El truco del gregario

Dice el tópico que el ciclista gana las carreras no tanto con las piernas como la cabeza, auténtica suministradora de motivación y serenidad para el hombre que hace girar los pedales. En la jornada de ayer de la Vuelta, al igual que en la que acabó en Morzine-Avoiraz en el pasado Tour de Francia, se vio que esta máxima tiene un recoveco más en el hecho de que a veces al ciclista la mente no le sirve sólo para ayudarle a pedalear más, sino para pedalear menos… y evitar el pedaleo de los rivales.
La cima asturiana de Cotobello se estrenó en la competición representando en sus rampas una repetición de lo visto en Avoiraz. De paso, ha dejado la sensación de ser un puerto digno de leyenda, por encima de la norma española en longitud y pendiente media, con una carretera vistosa y en un lugar donde hay cierta afición por el ciclismo. Un auténtico acierto para Unipublic, organizadora de la Vuelta que recibió el chivatazo de esta interesante subida por medio de Chechu Rubiera, cuyo nombre adosaron a la cima en la presentación del recorrido. Cotobello – Cima Chechu Rubiera. A la hora de la verdad, se han ahorrado referir al ciclista asturiano en el Libro de Ruta por aquello de hacer olvidar la injusticia deportiva de que RadioShack no esté en la Vuelta. Es uno de los pocos detalles feos de Javier Guillén y su equipo, pero no hay que obviarlo.

Volviendo a la representación, sólo cambiaron los protagonistas respecto del Tour. Pongamos en el vídeo de Avoiraz a Nibali en lugar de Contador, Mosquera y Purito por Andy Schleck y Samuel Sánchez, y sobre todo Kreuziger por Dani Navarro, y tendremos la película de la subida de ayer. Nibali tenía su día malo y, para ocultarlo, hizo uso del mejor de sus gregarios para trucar la carrera y adormecer al resto de contendientes por la general. Cuando el checo Kreuziger tomó la delantera y comenzó a aumentar gradualmente el ritmo, todos se ajustaron a su incómoda rueda. Precisamente por eso, por incómoda, y porque la acumulación de esfuerzos del tríptico cantábrico y de una etapa exigente por los incesantes escarceos en particular hacía que ninguno de los mejores fuera con buenas sensaciones. Los mejores tenían motivos para respetar el paso de Liquigas: Purito Rodríguez sabía que, yendo como va justo, no podía permitirse alegrías; Mosquera, de largo el más combativo de toda la prueba en la alta montaña, parecía poco inspirado. Velits y Tondo, cuarto y quinto, acusaron de hecho el ritmo y cedieron un poco en el caso de eslovaco y algo más en el del catalán.
Hubo amagos de insurrección, momentos en que la paz artificial impuesta por Kreuziger estuvo a punto de desmoronarse, de fallar el truco del gregario. Fueron los ataques de Frank Schleck, Tom Danielson y Carlos Sastre, de la segunda fila del grupo de favoritos y aún con algo que decir en la carrera toda vez que los tres parecen estar acabando al alza la gran ronda española. Liquigas dejó ir a los atrevidos, como lo había hecho antes con los chavales de Euskaltel que encontraron premio a su valentía con la impresionante victoria de Mikel Nieve, en lo que se interpretó como un gesto de suficiencia. Como si el ataque de unos contrincantes que se encontraban a más de tres minutos en la general no fuera preocupante para ellos. Efectivamente, no lo era. Tenían mejores cosas de que preocuparse.
Como en la fábula del Rey Desnudo de Hans Christian Andersen, tuvo que ser el más niño e inocente quien gritara que en realidad el Rey iba como Dios lo trajo al mundo y aquel traje era una falacia. Nicolas Roche demarró al notar que poco a poco el ritmo de Kreuziger iba decreciendo sin que nadie hiciera nada, desarmó al checo e hizo saltar a la vista que Nibali estaba inerme e incapaz. Sobrevino entonces el carrusel de ataques, Rodríguez, Mosquera, un García Dapena increíblemente sólido. Todos dejando atrás a un Nibali clavado que cedía el liderato al motivadísimo Purito Rodríguez, que no se engañaba en meta y admitía estar destinado a ceder de nuevo el rojo en la crono.
Fueron 37 los segundos que cedió lo Squalo frente al catalán de Katusha en apenas 700 metros, pero no fueron ni mucho menos una derrota para el siciliano, que pasó el examen con nota tirando de precedentes con la inteligente maniobra de Contador en Avoiraz. Al revés, fue un triunfo. Engañó a sus contrincantes hasta dejarles para distanciarle sólo 700 metros que de otra manera podrían haber sido siete kilómetros. Entonces Nibali sí hubiera tenido un problema, pero lo evitó gracias al truco del gregario.

39 segundos

El domingo acabó en París el Tour de Francia de 2010, ése que iba para histórico y se quedó únicamente en digno de recordar.
Era, sobre el papel, la edición más caliente e incierta en años. Alberto Contador, el gran favorito, el indiscutiblemente mejor, tenía a priori un equipo pobre que le pondría a merced de la decena larga de corredores que aspiraban como él al maillot amarillo, casi todos ellos con potentes escuadras a sus órdenes. El terreno parecía implacable, capaz de llevar a los corredores al límite. Se comenzaba con etapas nerviosas donde los hombres de la general habrían de luchar por no perder opciones de victoria; después,unos Alpes flojos se veían compensados por unos Pirineos largos y extenuantes; el remate llegaba con una contarreloj larga, la única de la carrera, que acabaría de romper una carrera y haría buenas o malas todas las ofensivas llevadas a cabo por los ciclistas en los días previos…
Al final todo se definió por 39 exiguos segundos y una amistad que resultó tóxica para la carrera, generadora de una serie de cobardías y picarescas tácticas inescrutables para el telespectador envueltas de ‘fair-play’. Todo quedó, pues, en prácticamente nada.
Alberto Contador no llegó a este Tour como debía, aunque ello no haya sido óbice para que estuviera muy por encima de la mayor parte de sus rivales y consiguiera la victoria final en la Grande Boucle. Se supo corto de forma en la Dauphiné donde no fue capaz de derrotar claramente a Janez Brajkovic, un esloveno de la clase media-alta del pelotón que preparó específicamente la pequeña ronda francesa y fue capaz de imponerse a él en la general. Para subsanar este error incluso renunció al Campeonato de España contrarreloj, alegando una presunta enfermedad que sin embargo no le impedía publicar en Twitter fotos entrenando con su guardia pretoriana de Astaná por la sierra madrileña.
No fue, sin embargo, suficiente. Alberto, por alguna razón, no se preparó este año de manera adecuada para el gran reto de su temporada (parece que el único, toda vez que descarta participar en la Vuelta). Lo reconoció, en un gesto de grandeza, desde lo más alto del podio de París. Micrófono en mano frente a un público hostil. Tras abrazarse con el amigo que ha sido su gran rival estas tres semanas, Andy Schleck, el luxemburgués que ha perdido un Tour que estaba a su alcance entre artimañas tácticas surgidas de esa peligrosa amistad y del ‘fair-play’ que él mismo inauguró como arma arrojadiza.
Contador era muy consciente de que su estado físico no sería suficiente para derrotar a Andy en una competición deportiva; por ello, la convirtió en psicológica. Días como Morzine, donde escondió su flaqueza tras la magnificencia de Dani Navarro, o Ax 3 Domaines, donde forzó a su rival a un juego de gato y ratón del que salían beneficiadas las piernas del pinteño por recibir un menor castigo. El “póker” al que el pequeño de los Schleck se refería en la última semana de carrera lo llevaba jugando el de Astaná toda la carrera… Finalmente, Contador se llevó el gato al agua ante la impotencia de su rival, que no definió cuando pudo y se desempeñó con arrojo en el Tourmalet apenas vio la carrera definitivamente perdida tras comprender que su procrastinación, su expectación en pos de que se viera claramente la debilidad que intuía en el madrileño, había ido demasiado lejos.
Andy Schleck, pues, perdió la carrera en detalles, esperas, ratos observando a su enemigo y compadre. La amistad fue tóxica para el luxemburgués, nubló su visión táctica, y con ello perjudicó al espectáculo en la carrera. Sólo dio verdaderos zarpazos en el pavés de Arenberg, donde distanció a Contador en 1’13” gracias a un Cancellara inconmensurable, y en Avoiraz con 10” de ventaja que pudieron ser más si hubiera advertido antes la flaqueza del pinteño. En cambio, Contador fue mejor en la crono inaugural de Rotterdam por 42”; en Mende, por 10” en el día en que casi rompe la armonía en el seno de Astaná por cazar a Vinokourov con su demarraje; en la contrarreloj final de Pauillac por 31”…
Esto es, empate. Sumadas, esas ventajas del uno respecto del otro se equiparan en 1’23”. La clave de la carrera, pues, fue la jornada en que Contador consiguió esos 39 segundos, exiguos, a los que nos referíamos al principio del artículo. Y ese Día D no fue otro que la famosa etapa del Port de Balés, aquella donde Andy Schleck manejó con torpeza en cambio y posibilitó que Alberto Contador renunciara a aplicar otra vez el ‘fair play’ que tanto le beneficiara el día del sindicalismo ciclista de Spa.
No había de caer dos veces el pinteño en la misma trampa. Había que sacar el colmillo, aunque ello costara (como costó) el abucheo del público. Contador se hizo con el Tour de Francia, objetiva y subjetivamente, el día más picante de la carrera que él mismo edulcoró y anestesió para compensar su inadecuado estado de forma. Ganó así de manera digna un Tour que pedía brillantez para pasar a la historia. Ganó por detalles y artimañas psicológicas. Por sólo 39 segundos…

