El Málaga descarga una tormenta sobre el Rayo, ¡sin Recio!

Crónica satírica escrita a medias con un colega para La Taberna Global

Los ingentes compases de espera entre la paciente parroquia malaguista están dando sus frutos. Durante la temporada y media que lleva el jeque, el equipo ha registrado altibajos en sus prestaciones, llegando a pedirse en más de una ocasión la cabeza de Pellegrini. El consejo deportivo del club, sin embargo, siguió empeñado en dar confianza a lo que se consideraba un proyecto a largo plazo, y esa fe en el técnico (que ofreció su dimisión la pasada temporada hasta en dos ocasiones) es la que ahora da el buen juego malaguista.

Parece ser que finalmente los jugadores han asimilado el mensaje del “Ingeniero” para con ellos, jugando un fútbol sin complejos, eléctrico, con gran calidad en la conducción del balón. El equipo ha llegado al sprint final en el momento álgido de la temporada, y ni siquiera la baja de Toulalan (uno de los más importantes pilares malaguistas, si no el que más) ha conseguido mermar el hambre de victoria que se vive en La Rosaleda.

Uno de las claves de este florecer del juego malaguista sin duda es Joaquín. Si bien está lejos del rendimiento físico esperado, los 60 minutos de gran calidad que puede aportar el del Puerto ayudan a marcar la diferencia ante cualquier equipo. En este partido lo demostró, y su fulgurante juego consiguió contagiar a sus compañeros la intensidad necesaria para abordar el empate.

Suya fue la descarga que generó el primer gol malaguista. Tras recibir un culebreo de Isco, Joaquín realizó un regate eléctrico, joaquiniano, joaquinino, rompiendo el esquema, la línea, la cintura y hasta la dignidad del plantel rayista. Cazorla recibió el esférico del sevillano, abrió a banda para encontrar a un Eliseu que, con su particular revés de derecha, colocó un balón por encima del arquero que suplicaba ser descolgado por el tanque venezolano Rondón. Salomón abrió las aguas (?) de la defensa franjirroja y enchufó la eléctrica pelota joaquiniana a la red de la portería de la Rosaleda.

El tanto rondonero neutralizó el gol de Diego Costra, insufrible delantero centro del Rayo Vallecano. El portugués, motivado por la presencia de cámaras de televisión y la cercanía de sus surmanos palmilleros, salió al campo decidido a hacerse notar, valer y escoger. Halló la colaboración de Jesús Gámez, destemplado y torpe cual bebé con faringitis, que empujó al puto suelo a su compañero Armenteros cuando avanzaba por el área malaguista sin más pretensión que tardar en perder el esférico. Costa lanzó el penalti y Willy no lo detuvo, cayendo al suelo abatido cual cochino destinado a ser Plato de los Montes.

No fue el único absceso de tristeza blanquiazul provocado por su reluciente portero, cuya camiseta y pantalón son de distinto color observados de cerca y del mismo vistos de lejos, formando una ilusión óptica que contrasta con la negra, negrísima desilusión de Kameni. Caballero -que durante el resto del partido estuvo acertado como casi siempre- se encontró a Costra campeando por su área a escasos minutos del final; le trabó, le arrojó al suelo, como si se estuviera vengando físicamente por el constante guarreo del luso/palmillero con su abnegados coequipiers. Intimidado, Diego Costra decidió no ejecutar la pena máxima, cediéndosela a otro rayista cuyo nombre, Trashorras, es sonoro pero no gracioso. Mucho más irrisorio era el apodo del interior derecho, Piti. Dicho queda.

Aquel gol significó el 3-2. Porque claro, entre penalti y penalti del Rayo se consumieron aproximadamente quinientos bocadillos en la Rosaleda y el Málaga marcó tres goles: el tanto rondonero tras descarga joaquiniana, otro gol del venezolano a la media vuelta (exhibiendo unas tablas que normalmente no tiene) y un tercero del guapete y fútil Maresca a la salida de un córner nada más entrado al terreno de juego. Tras el penalti trashorrano (un gol con efluvios de La Masía, Eau de Pep), Pellegrini sacó al campo a Duda como quien da pábulo a un negro deseo (Kameni). Y el deseo devino realidad cuando el portugués marcó desde muy lejos (unos 30m) con el beneplácito del irrelevante arquero rayista, que observare el vuelo del esférico con devoción ortodoxa.

Después de esto, sólo hay una conclusión posible. ¿Que el Málaga puede estar en Champions? Sí. ¿Que el Málaga puede jugar muy bien ante equipos de medio pelo? También. ¿Que los dos goles que les marcaron vinieron de jugadas aisladas? Claro. Pero es que no jugó el bueno de Recio…

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