Las Bielas de los Juegos Olímpicos

La carrera de hoy ha sido de las que valen un año entero. Igual que algunos futboleros piensan que se puede resumir la temporada en sólo un partido, lo que se ha vivido en Pekín ha resultado ser el paisanaje completo del ciclismo mundial. Empezando por el dominio de Italia y España, que plantearon una carrera por parejas.

Sánchez, Bettini y, detrás, un sputnik

1. Ya lo admitía Paolo Bettini en sus declaraciones tras cruzar la línea de meta: «la táctica era yo con Valverde, y Rebellin con Samuel». Yo añadiría: Brusheghin con Sastre, Pellizotti con Contador y, por defecto, Nibali con Freire. Cada uno, también como en el fútbol, marcó a su par con relativa fiereza y realizó una labor prácticamente paralela, en parte porque tenían unas circunstancias paralelas. Así, Pellizotti y Contador llegaron muy justos de forma porque su preparación, casi exenta de competición, no fue la adecuada; Sastre y Brusheghin, mermados por haber corrido el Tour de Francia; Rebellin y Samuel, preparados silenciosa y adecuadamente, más el primero que el segundo; Bettini y Valverde, los grandes favoritos por cualidades y por estado de forma como ya demostraron batiéndose el cobre en San Sebastián.

Todo paralelo; España e Italia se alternaron a la hora de controlar una carrera que sabían suya hasta que llegaran los últimos treinta kilómetros. Ahí empieza la carrera, lo de antes ha sido simple castigo; podría compararse con el último tercio taurino y los dos primeros, dedicados casi únicamente a mermar al toro pero trascendentales a la hora de repartir los trofeos.

2. Finalmente, el marcaje dio sus frutos y acabaron en cabeza los mejores segundos espadas o ‘tapados’: Rebellin (Bettini), Sánchez (Valverde), Andy Schleck (Fränk Schleck), Michael Rogers (Evans) y Alexander Kolobnev (Menchov). Merece la pena centrarse un momento en el papel de los líderes de estos ciclistas…

Y es que los únicos que estuvieron de sobresaliente fueron Menchov y Evans. Ambos, sabedores de que su momento de forma no era el mejor tras la paliza para las piernas que supone todo un Tour de Francia, trabajaron con nobleza para sus dos teóricos lugartenientes. Valverde y Bettini, repletos de fuerza y moral, se concentraron en mirarse mutuamente como Narciso miraba al espejo y se quedaron embobados viendo su propio reflejo. Después atacaron en comandita para arribar, en un demarraje muy efectista y rebosante de clase, al segundo grupo. Fränk Schleck no tuvo tanta fuerza (ni tanta clase…) y se tuvo que conformar con quedarse en el grupo de detrás pensando que no debería haber venido. No debe ser fácil su situación: hace un mes era maillot amarillo y ahora se ve en la realidad de su condición, la de un gran ciclista (no un superclase ni un ganador) que tiene la mala suerte de tener un hermano aún mejor. Un hermano superclase que le puede coartar, opacar…

3. Ése mismo hermano fue el que dinamitó la carrera para, a la vez, mostrar sus carencias. Andy Schleck dejó a entrever que, como su hermano, adolece de punta de velocidad y de una cierta inteligencia táctica (esto último lo irá ganando con el tiempo, que Roma no se contruyó en un día). Se llevó consigo a Rebellin y Samuel, que se daban cuenta del chollo que era tener a un superclase dispuesto a todo por hacerse con una medalla. Sin embargo, Andy no acabó de darlo todo; los otros dos fueron demasiado listos y tampoco terminaron de adaptarse a la situación.

Rogers y Kolobnev, experto contrarrelojista el primero y todoterreno circunstancial el segundo, apretaron y estaban ya cerca de cazar cuando apareció el mejor ciclista del momento. Apareció Fabian Cancellara, que no es ni más ni menos que la versión ciclista (seguimos con el fútbol) del Ronaldinho de hace unos pocos años: sin límites, capaz de echarse un equipo a la espalda, trabajador cuando era realmente necesario, y con una clase sin fin. Ése es Cancellara, el que llevó a Rogers y Kolobnev hasta los tres grandes y les pidió, al menos, un último relevo simbólico antes del sprint.

4. Sprint atípico donde primero nadie quiso hacer el pardillo y llevar en carroza al resto. Por ello, en segunda instancia todos eran pardillos menos los dos que se sabían perdedores, Andy Schleck y Mick Rogers: el resto, cara al aire. Y, en tercera instancia, el pardillo fue un Kolobnev que se sintió demasiado fuerte y lanzó el sprint desde lejos, un auténtico suicidio en subida si no eres un superclase de talla mundial. Samuel ganó porque supo cogerle la rueda y rematarle antes que el resto.

Después llegaron el resto de ciclistas de la escapada buena, desperdigados. Botero sorprendía a propios y a extraños con un arreón junto a Aerts para conseguir un diploma olímpico a título revindicativo por su marginación; Valverde esprintaba por un inocuo 12º puesto que le birló un corredor de gran nivel (aunque un tanto oculto) como Chris Anker Sörensen; Bettini se dejaba ir. Y después, el pelotón…

5. Donde se puede disfrutar de uno de los «placeres» que dan los Mundiales a los enfermos del ciclismo: ver a esforzados de la ruta de nacionalidades insólitas que se cuelan entre los primeros de su grupo, con ilusión, ante la desidia del resto de ‘europeos’, demasiado buenos para esprintar por minuncias. Así, en el grupo que llegó a 2:28 fue tercero (22º de la carrera) un clásico como el namibio Erik Hoffman, que a sus 27 años ha corrido ya varios mundiales merced a las desquiciadas políticas de selecciones nacionales de la UCI; tras correr dos años en el alemán Lamonta, con quien fue líder del Circuito Montañés en 2007, esta temporada está en el Giant Asia, donde está haciendo su particular agosto ante una competencia de nivel menor. Sin embargo, aún no ha estrenado su palmarés…

Más. En ese grupo también llegó Nuno Ribeiro, positivo durante su estancia en el Liberty tras ganar la Volta a Portugal’04 (y llegar en pack con Sergio Paulinho), que ha renunciado a la Grandísima para firmar una actuación decente en Pekín. Junto a Carlos Sastre llegó Sergey Lagutin, uzbeko que pasó joven a profesional con Landbouwkrediet tras ser campeón del mundo sub 23 y que se va haciendo un hueco en el pelotón gracias a unas prestaciones completas, a ser apto para cualquier terreno.

El cuarto por la cola fue un auténtico clásico de los Mundiales y pruebas por selecciones: Rafaâ Chitioui. Se está formando en el Centro de Ciclismo de la UCI de Aigle, tiene ya 22 años y ha llegado su hora para pasar a profesional en un equipo europeo; este año corre en el Doha Team. El último fue un hombre acostumbrado a ser el último en todo aquello que no sea sprint en llano o ligero descenso, el brasileño de Sauni… Scott Luciano Pagliarini, que tuvo la gran honra de acabar sólo, hundido a 44 minutos, la carrera. Pero la acabó.