Meritocracia y amistad por encima de la leyenda

23 de Julio, Arueda.com

El Tourmalet sólo ha sido final de etapa dos veces en el Tour de Francia: el 16 de Julio de 1974 y ayer. Esa primera ocasión se subió por La Mongie y el vencedor fue Jean Pierre Danguillaume, ciclista de clase media-alta en su época en cuyo palmarés sólo hay triunfos conseguidos en suelo francés que pasó a la historia del ciclismo mundial por este único hito. Se hizo un hueco en la historia gracias a una cabalgada épica, con Eddy Merckx, Raymond Poulidor o Lucien Van Impe tratando de darle caza por las galerías que jalonan esa cara del coloso pirenaico.
Ayer, segunda llegada de la historia y segunda ocasión para que un corredor ligara su nombre a perpetuidad a la montaña más mítica del Tour de Francia, junto al Mont Ventoux y Alpe d’Huez. Circunstancias ideales: dos corredores destinados a marcar una época, Andy Schleck y Alberto Contador; exponentes de una portentosa nueva generación de esforzados de la ruta, llegaban igualados a las faldas del puerto que esta vez se iba a subir por el lado duro de Baréges, siendo última jornada montañosa de la carrera, obligatoriamente decisiva… Y, tras luchar diez kilómetros ambos superclases mano a mano, uno decide regalar la etapa a otra en un gesto que puede ser interpretado como un ‘fair-play’, o un reconocimiento a los méritos del rival, o una concesión a la amistad… pero que es, invariablemente, un empalago innecesario.
Carlos Sastre, ciclista de otro tiempo, atacaba al principio de la etapa de hoy. Buscaba contactar con la fuga del día con Boasson Hagen, Kolobnev y Flecha entre otros, que se había marchado sin ningún representante de su Cervélo. Para ello lanzó previamente a sus coequipiers Daniel Lloyd (cazado ipso facto por el pelotón) e Ignatas Konovalovas, destinados a hacer de puente y ayudarle en su propósito. La aceleración del abulense, sin embargo, fue respondida por un Alberto Contador que le hacía gestos para que parara. Samuel Sánchez había caído en la parte trasera del pelotón y había que esperarle. Sastre, con carácter, respondió al madrileño: ése no era su asunto. Si Contador quería ‘fair-play’ podía seguir con él hasta dónde quisiera, pero él había sufrido muchos contratiempos a lo largo de la temporada y nadie paró la carrera para que se repusiera de las consecuencias. Así que iba a seguir adelante. Contador torció el gesto (también lo hizo el sindicalista Cancellara, que circulaba unos metros más atrás) y el abulense se marchó del grupo. A la postre no conseguiría su objetivo de alcanzar la fuga, rodando en tierra de nadie un centenar de kilómetros y certificando que éste ha sido para él un Tour de poca gloria y mucha dignidad.

