baza. El domingo, alrededor de las nueve de la mañana, tras una madrugada donde los aficionados españoles lucharemos a brazo partido con Morfeo, sabremos si Freire consigue traerse ese anhelado Mundial a España.