El ciclismo español y el sueño olímpico

Pelotón olímpico
Como cada cuatro años por estas fechas, llega el gran acontecimiento del deporte universal. La gran cita, los Juegos Olímpicos. Millares de deportistas se reúnen para participar en la mayor competición del mundo, viviendo durante unos días hermanados en la Villa Olímpica… pero siempre con un ojo puesto en el oro, en poder hacer suya la frase latina “citius, altius, fortius” (“más rápido, más alto, más fuerte”). La gloria del espíritu olímpico.

Aunque la prueba reina de las Olimpiadas es, sin duda, el atletismo, también hay muchas otras disciplinas donde el ganador se puede considerar el rey de su deporte. Esto no sucede en el fútbol (donde los límites de edad y demás triquiñuelas para que los Juegos no sean competencia para el Mundial convierten el torneo en una charlotada), y tampoco sucedía hasta hace poco en el ciclismo. El motivo era bien sencillo: aún quedaba virgen una parte del olimpismo. Concretamente, la parte que obligaba a que los deportistas participantes no fueran profesionales.

Sin embargo, el camino de prostitución del espíritu olímpico que inició Juan Antonio Samaranch con la aparición de publicidad explícita en los estadios se extendió hasta la profesionalización de los participantes, pasando a considerarse los Juegos como el acontecimiento de alto nivel que son hoy. Atlanta 1996 fueron los primeros Juegos Olímpicos con presencia de profesionales en el ciclismo, después de aquella generación de jóvenes torturados por el preparador ruso Guronov en pos de un éxito (que no llegó) en Barcelona’92.

España llegó a la salida de la ciudad americana con un equipo de campanillas: en la ruta el rodador Marino Alonso y el sacrificado Manuel Fernández Ginés escoltaban a tres grandes vueltómanos como eran Melchor Mauri, Abraham Olano y Miguel Indurain, siendo estos dos últimos los representantes para la contrarreloj, que hasta entonces se había disputado por equipos y ahora pasaba a ser individual.

La prueba en ruta fue, gracias a la total ausencia de control al tener sólo cinco ciclistas cada equipo, un auténtico zafarrancho. Cientos de ataques que se resumieron en uno que dejó por delante al suizo Pascal Richard, el danés Rölf Sörensen y el británico de origen italiano Max Sciandri; y por detrás a un quinteto donde viajaba, entre otros, Melchor Mauri. Finalmente, Richard se llevó el gato al agua birlándole el oro al sprint a Sörensen, plata, y a un Sciandri, bronce, que no llegó a disputar la victoria. Por parte española, Mauri fue sexto llegando en el segundo grupo, mientras el resto llegaba en el seno del pelotón.

Agrio sabor de boca que duró hasta la contrarreloj. Y es que en la otra parte del ciclismo de carretera España apabulló. Indurain y Olano, oro y plata, lograron el primer doblete olímpico español de la historia ante los Boardman (bronce), Riis, Berzin, Armstrong… y en un circuito, urbano, que no se adaptaba a sus características de rodadores fuertes que desarrollan una gran potencia en largas rectas.

Cuatro años después llegó Sidney 2000. España acudió con un cinco que giraba en torno a Freire, dado que el recorrido parecía propenso para una llegada al sprint; a su alrededor, un hombre rápido como Miguel Ángel Martín Perdiguero y tres buenos rodadores como eran Juan Carlos Domínguez, Santos González y Abraham Olano. Estos dos último compitieron también en la crono, donde fueron cuarto y octavo respectivamente, doblando la rodilla ante Viatcheslav Ekimov, oro, y los dos grandes ciclistas de la época: Jan Ullrich (plata) y Lance Armstrong (bronce). Sinsabor por la medalla de chocolate de Olano, que no hacía sino acrecentar el desencanto tras la prueba en ruta…

… Que se disputó tres días antes y fue, sencillamente, mala. De infausto recuerdo. Confeccionar la convocatoria había sido una auténtica aventura: España no era un país con demasiados rodadores para un circuito que sólo presentaba un repecho, rácano, de poco más de un kilómetro al seis por ciento. La cosa se agravaba más cuando se advertía que, tras una temporada cargada y muy movida, los pocos ciclistas aptos para el llano iban a llegar muy castigados a la cita olímpica. El balance de la carrera no pudo ser más desolador: Santos González, retirado por problemas en la rodilla a las primeras de cambio; Abraham Olano, en un estado de forma bajo tras correr Tour y Vuelta, se fundió y quedó en una discreta 60ª posición; y Juan Carlos Domínguez, trabajador aunque más limitado que los otros dos, no pudo siquiera terminar la carrera tras echar abajo una peligrosísima fuga prácticamente en solitario.

A las dos opciones de medalla no les fue mejor. Perdiguero, exento de trabajo durante la carrera en pos de ser el “tapado” de la selección para los momentos decisivos, acabó por los suelos gracias a una inoportuna caída. Y Freire… pobre Freire. Sin compañeros, algo básico para un sprinter, tuvo que quedarse a rueda de otros velocistas que sí llevaban un vestigio de equipo para controlar. Tuvo la oportunidad de marcharse fugado, pero renunció a ello porque la meta estaba demasiado lejos. Cuando oyó sonar la campana que anunciaba que ése era la última vuelta que habían de dar al circuito, se le cayó el mundo encima: su cuentakilómetros estaba roto, él se creía diez kilómetros más lejos de meta. Mala suerte y despiste, los dos grandes enemigos de Freire…

…Que le atacarían en la siguiente Olimpiada, Atenas 2004. En un circuito duro, con un repecho de dificultad media y otro muy duro de nombre Likavitos. Sin embargo, la circunstancia que definiría la carrera no sería el recorrido, sino la canícula reinante; para los españoles también fue determinante la estrechez y las complicaciones técnicas del circuito. Corrieron en aquella ocasión los tres mejores clasicómanos españoles, los tres medallistas en los últimos Mundiales: el vasco Igor Astarloa, el cántabro Óscar Freire y el murciano Alejandro Valverde. Junto a ellos, dos contrarrelojistas polivalentes destinados al trabajo de equipo, Igor González de Galdeano y José Iván Gutiérrez.

Apenas en el tercer kilómetro llegó la caída que marcaría el sino de los españoles en aquellos Juegos: Igor Astarloa se tuvo que retirar, José Iván Gutiérrez continuó mermado y se retiró unas vueltas después. Varias vueltas después, cae también Freire, que sigue sobre la bici y abandona al poco tiempo. Sólo quedaban sobre la bici un Alejandro Valverde descompuesto por la presión de ser el único líder en pie del combinado nacional e Igor González de Galdeano, dedicado por completo a trabajar para el murciano. Finalmente, Bettini se exhibió y se bañó en el oro olímpico por delante de un sorprendente Paulinho, plata, y de un Axel Merckx que atacó con coraje en pos del bronce en los hectómetros de pavé que se encontraban cerca de meta. Valverde terminaba 47º, hundido en el pelotón; Galdeano no acababa, pensando en la contrarreloj…

… Que tampoco fue mejor. Galdeano, cansado, sólo pudo ser noveno; Gutiérrez, seriamente mermado por la caída en la prueba de fondo, acabó decimosexto. Las medallas fueron para Hamilton, Ekimov y Julich; por otro lado, el gran favorito Ullrich sólo era sexto y asomaba un jovencísimo Fabian Cancellara, que con apenas 23 años acabó en un meritorio décimo puesto.