Mientras Sastre se machacaba por delante, víctima del mal tiempo y circunstancias contrarias, el pelotón circulaba tranquilo, resguardado tras la fila de corredores del Astaná de Contador, ocasionalmente apoyado por el Saxo Bank de Schleck, el Rabobank de Menchov y el Omega Pharma de Van der Broeck. Fue después de Soulor, ya pasado el Marie Blanque, cuando la carrera se puso seria de verdad. Saxo Bank y Astaná pensaron endurecer el ritmo para descubrir debilidades en el otro; Omega y Rabobank buscaron forzar a un Samuel Sánchez aparentemente maltrecho por su caída al inicio de la carrera. El resultado fue un paso asfixiante que a la hora de la verdad sólo afectó a Astaná, que dejó solo a Contador a poco de iniciada la subida final, cuando apenas sobrevivían en cabeza de carrera Kolobnev y el alemán de BMC Marcus Burghardt. En el pelotón, una veintena de ciclistas…
El trabajo de Saxo Bank fue ejemplar, como no lo había sido en toda la montaña de esta Grande Boucle, y cuando Jakob Fuglsang (último gregario) dio su última pedalada con fuerza el líder del equipo Andy Schleck remató la faena con un ataque progresivo a diez kilómetros de meta que eliminó uno por uno a todos los rivales salvo al que debía eliminar, un Alberto Contador que se pegó a la rueda del luxemburgués como una lapa. Uno contra uno, los dos amigos fueron subiendo al paso que marcaba un Schleck que jamás cesaba en su empuje y cada cierto tiempo daba un tirón para intentar poner en apuros al impasible madrileño.
La carretera, la marea humana y los dos mejores corredores del momento. El duelo estaba servido, podría haber sido épico, pero el ímpetu del luxemburgués encontró un muro infranqueable en la solidez del español, que a cinco kilómetros de meta incluso osó realizar un demarraje que fue contestado solventemente por Schleck. Empate técnico, los quince minutos que transcurrieron hasta meta fueron alternamente de conversación unidireccional (el de Saxo Bank hablaba, el de Astaná fingía no escuchar) y tirones tímidos de Andy, que evidenció haber perdido la fe por descolgar a Alberto.
Nadie amenazaba, de cualquier manera, la supremacía de los superclases. Detrás, a más un minuto, circulaba Joaquín Rodríguez. Tras él, los aspirantes al tercer cajón del podio desarrollaban una lucha que se saldaría con otros ocho segundos de ventaja para Samuel Sánchez sobre Menchov. Son 21” en total, la contrarreloj será un duelo de pronóstico reservado entre asturiano y ruso toda vez que Van der Broeck ya parece eliminado de la contienda.
El momento tenso, pues, llegó cuando los protagonistas principales, Alberto y Andy, Tú y Yo, se aproximaban a meta. El luxemburgués siempre en primera posición, el madrileño detrás. Se esperaba un estacazo de Contador, que hiciera pagar a Schleck las consecuencias de su menor fortaleza y su táctica a la postre equivocada de intentar obligarle a un esfuerzo largo que provocara su desfallecimiento. Hubiera sido justo, lógico, en el mundo de la competición. Pero hoy el ciclismo era otra cosa, algo menor. Importaba más el mérito de que Schleck hubiera llevado el peso de la carrera, o al menos eso entendió Contador dejándole entrar victorioso en meta. Una vez pasada la línea de llegada, ambos se palmeaban la espalda, se chocaban las manos, incluso se abrazaban.
Amigos y rivales, un concepto precioso que ellos habían llevado demasiado lejos. Ayer, en la llegada del Tourmalet, acabaron por ser compadres incluso dentro de la carrera donde deberían haberse machacado mutuamente hasta la extenuación para hacer honor a su condición de deportistas. No vale hablar de Indurain, habitual regalador de victorias de etapa cuando aprovechaba el trabajo de terceros para distanciar a segundos; aquí el receptor del presente era el segundo, el gran rival, aquel al cual no se le debería haber dado ni los buenos días tal y como se hizo en Bales. Pero aquel día Contador recibió del público francés un reconocimiento amargo que le descolocó: los silbidos, el abucheo. No quepa duda de que eso, el miedo a escuchar música de viento desde el podio, influyó mucho en el madrileño a la hora de dejar el triunfo en manos de Andy. Tanto o más que la amistad que les une, o que los méritos realizados por el contrincante…
Tras haber presenciado el pasteloso espectáculo, Carlos Sastre explotó en su nota de prensa: “estamos haciendo del ciclismo una patraña de niñatos”. Era la explosión del ciclismo antiguo, viejo cascarrabias apegado a la tradición y a la épica, contra su nieto moderno, hijo de aquel drogadicto ciclismo de los noventa que aún sigue tocando el timbre de vez en cuando para molestar. El nieto moderno, nacido tras la Operación Puerto y adolescente hoy día, es demasiado blando, demasiado sentimental, no conserva ni un ápice del temperamento salvaje que hacía pedalear hasta la extenuación a los adalides de ese ciclismo, el antiguo, que ahora sólo vive en los libros de historia aunque nos empeñemos en intentar resucitarlo cada vez que lo echamos de menos. Ahora, en el ciclismo moderno, la leyenda, lo mítico, importa poco. O mejor dicho, importa menos que valores humanos de esos para todos los públicos como la amistad o el mérito, el “se merece más la victoria que yo”. Valores muchas veces hipócritas que no caben en la alta competición.

Olvidar las bestias negras y mirar el lado brillante

Los ciclistas son personas. Suena obvio, pero hay ocasiones en que el filtro catódico a través del cual observamos sus gestas nos hace olvidarlo y los superpone a un plano, digamos, divino. Pero no. Son humanos. Y como tales tienen sus flaquezas, debilidades, manías, supersticiones, filias, fobias… ambiciones… miedos…
La etapa de hoy era de las que da, precisamente, miedo. El imponente encadenamiento de Peyresourde, Aspin, Tourmalet por Saint Marie de Campan (el lado duro) y Aubisque, el mismo en que Eddy Merckx forjó una parte importante de su leyenda, esperaba a los corredores y era esperado por los mismos con un abanico de sentimientos que abarcaba desde el respeto al temor, pasando por la apetencia, la pereza o, directamente, el hastío emanente de la frustración. O, dicho de otra manera, el aburrimiento del “no quiero jugar más” infantil, el deseo de acabar de una vez con estas tres semanas que para algunos suponen un reto y para otros (como el francés Vaugrenard, cuya petición de no ser alineado en la Grande Boucle fue desoída por el cuerpo técnico de Française des Jeux) una maldición.
Los ciclistas son definitivamente personas y, por su condición de sufridores extraordinarios, incluso más personas que el resto de humanos. Más viscerales, al menos; sobre todo después de un esfuerzo, de haber realizado la labor del día que a veces no es tanto deportiva como psicológica. El ciclismo es uno de los deportes que más exige a la cabeza del practicante, lo enfrenta a circunstancias indomables, a rivales furibundos, a largos ratos por encima del umbral anaeróbico. Y a frustraciones. Al sentimiento de no haber sido capaz de conseguir el objetivo marcado o, al menos, haber rendido al cien por cien en pos del mismo. A las bestias negras…
Lance Armstrong anunció hace varios días en sus Twitter “sorpresas”. “En los próximos días”, dijo, “habrá sorpresas”. Anunciándolas anuló su efecto, de modo que hoy a poca gente extrañaba ver al americano en el primer corte bueno de la jornada junto a Hesjedal, Sastre, Wiggins o Vinokourov, con el protagonismo recayendo en un Liquigas que a través de su líder Roman Kreuziger y el abnegado Sylvester Szmyd buscó dar un vuelco a la carrera para olvidar la triste derrota de su ‘capitano’ Ivan Basso, enfermo de bronquitis y ahora hundido en la general tras realizar una actuación digna en las dos primeras semanas de Grande Boucle. Cuando Astaná y Omega Pharma neutralizaron al grueso de la fuga, encontraron que entre los cazados no estaba Armstrong que, empeñado en destacar, lanzó un nuevo ataque cuando sentía el aliento del pelotón en el cogote.
Formó de esta manera la escapada definitiva junto a su coequipier Horner, dos Caisse d’Épargne que buscaban evitar que RadioShack diera un golpe definitivo en la clasificación por equipos, los combativos Cunego, Casar y Fédrigo y dos Quick Step. Otros, que también aspiraban a figurar en ese corte bueno, fueron eliminados por el ímpetu de uno de los Quick Step y del propio americano, que dio varios tirones en Aubisque y Tourmalet buscando seleccionar y exhibir la fortaleza que pareció abandonarle en meta, donde sólo pudo alcanzar la sexta posición. Lo conseguido hoy, sin embargo, va para el americano más allá de posiciones y se refiere más bien al respeto del aficionado (el del pelotón ya lo tenía) y a refrendar su orgullo de campeón herido. Ahora, seguramente, le tocará pedalear por un Levi Leipheimer que podría acercarse al podio con una táctica de equipo audaz.
El Quick Step del ímpetu, aquel que seleccionó la escapada junto a Armstrong, se llama Carlos Barredo. Asturiano, modesto y sacrificado, “honrado, fiel y de acero” según se ha definido a sí mismo en una nota de prensa de su equipo, llevaba toda la carrera repitiendo que no estaba “siendo su Tour”. Ni su Tour, ni su temporada; sus excelentes piernas no se han traducido en resultados por el intangible, los pequeños detalles, lo que algunos llaman suerte. Es más: todo lo positivo quedaba opacado por su desagradable incidente con Rui Costa en las postrimerías de una etapa de esta gran ronda francesa.
Por eso hoy Carlos tenía la intención de hacer saltar la banca. Y pedaleó para ello. Se introdujo en el primer corte de los Liquigas y tuvo que ceder asfixiado por el altísimo ritmo; recuperó piernas en el gran grupo y luego entró en el definitivo, con Armstrong y los Caisse d’Épargne. Cuando a tres kilómetros de meta atesoraba una veintena de segundos de ventaja gracias a un intrépido ataque que le reportó también más de cuarenta kilómetros en solitario con viento de cara por delante del resto de fugados, fueron precisamente los bancarios quienes apretaron la marcha para cazarle. Especialmente Christophe Moreau, compañero de equipo de Rui Costa, tiró como rara vez lo ha hecho en su carrera deportiva (jamás se caracterizó el francés por su espíritu gregario) para neutralizarlo. Se consumaba así un nuevo episodio de desencuentro (¿casual?) entre Barredo y la potente escuadra de Eusebio Unzué, que ya corriera contra él sin ir más lejos en el Campeonato de España y se convierte poco a poco en su auténtica bestia negra. El asturiano entraba en meta frustrado, y en ese sentido se expresaba en los micrófonos de Televisión Española. Ahora bien, ¿debe interiorizar ese sentimiento? No. Mejor haría en alegrarse por haber lavado su imagen con una actuación superlativa, para el recuerdo. En pensar que la alegría, la suerte, llama a la puerta de quienes lo merecen, y él lleva tiempo acumulando méritos.
Hoy ha habido muchísimos hombres que han afrontado en los Pirineos su particular reto psicológico, pero dos han sido quienes han destacado entre todos ellos. Lance Armstrong y Carlos Barredo han tomado hoy su particular toro, desagradable toro, por los cuernos para intentar derrotarlo o al menos burlarlo. Tratando de conducirlo por el desagüe de su mente y con ello al olvido. Ninguno de los dos lo ha conseguido pero, al menos, tienen la inmensa honra de haberlo intentado y el deber de mirar el lado brillante, como recomendaban los Monty Python. Mucho más de lo que pueden decir algunos que sencillamente esperaron en el pelotón a que escampara el temporal, procastinando su tarea hasta el jueves en el Tourmalet.

Lo que algunos llaman mala suerte

Subiendo el Port de Balés, el tercero de los diez colosos pirenaicos que van a afrontar los ciclistas en este Tour de Francia dedicado a la cordillera que separa España y Francia, Andy Schleck decidió que hoy era el día para distanciar a Alberto Contador. Confiaba en sus sensaciones, magníficas, y en su habilidad de bajador, mayor de lo que muchos aficionados piensan por la inevitable equiparación con su hermano Frank. Tras poner sus coequipiers de Saxo Bank un ritmo que hiciera madurar las piernas del resto de competidores, Andy hizo su primer intento. Respondieron rápidamente Contador, Samuel Sánchez y Van der Broeck y, con algo más de retardo, Menchov; los cinco hombres más fuertes en la montaña de esta Grande Boucle.
Strike uno, que se diría en béisbol. Andy frenó, recuperó fuerzas mientras toda la pléyade de hombres para la general volvía a reunirse a su rueda. Cuando vio que Contador quedaba cerrado tras su compañero Vinokourov y Van der Broeck, volvió a demarrar con mayor contundencia si cabe. Abrió hueco, Vino salía a su rueda a duras penas y hacía de puente para que el pinteño remontara paliando la desventaja nacida de su mala colocación. El luxemburgués dio entonces una pedalada en falso que levantó la rueda trasera de su bicicleta. Algo no iba bien. Le acababa de saltar la cadena. Dejó de avanzar y comenzó a mirar desesperado hacia atrás, buscando un coche de equipo salvador que solventara los problemas de su máquina…
Pasó entonces Alberto Contador por su lado y, alentado por su instinto de competidor, persistió en su cambio de ritmo. Incluso aumentó la intensidad. Unos metros después se giró, como pensándolo mejor. Nunca sabremos qué se le pasó por la cabeza en ese momento al de Astaná, si pensó en la barrabasada que suponía para su rival y amigo ese contraataque. Pero sí podemos dilucidar qué sucedió como consecuencia: Menchov y Samuel Sánchez le cazaron y se relevaron con él para aumentar la distancia que les separaba de un Andy Schleck que pedaleaba, furibundo, para recortar los malditos treinta segundos que le había hecho perder su cadena. El luxemburgués no pudo, y el descenso de Balés no hizo sino refrendar lo que se había producido en el ascenso.
En meta, Contador se hacía con el liderato, daba el segundo cañonazo de los tres con los que debía derribar la resistencia de sus rivales e imponerse en esta edición del Tour de Francia; Mende fue el primero, el tercero que asegure la victoria deberá tener lugar en el Tourmalet o en la crono de Burdeos. Andy Schleck, por su parte, llegaba derrotado y enfadado, consciente de que iba a ceder a amarillo, a 39 segundos de Contador y a más de tres minutos del pundonoroso Thomas Voeckler, merecido vencedor tras hacer valer la escapada jornada y el trabajo en ella de su compañero en Bouygues Telecom Sébastien Turgot.
Lo que le sucedió a Andy mientras realizaba su ataque, ese que iba a llevarle a la victoria y pasó a provocar la derrota, algunos lo atribuirán a la [mala] suerte. Y puntualizarán la mala fe de un Alberto Contador que persisitó en su demarraje a pesar de que su rival hubiera tenido un problema mecánico, algo contrario a las normas no escritas del ciclismo, uno de los deportes más apegados a su código de honor. La realidad es que esa suerte, como siempre, fue un cúmulo de factores desfavorables desencadenados por el propio Andy Schleck.
Como se puede ver en el vídeo de los hechos, cuando el hasta hoy líder de la general lanza su ataque comete un error de principiante intentando cambiar de piñón en pleno momento de tensión. Eso era algo que haría sufrir a su grupo SRAM, Schleck lo sabía y debería haberlo pensado antes para evitar que sucediera ese desafortunado salto de cadena.
Contador, que ya le esperó camino de Spa en circunstancias mucho más turbias, no frenó la respuesta a su demarraje. No procedía, no era un caso comparable al de la Vuelta del año pasado cuando Evans pinchó en Sierra Nevada (nadie esperó) o a la famosa caída de Lance Armstrong en Luz Ardiden en el Tour’03 (todos esperaron); aquí era el propio Schleck quien había provocado su infortunio, lo que algunos llaman mala suerte. Que Contador supiera todo esto en el momento en que le superó y se lanzó a devorarle es difícil de dilucidar, pero lo más lógico es pensar que no. Se entra entonces en el terreno del debate ético, en el qué debería haber hecho Alberto. ¿Debería haber parado a esperar a su rival [y amigo], perdonándole la vida por segunda vez en este Tour? ¿O hizo bien remachándole aprovechando su problema mecánico? Preguntas para las que cada aficionado o integrante del mundillo ciclista tendrá su propia respuesta… Quienes presenciaban cómo a Contador le era impuesto el preciado jersey amarillo dieron la suya abucheándole.