¿Y este año? Este año parece que sí. Este año España puede ser campeona olímpica de fondo en carretera. El recorrido es duro, con tres repechos dignos de consideración y un final picando hacia arriba que beneficia a nuestros ciclistas. Los escaladores Alberto Contador y Carlos Sastre, el bajador Samuel Sánchez, el mejor sprinter y clasicómano español de la época moderna Óscar Freire y el… superclase… Alejandro Valverde conforman el combinado nacional que se enfrentará en Pekín a las circunstancias y a los rivales. Paolo Bettini, Davide Rebellin, Stefan Schumacher, los hermanos Schleck, Kim Kirchen…

Pero, sobre todo, hay que luchar contra las circunstancias. Los cinco hombres por país que hacen casi impensable una táctica de control, la cacareada contaminación de la capital china (difícil que afecte, el paraje donde se disputa la prueba es prácticamente verde según se vio en la Good Luck Beijing, carrera de ensayo disputada el año pasado en el circuito olímpico)… y la suerte. La misma que trucó el cuentakilómetros de Freire o tiró al suelo a Igor Astarloa cuando no había recorrido más que tres kilómetros… Puede que, en esta ocasión, nos sonría y bañe en oro una temporada de 24 kilates para el ciclismo español.

Cinco nombres de la Subida a Urkiola

La Subida a Urkiola es una de las pruebas más bonitas del calendario español. Una clásica con final en alto que me recuerda al difunto Campeonato de España de Montaña (ojalá lo hubiera visto alguna vez) como lo hace la Subida al Naranco. El marco es incomparable: las siempre abarrotadas carreteras vascas y Urkiola, un puerto de seis kilómetros que no pasaría de ser un mero primera incluido en una etapa de montaña de la vuelta de turno, pero tiene un nombre propio que le convierte en un Santuario también a nivel ciclista. Cada año se vive un espectáculo con la segunda fila de escaladores españoles. Y en esta edición destacaría a estos cinco corredores.

David Arroyo El talaverano es un buenazo en todos los sentidos. Accesible para el aficionado, sacrificado para el compañero, modesto para la prensa. La victoria se ha acordado hoy de todo esto. Se ha acordado de él ahora que empezaba a olvidarle desde que se encontraran, vestido él de LA Pecol, en la Volta a Portugal de hace cuatro años en Mondim y Torre. La única pega es cómo ha llegado Arroyo a la cita: remachando a Juanjo Cobo tras dejarle hacer todo el trabajo. Una vía no demasiado honrosa.

Sergio Pardilla Un ciclista que me tiene enamorado. La tutoría de José Luis de Santos le está viniendo bien para optimizar su potencial: la irregularidad ha dejado paso a una consistencia digna de aplauso. La próxima Vuelta a Burgos puede ser su gran oportunidad para saltar al estrellato: además de que el equipo corre en casa, llega con un buen ritmo de competición y con un recorrido que, sin crono, le va como anillo al dedo. Repito lo mismo que en el anterior «cinco nombres»: si no ficha por un equipo mayor el año que viene, el ciclismo habrá sido injusto con él.

José Rujano Dentro del recital de Caisse d’Épargne hoy (Arroyo, López, Rodríguez, Rujano y Fran Pérez entre los siete primeros), el segundo nombre que más llama la atención es el del venezolano. Aunque el nivel del estratosférico Giro’05 que realizara en Colombia – Selle Italia parece muy lejano, da la sensación de que ha recuperado un poco ese ápice de ilusión que le hace falta a un ciclista con clase para destacar. Se acercan los Juegos Olímpicos y él participará representando a su país; no sería mala ocasión para demostrar su valía y, sobre todo, que no fue flor de un día.

Ignacio Sarabia Hace unos meses, cuando la continuidad de la estructura Extremadura-Spiuk estaba en duda, un ex compañero de este ciclista mexicano me comentaba que era el que más motor tenía de todo el equipo. Subiendo y sprintando era, sencillamente, el mejor de todos. Sólo le faltaba encontrar serenidad y un poco de sabiduría táctica, apenas lo hiciera daría el salto de calidad. En mi opinión, aún no ha terminado de hacerlo; lo que si ha encontrado es su sitio en el pelotón. La experiencia puede construir un gran corredor, un ciclista completo capaz de ganar en cualquier terreno, sobre las sólidas bases físicas de Ignacio Sarabia.

Pedro Gutiérrez Tengo la norma de no meterme jamás con los ciclistas por malos. Son los esforzados de la ruta, todos los que montamos en bici sabemos lo difícil que es pedalear 150 kilómetros cada día. Así, cuando a principios de año escribí para Arueda y CiclisModesto una presentación del equipo Burgos Monumental, fui muy escueto con él. Me molestaba el hecho de que un corredor al cual yo no veía maneras de nada pasara a profesionales sin apenas méritos, habiendo otros corredores que continuaban entre los sub 23 o, peor, colgaban la bici, con un palmarés mucho mayor. Ahora llega el momento de que me disculpe, porque Pedro Gutiérrez ha demostrado ser un ciclista válido, capaz, al que quizá le falta clase pero le sobran ganas. No se arruga a la hora de encoger su cuello y tirar hacia adelante con todo el gasto del mundo, aunque por sus lados se dejen caer hombres de más caché que van silbando una vez consideran lejana la posibilidad del triunfo. Hoy, Pedro ha acabado en una anónima aunque trabajada 14ª posición; si miramos su palmarés no encontraremos nada digno de mención. Pero son gestos como el de hoy, las diversas fugas que ha protagonizado durante todo el año (en Castilla y León, en Amorebieta con Igor Romero y Sarabia…), los que han hecho que se gane mi respeto y mi admiración.

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· Cinco nombres españoles que destacaron este fin de semana

El tuerto Sastre y su sencillo vaivén hacia el éxito

Arueda.com
Hijo de uno de los hombres más destacados del ciclismo de base español, Víctor Sastre, Carlos Sastre Candil (1975, Madrid) es uno de los grandes corredores españoles de la última década. Vueltómano, regular aunque algo más brillante como escalador en sus albores en el ciclismo. Su trayectoria profesional tiene dos nombres detrás, dos de los grandes directores de los últimos años: Manolo Sáiz y Bjarne Riis.

Fue Sáiz el que le rescató a finales de 1997 del filial amateur de Banesto para darle su gran oportunidad en la categoría reina con el mítico ONCE. Sastre contaba ya 22 años largos, lo cual en aquellos tiempos donde los ciclistas pasaban bastante menos hechos que en la actualidad equivalía casi a la senectud. Decidió aprovechar la oportunidad y salir de ese acúmulo de talento que era el Banesto amateur.

Su primer año completo como profesional fue de adaptación, su segundo empezó a dejar destellos (cuarto en Villafranca de Ordizia, octavo en Castilla y León) y su tercero… fue el de la explosión. El tremendo bagaje de puestos de honor de aquel año (cinco generales ó clásicas entre los diez primeros) no fue nada comparado con lo que sobrevino en septiembre, cuando Sastre fue la gran revelación de la Vuelta a España donde Casero y Heras lucharon cara a cara por la victoria. Octavo en la general final, segundo en la llegada a Ordino-Arcalís y ganador absoluto de la clasificación secundaria de la montaña. Su salto al estrellato.

En 2001 conoció el Tour, dando un rendimiento aceptable para ser debutante con una notable vigésima posición. Persistió en las generales de carreras de una semana y se hizo con la victoria en la etapa de la Vuelta a Burgos con final en San Juan del Monte. Llegó entonces el punto de inflexión de su carrera: el momento en que Manolo Sáiz le ofrece cuatro años de contrato para ser gregario de grandes líderes como Igor Galdeano ó Joseba Beloki y, por otro lado, Riis le ofrece uno con el riesgo de ser el gran líder del equipo para el Tour de Francia junto a Jalabert.

CSC era entonces un equipo en crecimiento. Patrocinado desde 1998 por Jack & Jones y Memory Card, a partir de 2001 la escuadra de Riis recibió la inyección económica del patrocinio de la marca informática CSC. Ese mismo año se fichó, con objetivo de garantizarse de nuevo la invitación del Tour que ya habían conseguido el año anterior, al crack galo Laurent Jalabert y al americano Tyler Hamilton. Sin embargo, ‘Jaja’ no estaba por la labor de sacrificarse en pos de generales y prefería luchar por etapas y por el maillot de puntos rojos de la montaña; por otro lado, Hamilton prefirió centrarse en el Giro al año siguiente. En 2002 quedaba así un puesto vacante, el importantísimo puesto de líder para el Tour de Francia. Ése fue el que ocupó CSC (Carlos Sastre Candil), cuñado del mítico ‘Chaba’ Jiménez e intrépido ciclista que rechazó un jugoso contrato a cambio de la posibilidad de ser más.

Su primer Tour con galones de líder se puede definir como satisfactorio. La ausencia de Ullrich dejaba al todopoderoso Lance Armstrong como único candidato real al triunfo, mientras el resto de corredores intentaba destacar a su sombra. Sastre, que previamente había participado en el Giro como gregario de Hamilton, completó un Tour regular que se saldó con una décima posición en la general… y un segundo puesto en la última etapa montañosa de aquella Grande Boucle, casi etapa reina, con final en La Plagne. Allí sólo le superó Michael Boogerd, compañero de escapada a pie de puerto. Sin embargo, el mayor de los orgullos para Sastre aquel día fue resistir a rueda de Lance Armstrong, que le cazó a unos kilómetros de final y no pudo soltarle. Fue el inicio de su sereno camino hacia el maillot amarillo.

2003, el año en que la mayor carrera cumplía el siglo de vida, Sastre consiguió uno de los hitos de su vida profesional con la victoria en la cima de Plateau de Bonascre. Fue en la edición más emocionante mientras el tejano tuvo su rancho en Francia, cuando se amenazó al potentado desde la primera semana. Esto no le vino bien al abulense, acostumbrado a empezar flojo y terminar con una tercera semana refulgente. Su clasificación en la general no respondía a lo esperado, los minutos perdidos se acumularon en exceso; su labor de gregario en favor de un Hamilton mermado por una fractura de clavícula tampoco le beneficiaba.

Así, en una de las etapas clave de la carrera con el paso por el Port de Pailhéres antes de llegar al Plateau de Bonascre, también llamado Ax 3 Domaines, Sastre planteó su ofensiva. En Pailhéres atacó junto a otro damnificado de las circunstancias en aquel Tour, Juanmi Mercado, e hizo camino hasta atrapar al fugado Chechu Rubiera. Posteriormente, el abulense daba un último tirón que descolgaba a Mercado y se hacía con la victoria. Sastre acabó noveno ése Tour, que dio para él un giro de 180 grados en la cima pirenaica.

La siguiente edición del Tour de Francia fue algo menos brillante. A pesar de que acabó mejorando un puesto en la general final (octavo), su labor de brega para Iván Basso (tercero en París) le mermó y coartó en carrera. 2005 no fue un año mejor para Sastre en el Tour; acabó 22º, su peor clasificación en la Grande Boucle, y no apareció en ningún momento que no fuera de trabajo para Basso.

En estos dos años, lo malo del Tour se redimió en la Vuelta a España: sexto en 2004 y tercero en 2005, segundo si consideramos que Heras fue descalificado de aquella edición de la gran ronda española por dopaje. En estos dos años, también, se inició en Carlos Sastre una costumbre un tanto molesta para el aficionado: sólo acumular resultados en las carreras más importantes de la temporada, pasando inadvertido el resto del año.

Llegó 2006, año crucial para Sastre por acontecimientos deportivos y extradeportivos. El destape de la Operación Puerto descalificaba a su líder para el Tour de Francia, el italiano Iván Basso, para quién había trabajado en el Giro de Italia. Así, en la salida de la Grande Boucle se presentaba con un equipo todopoderoso como CSC a sus órdenes. Además, las circunstancias de carrera le colocaron en una situación inmejorable: a sólo cuatro etapas del final era segundo de la general, con algo menos de dos minutos de desventaja sobre un líder aparentemente más débil que él, el gallego Óscar Pereiro, y con el hombre más fuerte de aquel Tour, Floyd Landis, hundido.

Pero llegó la etapa de Morzine, la maliciosa y acertadamente llamada DisneyLandis. El americano, por aquel entonces corredor de Phonak, se rehizo de su naufragio en la Toissure y emprendió una alocada escapada por los grandes puertos alpinos, desarbolando al bloque del Caisse d’Épargne capitaneado por Óscar Pereiro. CSC no colaboró en ningún momento en la caza del que se presentaba como gran amenaza para la victoria final de su hombre fuerte, nuestro protagonista. Finalmente, Sastre atacó en el último puerto de la jornada y logró recortar casi tres minutos de diferencia americano. Pero ya era demasiado tarde, se había metido en la carrera y posteriormente se la adjudicaría. Sastre acabó cuarto. Luego se supo que aquella exhibición portentosa de Floyd Landis tenía truco, y Sastre ascendió virtualmente al tercer lugar del cajón. En la Vuelta, Carlos volvió a ser cuarto en la carrera dominada por Vinokourov y perdida por Valverde en la bajada de Monachil.

El año pasado, el Tour de Sastre fue algo más mediocre. A pesar de que no diga eso su cuarta plaza final, el protagonismo del abulense fue tan limitado que no logró pasar del quinto lugar en ninguna etapa. Fue una Grande Boucle triste, marcada por la exclusión de Rasmussen; también fue una Grande Boucle alegre, marcada por la eclosión de Contador. La cruz y la cara de la moneda, que para Sastre cayó de canto. Un agridulce cuarto lugar logrado desde el anonimato. La Vuelta si fue algo más feliz, siendo segundo y el mejor si excluimos al superlativo Menchov del pasado septiembre.