Tú, Yo y los Demás

Definitivamente, este es el Tour de la digresión. El Tour de la ruptura, el Tour de lo extravagante. Este fin de semana, particularmente bizarro, ha mostrado una esquizofrenia notable que sin embargo no ha comportado cambios significativos en la general. Los cabezazos de Renshaw para facilitar la victoria de Cavendish el jueves, Vinokourov enfadado el viernes y satisfecho el sábado, la machada de Riblon hoy. Detalles que marcan el carácter de esta carrera.
Pero la imagen que quedará grabada en la memoria del ciclismo representando este Tour de Francia será, por encima de todas, la que se ha producido hoy en Ax 3 Domaines. Alberto Contador y Andy Schleck, el madrileño ligeramente adelantado respecto del luxemburgués, dejando ir al resto de corredores camino de la cima del antes llamado Plateau de Bonascre. Vigilándose hasta el ridículo. Responde esta imagen a la sensación, refrendada por la general, de que entre Alberto, Andy y los demás hay una distancia insalvable. “Tú, Yo y los Demás”, parecía decir la mirada del luxemburgués tras sus gafas, sosteniendo una expresión idéntica al madrileño. No importaba nada más, así lo había interiorizado Andy de las órdenes de Bjarne Riis.
Mientras tanto, en cabeza de carrera, Christophe Riblon finalizaba su tarea de dejarse los hígados en una fuga de salida con éxito, premiando al pundonor y el sacrificio denodado que tanto se echaban de menos en el ciclismo francés. Inmediantamente delante de Tú y Yo, la terna de aspirantes al puesto vacante en el podio de París se batía el cobre. Denis Menchov, Samuel Sánchez y Jurgen Van der Broeck saben que es cosa de ellos dirimir a quién pertenece ese lugar de honor. Los siguientes parecen descartados: Gesink está supeditado a Menchov, Leipheimer y Luis León Sánchez se muestran vulnerables en las subidas, Joaquín Rodríguez tiene su talón de Aquiles insalvable en las contrarrelojes.
Cosa de tres. Menchov parece el más sólido, como muestra su discreta pero segura actuación en todo este Tour, y tiene el colmillo del que carecen el resto de aspirantes, valioso hoy para comprender la carrera antes que el resto y hacer camino respecto de todos menos de Samuel Sánchez, también lector avezado de las situaciones tácticas. Samuel parece el más fuerte, suele ir a más en la tercera semana de las grandes rondas pero tiene el hándicap de ser algo inferior a Menchov en contrarreloj. Van der Broeck parece el rival más débil, acusa bisoñez e impetuosidad que le hacen gastar fuerzas antes de tiempo.
No tienen nada que hacer en un duelo directo con Alberto y Andy, y eso lo saben ambos contendientes por el maillot amarillo. Tú, Yo, los Demás… Los Demás parecen ser el único problema posible para pinteño y luxemburgués. Los demás que están de su lado, y los demás que juegan en su contra también.
En el seno del Saxo Bank la concentración es máxima, el enrarecimiento del entorno provocado por la incertidumbre respecto del futuro del equipo derivada de su escisión en el “bloque Schleck” y el “bloque Riis” se ha disipado pero sigue presente. Por lo demás, las fuerzas escasean; una semana defendiendo el amarillo de Andy carga en exceso las piernas de los corredores. O mejor dicho las descarga de energía.
Por otra parte, en Astaná reina desde el principio de la carrera un ambiente positivo y, sobre todo, de unión en pos del objetivo de que Contador vuelva a subir a lo más alto de podio de París. Alberto ha ejercido de jefe sabio, sin duda asesorado por un Martinelli que está realizando una buena labor de dirección en la sombra. No ha querido tomar el amarillo en ningún momento para liberar de presión y trabajo a sus coequipiers, que en su mayoría asumen su rol de gregarios con naturalidad. La única posibilidad de ruptura era el carácter de Alexandre Vinokourov, que desde su posición de ‘capitano’ en ruta estuvo a punto de acabar con la armonía en la etapa del viernes.
Vino se filtró en la fuga del día, acompañado de otros grandes corredores como Hesjedal, Klöden o Kyrienka, eximiendo así a sus coequipiers de tirar para neutralizar el movimiento y provocando además un quebradero de cabeza a Saxo Bank, que tuvo que asumir el desgaste de la persecución. Fue también el más fuerte entre los fugados, pero la victoria se le escapó por el empuje de un Alberto Contador que decidió devolver a Andy Schleck golpe psicológico de Morzine-Avoiraz con un ataque en la subida que hizo eterno a Laurent Jalabert. De paso, le quitó la victoria a Vino y se la regaló a Joaquín Rodríguez. La primera consecuencia de esto, según revela Carlos Arribas en El País, fue una larga conversación donde Vinokourov expuso a Contador sus frustraciones; la segunda, la victoria del kazajo al día siguiente en Revel. Allí se escapó a pocos kilómetros de meta, aprovechando un puerto de tercera y el desorden reinante en el pelotón ante la falta de un equipo de esprinters capaz de controlar la carrera. Frenó cualquier posibilidad de caza un autoritario Alberto Contador, que al llegar en meta se fundió un abrazo con Vinokourov para sellar la paz.
Yo y Tú, Alberto y Andy, tienen por tanto dos buenas escuadras a su servicio. Los Demás no pueden decir lo mismo; Menchov apenas tiene a Gesink, Gárate y Moerenhout para la montaña, Samuel a Verdugo, Egoi Martínez y Velasco, Van der Broeck a Dani Moreno, Lloyd y De Greef. Mimbres todos ellos insuficientes ‘per se’ para revolucionar la carrera. Mimbres que, juntos, sí podrían dar un vuelco a la competición. Mimbres que, unidos a ciertos intereses colaterales, sí que tendrían opciones notables de poner en dificultades a Tú, Yo y sus compañeros.
Caisse d’Épargne y RadioShack pueden ser los jueces de la carrera. Luchan por la clasificación por equipos, introducen corredores en cada fuga y arman auténticos zafarranchos con tal de tener la máxima representación posible en cabeza de carrera. Sus tácticas, bien aprovechadas por los Demás de la general, pueden cambiar el signo de esta Grande Boucle. Eusebio Unzué cuenta en sus filas con un nivel medio de lujo: Luis León Sánchez, noveno en la general; Rubén Plaza, vigésimo y dando un nivel relativamente sobresaliente en montaña; Moreau, Kyrienka, Iván Gutiérrez, siempre al salto. Johan Bruyneel, por su parte, tiene a Leipheimer bien colocado en la general (séptimo) y a una serie de ciclistas de calidad que parecen lejos de su mejor momento pero capaces de un chispazo desequilibrante: Brajkovic, Horner, Klöden. Y Armstrong, Lance Armstrong…
El americano anunció esta mañana en su Twitter “sorpresas para la última semana”. No parece probable que se quede de brazos cruzados en su último Tour; prepara un último zarpazo y para él lleva varias etapas reservándose. Por el camino puede hacer perder a Alberto y Andy (Tú y Yo, Yo y Tú) más de lo que él vaya a ganar. En su misma situación se encuentran el resto de a priori favoritos caídos en desgracia con el curso de la carrera; los Evans, Wiggins, Sastre. El abulense, precisamente, ha realizado hoy en Pailhéres el primer movimiento en ese sentido. Sabedor de que la decadencia es honrosa cuando se acompaña con ambición. Atacando desde la base del coloso pirenaico buscando la victoria e induciendo a cierto esfuerzo al Astaná, que controlaba en ese momento el grupo de favoritos.
Estos movimientos jamás son inocuos y pueden jugar un papel clave en el desarrollo de la última semana de este Tour de Francia de la digresión. Un Tour que, sin duda, está cumpliendo lo que prometía: ser una prueba épica, creadora de mitos e imágenes como la de Andy Schleck y Alberto Contador hoy en Ax 3 Domaines mostrando que la lucha por el amarillo se reduce a ellos con un marcaje mutuo que rayaba el insulto al resto de competidores. Reeditando aquella histórica situación de Anquetil y Poulidor marcándose en el Puy de Dôme, pero sin la extenuación que llevó aquel Julio de 1964 a ambos superclases franceses a apoyarse en el uno en el otro, derrengados. Pero eso sí, sin dejar de dar pedales.