¿Y esta vez? Esta vez, Sastre ha sido el mejor del Tour de Francia. Victoria sin paliativos, dando la única exhibición protagonizada por una cabeza visible del pelotón en momentos decisivos. Hay quien dice, en cruel referencia al nivel de la carrera este año, que en el país de los ciegos el tuerto es el rey. Lo cierto es que ha sido un Tour de ciegos, que no veían la manera de franquear el “terror psicológico” infundido por un Evans nervioso y conservador a partes iguales.

El único que ha sido capaz de abrir un ojo, el que ha visto que para noquear al australiano hay que atacarle, ha sido el Tuerto Sastre. Poniendo final feliz a su camino silencioso, progresivo, hacia el triunfo absoluto del Tour de Francia. A su sencillo vaivén.

Sastre, amarillo y gloria en Alpe d’Huez

23 de Julio, Arueda.com
Alpe d’Huez es una montaña legendaria, uno de esos nombres que están en la mente de todos los aficionados al deporte. Cada curva de Alpe d’Huez encierra una leyenda, portando el nombre de uno o dos de los hombres que han conseguido imponerse a sus rivales y a las circunstancias para hacerse con una preciada victoria en sus rampas. Cada tramo tiene su historia, su momento de gloria que es recordado cada vez que es recorrido por los esforzados de la ruta.

Desde el durísimo primer kilómetro, el de los gregarios, donde Chechu Rubiera y Roberto Heras reventaron en su tiempo a todo el pelotón en favor de Lance Armstrong. También está la zona, a falta de cuatro kilómetros del final, donde se acumulan los holandeses como los vascos en Pirineos; no en vano, Alpe d’Huez también es conocida como la montaña de los holandeses. En los últimos quinientos metros siempre se recuerda aquella curiosa caída de Giuseppe Guerini por un aficionado despistado que se interpuso en su camino cuando iba hacia la victoria; la victoria que al final consiguió.

Para los españoles también hay historias. La curva número 10 es la de Fede Echave, que ganó en 1987 mientras Delgado y Roche se retaban por detrás y el segoviano cogía el amarillo. La curva 20 la comparte Iban Mayo con Lucien Van Impe; inolvidable su exhibición mientras Beloki se enfrentaba a Armstrong en el Tour de su desgraciada caída. Desde hoy, siguiendo el orden, la curva 17 pasa a ser la de Carlos Sastre; la compartirá con otra leyenda como el pasional portugués Joaquim Agostinho.

El desarrollo de la etapa fue decepcionante. Rubén Pérez (Euskaltel), Peter Velits (Milram), Remy Di Gregorio (Française des Jeux) y el protagonista de ayer Stefan Schumacher (Gerolsteiner) conformaron la escapada. Di Gregorio perdía contacto en el llano entre los colosos de Aubisque y Croix de Fer; Rubén Pérez, en las estribaciones de este último, que eliminaba también a Schumacher más adelante. Quedaba solo por delante el sudafricano Velits, que después recibiría por detrás el apoyo de Jérôme Pineau (Bouygues Telecom) en el descenso de Croix de Fer. Todo eso daba un poco igual en una visión global de la etapa, pero era lo único que sucedía en esos instantes: CSC marcaba un ritmo poco exigente que dejaba a una treintena de ciclistas en el pelotón.

Se llegó al pie de Alpe d’Huez y no parecía que se pudiera esperar demasiado. Pineau seguía por delante ya en solitario, con un minuto sobre el grupo dominado (se dejaba dominar) por CSC. Y en el primer kilómetro llegó el primer hachazo. Carlos Sastre atacaba y se llevaba consigo a Denis Menchov; el inocente trabajo de Bernhard Kohl neutralizaba el demarraje. Sin esperar a reintegrarse de verdad al grupo de favoritos, Sastre volvía a tensar. Ésta fue la buena.

Dudas por detrás. Menchov se hundía, víctima de su fragilidad mental, y perdía contacto con el resto de grandes. Kohl tiraba de Evans; Valverde pedaleaba nervioso con unas buenas piernas que no tenía desde Cholet, AG2R acumulaba hombres en el grupo… y los hermanos Schleck movían el árbol, buscando cortar a Evans. En lugar de ello, lo acercaban a su compañero de equipo y teórico jefe de filas. Cayeron una y mil veces en ese error de juveniles; a pesar de ello, Sastre siguió haciendo hueco, infatigable. Los treinta segundos que manejó durante dos kilómetros se convirtieron en cincuenta, lo cual propició que el coche de equipo conducido por Kim Andersen y que llevaba a su mecánico y compañero de fatigas Alejandro Torralbo arribara a su vera. Golpe moral, la ventaja era de un minuto y, en un abrir y cerrar de ojos, paso a ser de dos.

Evans no encontraba quien le hiciera carrera; mejor dicho, quien se la hiciera bien. Tocado ya Kohl, Goubert y Efimkin, de AG2R, se iban alternando para mantener un buen ritmo que beneficiara a su jefe de filas Valjavec. Y ese ritmo permitía que Sastre aumentara su ventaja. Después, Evans empezó a tomar la responsabilidad en primera persona; Menchov y Samuel Sánchez volvían al grupo. Algo no marchaba bien. Los ataques no tenían continuidad: la ingenuidad de los Schleck se tornó en maestría para hacer de secantes de cada cambio de ritmo que tenía lugar entre los favoritos. Vandevelde, Efimkin, Valverde, Kohl… todos debían frenar al verse con la incómoda compañía de uno de los luxemburgueses. Sastre seguía delante; iba con menos alegría, pero con la suficiente para seguir haciendo hueco.

El último ataque, el que valió, fue de un Samuel Sánchez que arrancó con una fuerza bastante apreciable a poco más de un kilómetro para meta. A su rueda, Andy Schleck. Esto no importó al asturiano, que sólo quería ser segundo y en nada perturbaba a Sastre. La pasividad de un Evans reventado, un Menchov hundido aunque su situación en carrera no fuera catastrófica. El reventón juvenil de Kohl, el puntito que le falta a Vandevelde para ser un grande y no un gregario de lujo que aprovecha su libertad. Esos factores se juntaron para permitir a Sastre, por un lado, y a Samuel y Andy por otro, para hacer camino. También la permisividad de Valverde, que perdonaba a pesar de su insultante facilidad sobre la bici.

Sastre llegó a meta, maillot cerrado y gesto extenuado, con 2’03” sobre Samuel y Schleck, que se jugaron al sprint la segunda plaza; sonrió la fortuna al más rápido, el asturiano de Euskaltel. A 2’13” apareció el grupo de favoritos, liderado por el murciano Alejandro Valverde y por el hasta ahora líder Frank Schleck; Evans perdía dos segundos en una etapa negra para él.

Diez minutos después ya se sabía la general. Sastre sacaba 1’24” al siguiente, su compañero Frank Schleck, y 1’34” y 2’39” a sus máximos rivales por mor de la contrarreloj, Cadel Evans y Denis Menchov. El abulense tuvo un recuerdo para su cuñado Chaba Jiménez y declaró que la táctica, que parecía caótica dado el mal uso de sus fuerzas por parte del equipo CSC, era que él atacara desde la base del Alpe d’Huez.