Renshaw fue el cabeza de turco

Uno de los muchos factores que hacen a este Tour de Francia único y digresivo con respecto de las anteriores ediciones es que las etapas llanas dan casi tanto que hablar como las de montaña. Incluso las etapas más tórridas e insulsas tienen su pimienta gracias a la pléyade de esprinters presente en esta Grande Boucle. No hay un dominador claro y sí muchos gallos dispuestos a picarse entre ellos, con la referencia de un polemista nato como Mark Cavendish y sus secuaces de HTC – Columbia, siempre dispuestos a montar un auténtico lío con objeto de ganar la etapa. No es la primera vez que provocan una caída masiva o, como ayer, ponen en peligro a todos los que toman parte en la ‘volata’ con movimientos desquiciados…
“Siempre somos nosotros, ¿no?”, espeta Mark Cavendish a los micrófonos de televisión cuando le informan de que su lanzador Mark Renshaw ha sido descalificado. El por qué salta a la vista apenas se visiona el vídeo de la llegada. Tras ser dejado en cabeza de pelotón por su coequipier Bernhard Eisel y con Mark Cavendish a su rueda a apenas quinientos metros de meta, Renshaw encuentra como a su derecha progresan los Garmin – Transitions: el neozelandés Julian Dean se abre paso a base de potencia con su líder Tyler Farrar a rebufo. Y, una vez se ve superado, el australiano no duda en tomar una cuestionable determinación: carga con su cabeza contra Dean, a quien elimina de la contienda prácticamente a golpes. Luego, cuando Cavendish lanza el esprint, Renshaw da un peligroso bandazo para evitar que Farrar coja su rueda. Resultado: descalificación. Demasiadas irregularidades cometidas a plena visión del público como para quedar impunes.
Las quejas de HTC (que, por supuesto, ha habido) se fundamentan en el hecho de que otros han quedado impunes previamente, como Hunter y Fuglsang o, sobre todo, Rui Costa y Barredo. Cierto. No obstante, no es menos cierto que la organización del Tour fue clara al advertir que el siguiente en infringir las más elementales normas del ciclismo pagaría el pato. Renshaw sabía a lo que se exponía cometiendo las temeridades de ayer, y si lo ignoró fue totalmente por su cuenta y riesgo. El resto del pelotón así lo ha entendido, y sin ir más lejos el principal perjudicado por las artimañas del australiano, Tyler Farrar, expresaba en meta que “viendo el vídeo, Renshaw debe ser descalificado. Es lo peor que he visto este año. Ha sido totalmente inapropiado, primero lo que hizo contra Julian y luego lo que hizo contra mí poniéndome en peligro…”
Se queda así Cavendish sin su elemento más valioso para los esprints. Renshaw ha sido clave en sus tres victorias de este Tour de Francia, rompiendo las ‘volatas’ siempre en el momento adecuado y mostrando un nivel absolutamente epatante, muy superior al que había puesto de relieve anteriormente. Ahora, ‘Manx Express’ deberá lidiar en los esprints con la única ayuda de un Bernhard Eisel que también parece encontrarse en un gran estado de forma. Pero, sobre todo, deberá batallar contra la inestabilidad que parece perseguirle y mantenerse ajeno al hecho de que su más preciado gregario ha sido el cabeza de turco por los numerosos incidentes que han tenido lugar en carrera durante este Tour de Francia de la digresión.

La fiesta de los lacayos

El Tour de Francia son veintiún días, un auténtico mundo si tenemos en cuenta que cada jornada supone de media entre cuatro y seis horas de bicicleta y que un sólo segundo puede cambiar por completo el curso de la carrera. Hay, como aquel que dice, tiempo para todo. Días para todo. El 14 de Julio era día para la fuga por esa norma tácita siempre en la mente de los participantes de la Grande Boucle; la que dice que el 14 de Julio es el aniversario de la Toma de la Bastilla, fiesta nacional francesa, fiesta para los galos, tradicionales animadores de la carrera que siempre se ven obligados a mantenerse en segundo plano durante los instantes decisivos de la carrera. Fiesta para los lacayos del pelotón, que por una vez pueden ejercer de amos del asunto. Por esta vez, sin embargo, los dos lacayos finalmente autopostulados como amos no llevaban en el dorsal banderas tricolores, sino de color rojo y verde… aunque de distintos países.
Vasil Kyrienka es uno de esos jornaleros del pelotón, de los que no tienen precio. Estajanovista, cuando fichó por Caisse d’Épargne se instaló en Navarra dejó de salir con la grupeta de Chente García Acosta por considerarla demasiado informal. Prefería entrenar solo si a cambio entrenaba de manera correcta. El 19 de Septiembre de 2008, vestido con los colores de Tinkoff Restaurants (ahora Katusha), fue el más fuerte de la etapa de la Vuelta a España con final en Segovia pero llevó pegado a su rueda al talaverano David Arroyo, que le dio el conocido como último relevo para llevarse el triunfo a casa y redondear de manera algo miserable lo que fue una buena Vuelta para Caisse d’Épargne. Pero Eusebio Unzué es un hombre de honor y aquel día Kyrienka, si bien perdió una victoria de etapa, ganó un contrato de dos años con el equipo bancario. Estas dos temporadas, Vasil ha sido un elemento valioso. Su fortaleza y arrojo fueron claves en la Vuelta a España donde campeonó el año pasado Alejandro Valverde, y también en que precisamente David Arroyo subiera al segundo cajón del podio de Verona el pasado Giro de Italia.
Ayer, al bielorruso le tocaba de nuevo sacrificarse por el equipo, pero de otra manera. Era el día de la Bastilla, el día para coger la fuga que, seguro, llegaría a meta. El día perfecto, pues, para que una escapada adquiriera notoriedad y llamara la atención, justo lo que necesita en este momento la estructura de Eusebio Unzué para encontrar un patrocinador que garantice su supervivencia en 2011. La situación en el seno de la escuadra navarra raya ya el dramatismo; las conversaciones con posibles financiadores no parecen avanzar conforme a lo deseado y los rumores en torno a los posibles destinos de sus mejores hombres no cesan de aparecer. Se habla de Rigoberto Urán y Sky, de Luis León Sánchez y una pléyade de candidatos encabezada por Rabobank y RadioShack. El murciano, precisamente, parece haber dado de plazo hasta el final del Tour para tener confirmación del nuevo espónsor de Unzué o empezar a escuchar ofertas de otras escuadras.
Era necesario introducir a alguien en la fuga, pues. Por la notoriedad, por la etapa y por la clasificación por equipos, liderada por los bancarios con una exigua ventaja de 31 segundos sobre el RadioShack de Armstrong. Kyrienka cazó el corte bueno, precisamente, junto a un hombre de The Shack como Sergio Paulinho y los belgas Mario Aerts y Dries Devenys. Luego empalmarían desde atrás dos franceses que debían salvar el honor nacional, Maxime Bouet y Pierre Rolland. Llegados los momentos decisivos, Bouet y Rolland fueron los primeros en ceder…
Sergio Paulinho es otro de esos hombres que son más gregarios que ciclistas. Cuando en 2004, con 24 años y sin haber salido aún de Portugal, fue capaz de aguantar la rueda de un Paolo Bettini en plenitud y alcanzar la medalla de plata en los Juegos Olímpicos de Atenas, su futuro parecía brillante. Su evolución no fue, sin embargo, tan descollante; si se equivocó apostando por las grandes vueltas en lugar de por las clásicas es algo interpretable. Él fue, en el día de los lacayos, el gran rival por el triunfo de Kyrienka. Entre ambos realizaron la selección, siendo el instante definitivo del proceso el ataque del portugués en la Rochette, neutralizado a duras penas por el bielorruso y devastador para los belgas y, sobre todo, los franceses.
Sergio Paulinho y Vasil Kyrienka se entendieron desde entonces, a una docena de kilómetros de meta. Se miraban de reojo, sabiendo que la fiesta podría ser completa únicamente para uno de los gregarios. Ambos confiaron, sin embargo, en sus condiciones; el portugués pensó en su experiencia internacional, el bielorruso en sus años de pistard y la punta de velocidad heredada de entonces. El hombre de Caisse d’Épargne entró primero al esprint, y Paulinho le remachó a los trescientos metros de meta que suelen ser estándar para estos menesteres; los justos para que duren las escasas fuerzas que quedan tras un día de escapada, sacar algo de ventaja en el demarraje y no dar tiempo a rehacerse al otro contendiente. Pero no contó con el viento de cara, que se alió con Kyrienka para darle unas opciones de triunfo que no consiguió aprovechar por menos de veinte centímetros. Lástima para él y para Unzué; el rey de los lacayos fue ayer Sergio Paulinho.

Un cuchillo para cortar las dimensiones

Difícilmente una etapa puede ser más rica en conclusiones que la disputada ayer en el Tour de Francia. La primera, la inevitable, es que será la más definitoria de esta edición de la Grande Boucle. Hoy el recorrido, el calor y los propios corredores han empuñado todos juntos el cuchillo para cortar la carrera y dividirla en tres sucesivas competiciones, en tres dimensiones distintas donde los corredores lucharan por tres gratificaciones diferentes, aquellas que quedan a su alcance después de que la jornada les haya mostrado sus limitaciones y sus fortalezas de manera inequívoca.
“Hay veces que me da la sensación de que los de la general y yo corremos en las mismas carreteras, pero no la misma carrera”, decía ayer por la tarde Robbie McEwen en su Twitter. Se había dado cuenta de por dónde iban los tiros. De cómo él, encuadrado en la dimensión de quienes luchan por las victorias de etapa, no se encontraba en el mismo plano que los dos que pelean por el maillot amarillo y la pléyade de corredores que buscan el peldaño del podio de París que dejan libre los dominadores. División efectiva, realizada por los cuchillos empuñados al unísono por todos los factótum de la carrera…
Alguno de ellos, incluso, se confundió ayer por esta multiplicidad de planos. Fue el caso de Luis León Sánchez, líder de un Caisse d’Épargne que camino de Saint Jean de Maurienne tomó por fin la actitud combativa que tanto se le ha reclamado y que tantos réditos puede darle toda vez que posee un nivel medio espectacular en su ‘nueve’, tal vez el mayor de la carrera. El murciano se encontró en la fuga del día, nacida a base de tirones y sin el beneplácito de un BMC que se negaba a dejar marchar una fuga peligrosa, con doce compañeros de fatigas de calidad que incluían dos coequipiers poderosos como Christophe Moreau e Iván Gutiérrez. Los dos se vaciaron en pos de las opciones de Luis León, que se quedó a mitad de La Madeleine (puerto final de la jornada) con sólo tres secuaces para llevar a término la escapada: Damiano Cunego, Sandy Casar, Anthony Charteau. Dos clientes peligrosos pero interesados por relevar para acercarse a la victoria de etapa, Cunego y Casar, y un buen perro de tiro como Charteau, francés de Bouygues que rara vez se había visto en otra y a priori se vaciaría por ayudar. 
Mientras duró el ascenso, sin embargo, no hubo colaboración. Luisle tiró solo y se dejó todas sus fuerzas; en el descenso no hizo sino ir a rueda de los generosos relevos de Charteau y los ratoneros esfuerzos de Cunego y Casar. En los últimos metros, cuando su dimensión confluyó con la de los candidatos al amarillo, su demarraje se vio solapado con el de Casar, ganador, y perjudicado por un trazado endiablado que situaba la meta en una curva a izquierdas. Una vez bajado de la bicicleta, contrariado, se expresaba: “Teníamos planteado coger la fuga para intentar sacar el máximo tiempo posible en la general. En el llano [tras la Madeleine] me comentaron desde el coche que tenía que pensar en la victoria de etapa pero cuando se cambia de opinión luego es difícil que salgan bien las cosas”. Pura confusión de roles, de dimensiones de la realidad…
Los dos que difícilmente olvidarán en que plano están serán los aspirantes a la primera posición de la general Alberto Contador y Andy Schleck. No lo harán porque se han esforzado para ostentar ese estatus en comandita, y si hay algo que no se olvida es el esfuerzo. Ambos salieron conscientes de que ayer era un día clave y para ello movieron a sus coequipiers. Andy introdujo a su potente Jens Voigt en la fuga del día; Alberto incordió en todo momento a BMC con los movimientos del ínclito Vinokourov, que atacó nerviosamente en varios momentos clave para desarmar a la escuadra de Cadel Evans… y lo consiguió. Una vez descapitalizado el equipo del líder, carente de patrón la carrera, fue el turno de Saxo Bank para acelerar el ritmo y dejar el grupo de hombres fuertes en treinta. Luego entró Astaná, que con Tiralongo dejó la selección en una docena de ciclistas. Y después llegó el tirón final de un Dani Navarro incomensurable, quizá la gran revelación del Tour, que dejó a Contador y Schleck definitivamente en una dimensión aparte a la que luchó por entrar sin éxito un motivado Samuel Sánchez. Madrileño y luxemburgués lucharon entre sí; aprovechando que aún tenían los cuchillos en la mano, Andy asestó varias puñaladas que no hicieron sangre en Contador. Se miraron entonces y decidieron que, a bien que sólo quedaban dos en la dimensión, se llevarían bien. Al menos, hasta Saint Jean de Maurienne.
El resto de los Quince (Catorce en carrera) de quienes llevamos hablando todo este tiempo en Arueda conforman el último de los planos de la carrera, el de aquellos que lucharan por el tercer puesto. Samuel tiene la ‘pole’; parece ir con un puntito más que el resto y, de hecho, ya posee ese codiciado tercer lugar de la general. Tras él Gesink, Menchov, dos invitados de lujo como Leipheimer (capitán de RadioShack por deceso de Armstrong) y un Joaquín Rodríguez que se mantiene en la pomada para sorpresa de quienes esperábamos verle luchar por etapas sin mayor pretensión; en otro plano de la carrera… Y Van der Broeck, Basso y Kreuziger, que quizá cedieran ayer más de lo esperado, sobre todo en el caso del checo. Aunque para concesiones las de Sastre y Wiggins, eliminados de la general por cinco minutos perdidos entre ascenso y descenso del tétrico Col de la Madeleine.
Aunque lo tétrico y trágico estuvo ayer, mayormente, centrado en la figura de un Cadel Evans que cedió, siempre sentado, nueve minutos. Nueve minutos que le costaban formar parte de las dimensiones de privilegio, aquellas donde se encuadraba cuando vestía la prenda amarilla. Siempre sentado, pero no por gusto sino porque corrió con un codo roto y no podía erguirse sobre la bicicleta. Algún día, el vigente campeón del mundo se retirará y todos hablaremos de sus rarezas, de sus extrañas relaciones con la prensa y el resto de los ciclistas, de su impericia para atacar y de la cobardía con la que corría hasta el año pasado. Ojalá no olvidemos, tampoco, su tremendo coraje y su capacidad de sacrificio, que como su carácter están fuera de lo común…