Pero… ¿qué más da? ¿Qué importan las tácticas, las diferencias y lo que queda por venir cuando uno ha entrado en la gran Historia del ciclismo? Un triunfo épico en Alpe d’Huez significa la gloria. Y resta importancia a lo que queda por venir

Cavendish en la tempestad


168’5 kilómetros entre Lavelanet y Narbonne con algunas cotas de cuarta categoría eran el menú de la decimosegunda etapa del Tour de Francia. 168’5 convulsos kilómetros, agitados externamente por la oleada mediática (que no marea, ya que no es uniforme) derivada de las tristes historias e histerias de dopaje surgidas en la última semana. Ayer le tocó el turno al polémico Riccardo Ricco’ y, con ello, aconteció la retirada colectiva de todo el Saunier Duval.

Algo parecido a lo que está sucediendo con un Barloworld al que parece haberle mirado un tuerto desde el positivo de Moisés Dueñas. En dos días se han retirado tres de sus ciclistas: el colombiano Félix Cárdenas y el italiano Paolo Longo Borghini cayeron el miércoles, mientras que el australiano Baden Cooke se fue ayer por la puerta de atrás de un Tour en el cual no se le ha visto. Esta mala racha se une al infortunio de Mauricio Soler ya no en las primeras etapas del Tour, sino en toda la temporada. Sólo quedan en la carretera por parte de la estructura dirigida por Claudio Corti cuatro corredores: los sudafricanos John-Lee Augustyn y Robert Hunter, desaparecido el primero por su inexperiencia y el segundo porque sencillamente no está andando, el anglokeniano Chris Froome y el italiano Giampaolo Cheula. Está en sus piernas adecentar el balance final de equipo.

La escapada del día la formaron los franceses Samuel Dumoulin (Cofidis) y Arnaud Gérard (Française des Jeux). Dumoulin, ya triunfante en el Tour, adoleció un poco de honradez en los relevos; Gérard tuvo la misma inocencia que tenía cuando fue campeón del mundo juvenil y llevó el peso de la escapada. Cuando iban a ser cazados prematuramente a cuarenta de meta saltó por detrás el navarro de Euskaltel Juan José Oroz. Oroz, ciclista de fortaleza y tesón, con un perfil atípico respecto al resto de corredores del equipo vasco (y no sólo en lo físico), cazó rápidamente a la fuga y le dio un nuevo impulso. Así, sobrevivieron en cabeza de carrera treinta kilómetros de fuga y sufrieron los impertinentes ataques de Dumoulin hasta el último momento.

Llegó el sprint final, el verdadero espectáculo de la etapa aunque la lucha contra el dopaje depare un cabaret. El trabajo corrió a cargo de un Milram que, ante la falta de algo mejor, sigue confiando en el vetusto Erik Zabel. Fue otro veterano, Robbie McEwen, el que se dejó ver cuando el poderoso Columbia cogió el testigo de los germanos; posteriormente no consiguió ni entrar en el top 10. Y es que en la volata el panorama cambió: Cavendish triunfó de manera tan aplastante como en todos sus sprints ganadores de este año, mientras los dos contendientes en la lucha por el maillot verde (Freire y Hushvod) demostraban una falta de punch llamativa. Tercero fue uno de los sprinters desaparecidos, Francesco Chicchi (Liquigas); segundo, un francés que se coló entre los mejores al estilo de los Nazon, Sébastien Chavanel (Française des Jeux).

Aunque, bien pensado, todo esto dio igual. Mientras acontecía, estábamos pendientes de la podredumbre del ciclismo.

En Hautacam subió a los cielos

Recordando la hazaña de Javier Otxoa
12 de Julio, Arueda.com
Se llama Javier Otxoa y ahora tiene casi 34 años. Corre en el llamado ‘ciclismo adaptado’, patrocinado por la firma Saunier Duval. Sigue en la bicicleta, en aquel deporte que le dio todo, que le llevó a las portadas de los periódicos un 10 de Julio de 2000 y le arrebató todo su ser el 15 de Febrero del año siguiente.


Aquel día, ése 10 de Julio, se llegaba a Hautacam. Un puerto de pendientes constantes y elevadas. Un puerto de diecisiete kilómetros, situado muy cerca del famoso Santuario de Lourdes. El templo de los milagros.

El Tour había llegado dos veces más a Hautacam. La primera, en 1994, fue una victoria de Luc Leblanc consentida por el gran jefe Indurain. La segunda, en 1996, fue lo inverso: Bjarne Riis ganó todo lo ganable aquel día, afianzó su maillot amarillo y ridiculizó a Miguel Indurain, al que aún le quedaba por sufrir la terrible etapa de Pamplona. Terrible porque fue su funeral deportivo.

Pero este Tour era el de 2000. Era el segundo Tour de la era Armstrong, un Tour movido debido a la falta de un dominador: ni en las llegadas masivas dominaba nadie de manera manifiesta, ni el equipo del líder era realmente fuerte como para controlar completamente la etapa. Jan Ullrich (Telekom), Marco Pantani (Mercatone Uno) y el propio Lance Armstrong (US Postal) eran los grandes aspirantes a la victoria final. En la sexta etapa, una fuga bidón llevaba al italiano de Telekom Alberto Elli a vivir uno de sus momentos de máxima gloria deportiva: se hizo con el maillot amarillo. Su escuadra no puso mucho ahínco en defenderlo: dos fugas llegaron a buen puerto durante las tres etapas que Elli portó el liderato a sus espaldas con esperanzas reales de mantenerlo. A la cuarta llegó Hautacam; y no hubo nadie que lo defendiera, la carrera quedó sumida en el descontrol…

205 kilómetros entre Dax y Hautacam. Los primeros cien, relativamente llanos; los otros incluían, de un tirón, Marie-Blanque, Aubisque, Soulor… y la gran llegada a Hautacam. La tónica de la etapa fue el movimiento: sin nadie que mantuviera el orden, todos atacaron. En el kilómetro 50 se fueron por delante el inefable, hipercombativo, Jacky Durand (Lotto), el belga Nico Mattan (Cofidis) y el enorme Javier Otxoa (Kelme).

Por aquel entonces se llamaba Javier Otxoa, tenía 25 años y casi cuatro de experiencia profesional. Competía en el añorado Kelme – Costa Blanca, equipo de escaladores. Vizcaíno, gregario, sólo iba al Tour para trabajar; de hecho, sólo atacó para «preparar el terreno» a Escartín y Heras, sus jefes en la segunda experiencia que vivía en la ‘Grande Boucle’.

Hizo, hicieron, camino por los difíciles ‘cols’ pirenaicos mientras por detrás se formaban mil y un grupos. Santi Botero, Jon Odriozola, Pascal Hervé… nombres de nostalgia que atacaron, infatigables, para intercalarse en caso de que uno de sus líderes decidiera arrancar desde lejos en algún punto de la travesía. Mientras, por delante, Otxoa y Mattan dejaban atrás a Durand. La montaña no era el terreno de aquel entrañable francés que alcanzara a ganar Tour de Flandes y París – Tours.


Hasta 17 minutos de ventaja llegaron a acumular, aunque en el Aubisque apenas eran 10. Por detrás, un grupo de favoritos se organizó para llegar hasta ellos. ‘Chaba’ Jiménez (Banesto), Roberto Heras, Fernando Escartín (Kelme), Joseba Beloki (Festina), Mario Aerts (Lotto), Richard Virenque y Pascal Hervé (Polti). Unos minutos delante suya, intercalados, dos imberbes llamados Santi Botero (Kelme) y Paco Mancebo (Banesto) iban lanzados a por todas. Después pararon a esperar a sus respectivos líderes y tirar de ellos en el breve tramo llano que había entre el descenso del Soulor y el comienzo de Hautacam.

¿Y Armstrong? ¿Y Ullrich? ¿Dónde estaba el pirata Pantani? No habían sido tan intrépidos, se habían quedado sin gregarios y esperaban que la situación la arreglara Guerini (compañero de Ullrich en Telekom), que trabajó solo durante kilómetros. Por aquel entonces, Lance no tenía un equipo sólido tras de sí: era la época de los ‘exploradores’ Hamilton y Livingston, apenas nimiedades comparados con los grandes ciclistas que más adelante tuvo Lance a su disposición.

Se llegó a la subida final. El grupo intercalado, ese de los favoritos de segunda fila, se había quedado sin gas. El grupo delantero, la escapada, se había quedado conformado por un solo hombre que movía plato pequeño y el piñón más grande: Otxoa. El grupo de los gallos era un corral que se revolucionaba.

Y de ese corral echó un gallo a volar, inverosímil, a solamente siete kilómetros de la llegada. Lance Armstrong. Reventó a Pantani, que osó intentar seguirle y lo pagó con cinco minutos de desventaja en meta. Un kilómetro después estaba en el grupo intermedio. Al siguiente, con solo cinco por delante, tenía por única compañía al genial ‘Chaba’ Jiménez; y, como único factor en contra, los seis minutos de ventaja que atesoraba el extenuado Javier Otxoa.

Pasó otro kilómetro, Lance volaba y dejó al Chaba. Otxoa seguía dando pedales y, según el mismo, “no llegaban las pancartas”. Cada mil metros equivalían a un minuto limado, a más castigo para el cuerpo de ambos ciclistas, aunque especialmente para el vizcaíno. Aunque no pudo ser para Armstrong, que no pudo ganar el día de una de sus grandes exhibiciones. Tras seis horas y diez minutos de pedaleo…

… Javier Otxoa culminó su odisea, ganó la etapa y se ganó el recuerdo de muchos aficionados al ciclismo, de muchos españoles que aquel día sufrimos y vibramos con una persecución intensa y exasperante. Emotiva; épica y milagrosa, precisamente cerca de Lourdes.

Después, su carrera profesional se convirtió en tragedia cuando un coche le atropelló en Málaga junto a su mellizo y compañero de equipo Ricardo, que perdió la vida. Javier se quedó paralítico cerebral, se temió que vegetal. Pero siguen estando juntos, cada pedalada que sigue dando Javier lleva el recuerdo de su hermano Ricardo. De alguna manera, la bicicleta ha conseguido que Javier y Ricardo Otxoa sigan estando juntos, aunque por vías meridianamente distintas. Porque, gracias a la bicicleta, ambos subieron a los cielos.

Pro Tour que se desmembra

Liquigas y Cofidis ya renunciaron; otros se lo están pensando
Arueda.com
Los altos costes económicos, las exacerbadas restricciones éticas y la desaparición de las mejores carreras de su calendario parecen estar a punto de dar la puntilla al Pro Tour. Estos factores se han ido sumando, han aumentado su tamaño y han acabado por resultar insoportables para muchos equipos, que se ven obligados a renunciar a pertenecer a la categoría reina del ciclismo para evitarlos.


El primero en hacerlo fue, hace algo más de una semana, Cofidis. Los gestores del equipo francés alegaron que la inversión económica y correr carreras tan exóticas como las propuestas para el año que viene en China y Rusia no era necesario para el objetivo del patrocinador, un banco francés de crédito. Éste sólo necesita exhibirse en carreras disputadas en territorio galo y en países en los cuales se están abriendo mercado, como por ejemplo España, Bélgica o Portugal. Por ello, no es menester un gasto económico tan elevado en licencias, y tampoco una plantilla tan amplia (este año, Cofidis cuenta con la barbaridad de ¡30 ciclistas!). El hueco natural del equipo sería, por tanto, la categoría profesional: una plantilla más reducida, un calendario libre que podrían ajustar a sus necesidades siempre y cuando mantengan buena relación con los organizadores.

Y es que ya no es necesario estar en la Primera División para estar en las mejores carreras, aquellas pertenecientes a ASO, RCS y Unipublic. Cada empresa organiza sus competiciones al libre albedrío que les proporcionan las Federaciones de sus respectivos países. Se crean así unos climas de vacío legal ante los cuales la UCI no puede hacer nada, al menos nada significativo. Ni siquiera hacer los controles antidopaje pertinentes y estipulados en el código ético.

El mismo código ético que, se supone, ha dado el empujón definitivo al equipo Liquigas para dejar el Pro Tour. Los italianos ficharon a Ivan Basso hace unos meses, lo cual provocó una fuerte polémica: al ser un ciclista sancionado por su relación con el dopaje (o por su ‘no relación’, ya que afirma haber tenido sólo la tentación de doparse), su incorporación a las filas de la estructura dirigida por Roberto Amadio fue mirada con malos ojos por la UCI… y por el resto de equipos. Esto forzó a Liquigas a abandonar la AIGCP donde estos se aglutinan.

La información, anunciada en primicia por Biciclismo, se confirmará según esta misma fuente en los próximos días. Traerá consigo la salida de Pippo Pozzato, ‘il Principe’, que no podrá continuar en el equipo dado su alto caché y sus aspiraciones. También, se dice, por su especial carácter. Ofertas no faltarán: el debilitado Milram, el potente CSC y el próximamente megalómano Tinkoff han mostrado interés por él.

Esta senda de renuncias podría haber sido seguida por Euskaltel. La situación del bloque capitaneado por Madariaga y personificado en Igor Galdeano es muy particular: su patrocinador es estrictamente regional, y si sólo tuviera intención de promocionarse en su mercado potencial podría limitarse a apadrinar una estructura continental que corriera todas las carreras desarrolladas en Euskadi y Navarra. Sin embargo, la motivación de este equipo va más allá de lo estrictamente económico: se busca promocionar a una región, el País Vasco, por el mundo. Aunque, claro está, por esa parte del mundo que se interese por la región. El apoyo institucional a partir del cual sobrevive mayormente el equipo no es una garantía para mantener una estructura Pro Tour. Tal vez bastara con una escuadra profesional que corriera allá donde realmente le interesara. Sin embargo, este razonamiento se quedó por el camino: Euskaltel parece decidido a renovar su licencia Pro Tour para el año que viene, quizá para el próximo cuatrienio.