El Tour de los Quince: primer balance

En la previa del Tour de Francia, en Arueda.com seleccionamos a los Quince. Eran los máximos favoritos, los llamados a copar las primeras posiciones de la clasificación general en la gran ronda francesa. Una semana de competición después, tras dos jornadas de montaña (la inocua de Station des Rousses y la decisiva de ayer en Morzine-Avoiraz), una crono y una etapa de pavés que les han obligado a jugar sus bazas, hacemos balance y análisis del rendimiento y las opciones de nuestros Quince.
Alberto Contador (3º a 1’01”) Sensaciones encontradas para el pinteño. La prestación de su equipo durante toda esta semana ha sido ideal: Vinokourov se sacrificó por él en el pavés, Noval le protegió en el llano y el resto reservó energía al máximo para llegar a las etapas de montaña en plenitud de condiciones y avasallar como de hecho lo hicieron. Su actuación, sin embargo, no fue tan sólida como la de su Astaná. Y es que, si bien se mostró tranquilo y en buenas condiciones, cedió unos pocos segundos evitables la jornada de pavés (en principio por una avería mecánica) y otros ayer en Avoiraz, cuando no fue capaz de responder a un ataque de Andy Schleck. La pregunta ahora es si tendrán continuidad esas vacilaciones.
Carlos Sastre (12º a 2’40”) El abulense se ha limitado a estar en su sitio esta primera semana, con pérdidas moderadas que le mantienen en la pomada pero no en primera línea. Su mejor baza es esperar a la tercera semana, donde goza de un puntito extra del que la mayoría carece, y lo sabe. Aunque también debe tener claro que, para subir al podio de París, deberá arriesgar en algún momento.
Samuel Sánchez (9º a 2’15”) Fue protagonista en la etapa de ayer, pero representó un papel poco honroso. Se le vio con buenas piernas, bien situado, y de hecho fue el único en contestar al ataque postrero de Andy Schleck. Y le dio continuidad, tomando el peso de la escaramuza y cediéndole en bandeja la victoria al luxemburugés. El resto de la primera semana se ha mostrado listo para la batalla, aunque quizá perdió en el prólogo más tiempo del conveniente.
Luis León Sánchez (20º a 5’03”) El murciano estuvo vigoroso durante toda la primera semana, pero empañó su actuación en la etapa de ayer al ceder en la ascensión final a Avoiraz. No se adaptó bien al alto ritmo impuesto por Astaná en unos puertos empinados, más aptos para escaladores ligeros que para trotones para él. Ése es el hándicap que se encontrará durante toda su carrera si, efectivamente, decide centrarse en luchar por la general de las grandes vueltas.
Iván Basso (13º a 2’41”) El italiano, como Sastre, apenas ha asomado durante las primeras etapas de este Tour. Ha realizado, de hecho, una carrera clónica a la del abulense, cediendo lo lógico para sus características en pavé y prólogo y aguantando el ritmo en montaña. Espera, también, a la tercera semana. Y, como no, deberá moverse para aspirar a un peldaño del podio de París…
Roman Kreuziger (7º a 1’45”) El checo se ha mostrado sólido, lo cual es de valorar hablando de un ciclista de 23 años. Bien situado en prólogo y pavés, ha tenido suerte con las caídas y libró bien el día de ayer en Avoiraz, donde incluso ensayó un ataque que Contador no permitió prosperar. Su momento pordría llegar con los puertos tendidos de Pirineos.
Bradley Wiggins (14º a 2’45”) El británico cuenta con un equipo de calidad como Sky a su servicio y ha hecho un uso adecuado de él. Gracias a sus coequipiers, por ejemplo, recortó en el pavés parte del tiempo perdido en el prólogo; ayer, ellos fueron los que dieron el tirón decisivo para dejar descolgado a Lance Armstrong en el Col de Ramaz. Luego, en Avoiraz, fue Wiggins quien se descolgó, asfixiado por el ritmo de Dani Navarro. Por fortuna, contó con Thomas Lövkist para echarle una mano y minimizar pérdidas en meta. Lo que no pudo limitar, por desgracia, fueron unas sensaciones no demasiado positivas respecto del resto de favoritos.
Cadel Evans (Líder) El australiano ha salvado con matrícula de honor esta semana, y prueba fehaciente de ello es el maillot amarillo del que es portador en este momento. Bien en el prólogo, magnífico en el pavés, dominó la situación en montaña y fruto de ello llegó a lo más alto de la general. Su problema es ahora la defensa del liderato con un equipo, BMC, que no está ni mucho menos a la altura de las circunstancias. Es su gran talón de Aquiles.
Michael Rogers (10º a 2’31”) El australiano anduvo en las mismas posiciones que Sastre o Basso, pero la lectura de su caso debe ser algo distina a la realizada con español e italiano. Él es un rodador, y es por ello que en esta primera semana debiera haber aprovechado para poner algo de tierra de por medio y coger colchón para que pérdidas como la de ayer (apenas diez segundos en tiempo, algo más en estado de ánimo) no pesen como una losa sobre sus opciones de salir triunfante de este Tour.
Lance Armstrong (39º a 13’26”) El gran derrotado de entre los Quince. Y posiblemente el gran derrotado de lo que llevamos de temporada ciclista. Fue humillado ayer por tres generaciones posteriores a la suya, generaciones a las cuales veía derrotables cuando anunció su ‘comeback’ hace dos años. Perdió casi doce minutos en lo que se supone el fin de su ciclo en la cima del deporte. Además, ha dejado de tener la suerte del campeón, viéndose afectado constantemente por caídas que limitaban su rendimiento. De aquí a París deberá centrarse en labores de equipo, tales como filtrarse en fugas o ayudar a su compañero en RadioShack Levi Leipheimer, que sí se encuentra en la pomada con los favoritos.
Andy Schleck (2º a 20”) La cara A de Saxo Bank. Podría haber sido uno de los perdedores más significativos de la primera semana y, en cambio, ha acabado siendo uno de los ganadores. Camino de Spa sufrió una tremenda caída que casi le deja KO para la general; pero la labor de Cancellara y el sindicalismo ciclista impidió que fuera así, permitiéndole entrar en el tiempo del grupo de favoritos. Al día siguiente, en el pavés de Arenberg, armó el zafarrancho junto al propio Cancellara y distanció a la gran mayoría de contendientes por la general. Y para rematar consiguió ayer la victoria en la cima de Morzine gracias a la ingenuidad de Samuel Sánchez. Ahora, segundo en la general, su colocación es inmejorable para llegar a las cotas más altas.
Frank Schleck (Abandono) La cara B de Saxo Bank. Fue el gran damnificado del pavés de Arenberg; allí sufrió una caída y se fracturó la clavícula, dejando la carrera y con ello a su hermano sin su gran apoyo para la montaña y a nosotros con sólo Catorce favoritos. Ya en casa, se concentra en su nuevo gran objetivo: la Vuelta a España.
Denis Menchov (5º a 1’10”) El ruso ha sido el que más y mejor ha combinado solidez con ese mate, ausencia de brillo, que le convierte en el auténtico tapado de la carrera. Sobresaliente tanto en el prólogo como en el pavés, estuvo en su sitio en la montaña de Avoiraz. Y punto. Se encuentra bien situado y parece capaz de protagonizar cualquier escena, desde el triunfo más glorioso hasta la derrota más bochornosa.
Robert Gesink (11º a 2’37”) Afectado por una caída en Arenberg cuando mejor se encontraba, está en el mismo punto que Basso y Sastre. En su contra, sin embargo, están el hecho de que no es aún un fondista consagrado y que las sensaciones no son las mejores: aún no ha mostrado su proverbial agresividad en montaña. Una auténtica incógnita…
Jurgen Van der Broeck (4º a 1’03”) El belga, quizá la apuesta más arriesgada de entre los Quince, está respondiendo maravillosamente a todas las exigencias que le plantea la carrera. Ha estado en segunda fila en todas las circunstancias, ayer incluso se atrevió a lanzar un ataque que resultó infame al no ser capaz de despegarse ni un metro del grupo de favoritos. Luego aguantó dentro de él, lo que ya supone un mérito suficiente. La duda es si su aparente imperturbabilidad seguirá presente con el paso de los días.