No lo tienen tan claro Bouygues Telecom y, sobre todo, Française des Jeux. Los primeros tienen exactamente la misma problemática que Cofidis: ¿para qué un crucero si me basta con un yate? Los segundos tienen un problema algo más complejo: la falta de potencial de su equipo toda vez que Philippe Gilbert se marcha a Silence – Lotto. La intención del equipo francés es reducir gastos, menos ciclistas y menos competiciones, para lanzar una estructura continental que sirva de vivero para la grande. En caso de que McQuaid accediera a flexibilizar condiciones, a reducir el presupuesto mínimo para ser Pro Tour, Française des Jeux continuaría en la categoría reina del ciclismo.

El Pro Tour, ya lo hablamos hace mes y medio, no tiene claro su futuro. La sensación de improvisación, la creación de carreras que, sin historia ni tradición, entran en el primer nivel mundial… Ahora, además, surge el problema de que ni los propios equipos admiten continuar en este circo, que prometía ser la reoca y acaba por ser el patito feo. Da pavor imaginar como mirarán deportes perfectamente institucionalizados, o que limpian los trapos sucios en casa, esta caótica situación donde cada ente va por libre, donde se lucha a plena luz del día por ser el dictador mundial del ciclismo. Del adorado Ciclismo.

Seis candidatos para la crono de hoy…

…de los cuales nadie habla
Hoy tendrá lugar la primera cita decisiva para la general final del Tour de Francia, la primera contrarreloj de la ‘Grande Boucle’ 2008. Una contrarreloj de distancia media disputada en el entorno de Cholet. Se trata de 29 kilómetros que, según la organización, supondrán alrededor de 34 minutos de esfuerzo para los corredores. El perfil no presenta demasiadas dificultades, aunque sí parece que no habrá espacio para el descanso de los ciclistas: repechos, tramos picando hacia arriba… O, lo que es lo mismo, no se podrán usar grandes desarrollos durante la crono.

Esto, que no descarta a ciclistas potentes como Fabian Cancellara o Thor Hushvod, sí que merma sus posibilidades de éxito en favor de corredores cuyas cualidades están más diversificadas. Cadel Evans o Alejandro Valverde podrían aspirar a dar una exhibición; Andy Schleck, a presentar su candidatura a la victoria. Juanjo Cobo y Denis Menchov deben responder con orgullo y rabia al infortunio sufrido ayer, cuando un corte en el llano les separó de los favoritos. Carlos Sastre y Damiano Cunego deben intentar no perder tiempo. Aparte estará la contienda por el maillot amarillo, donde Romain Feillu y Paolo Lungo Borghini se dejarán hasta el último gramo de sus fuerzas. Y, para la lucha por la etapa… seis nombres que podrían dar la sorpresa.


Thomas Lövkvist (Columbia) El sueco, curtido en mil batallas a sus 24 años gracias a la confianza despositada en él por su antiguo director en Française des Jeux Marc Madiot, es un contrarrelojista más que decente. Esto se une a sus cualidades escaladoras para catalogarle como ciclista para grandes vueltas. Además, llega en un momento de forma muy bueno, tras acabar quinto en la Vuelta a Suiza y tercero en el Campeonatos Nacionales CRI y Línea de su país. El perfil quebrado de la crono, un punto más a su favor.

Iván Gutiérrez (Caisse d’Épargne) Aunque es de esperar que el trabajo en favor de Alejandro Valverde le haya desgastado un poco, el cántabro ha demostrado de sobra tener un fondo físico razonable y clase para dar un gran rendimiento cuando aparece una X en el calendario. Los tramos que pican hacia arriba le favorecen, ya que es un ciclista acostumbrado a unos desarrollos menores a los llevados por ‘galgos’ más potentes.

Joost Posthuma (Rabobank) Ha llegado al Tour sin hacer mucho ruido, a pesar de haberse adjudicado la Vuelta a Luxemburgo y los Tres Días de la Panne gracias a sendas cronos cuyo recorrido presentaba ciertas dificultades. Estos primeros compases del Tour los ha pasado tranquilo, en el seno del pelotón y dejándose ir en la parte final; sin embargo, es de esperar que el calentón de ayer para reintegrar a su líder Menchov al pelotón principal pueda jugar en su contra.

Mikel Astarloza (Euskaltel) Es un hecho su mejora contra el reloj, que casi coloca esta especialidad como su punto fuerte; también su capacidad de sacrificio y sus habilidades para los repechos, que le cualifican para el terreno denominado ‘pestoso’ en el argot ciclista. Su aproximación del Tour ha sido tan sumamente positiva que se puede considerar su condición física como óptima; además, ha pasado estas primeras etapa con nota.

Staf Clement (Bouygues Telecom) Como Posthuma, no ha sufrido demasiado en estos primeros días de Tour: todos los días llegó descolgado, sin forzar para llegar lo más fresco posible a esta crono. El kilometraje le viene bien, su estado de forma roza el excelente y su motivación es máxima: no tiene nada que perder, mientras que si gana podríamos asistir a su salto a la primera plana mundial.

Óscar Pereiro (Caisse d’Épargne) La brillantez de su compañero Alejandro Valverde ha opacado sus prestaciones en este principio de Tour; sin embargo, sería injusto obviarle toda vez que se encuentra en la pomada tras entrar en el corte final de la etapa de Brest y llegar en el pelotón, bien colocado, los otros dos días. No sería la primera vez que gana una contrarreloj individual, aunque realmente da lo mejor de sí en los prólogos. Juegan a su favor la tranquilidad que le da tener el paraguas de Valverde, el reducido kilometraje y un terreno que le viene como anillo al dedo.

Valverde acepta el reto del Tour

Caisse d’Épargne, uno de los bloques más potentes del Tour 2008
5 de Julio, Arueda.com
Desde que comenzó su historia como equipo ciclista, el bloque dirigido por José Miguel Echavarrí y Eusebio Unzué se ha caracterizado por preparar con mimo el Tour de Francia. Desde sus albores como Reynolds, tal y como leemos en esta misma web, hasta sus últimos tiempos como Illes Balears y Caisse d’Épargne. Pasando, como no, por su histórica época como Banesto. Tres de los cuatro últimos españoles que subieron a lo más alto del podio en los Campos Elíseos pertenecieron a este equipo: el escalador Perico Delgado, el extraterrestre Miguel Indurain y el combativo Óscar Pereiro.

Esta edición, Caisse d’Épargne presenta un líder sólido para la general. No ha sido fácil dar con un relevo para Indurain, ya que Pereiro no es capaz de ganar el Tour sin necesidad de aliarse con la fortuna, Ángel Casero se quedó en el camino, Francisco Mancebo no ha estado en el equipo con la madurez suficiente como para aspirar a la victoria, Alex Zulle se topó con el incomparable Lance Armstrong… y qué decir de Santi Blanco, al que se encumbró demasiado pronto como futuro maillot amarillo y después fue maltratado por las circunstancias. Ahora llega el turno de un hombre destinado a la victoria (si no aquí, en cualquier lugar) como es Alejandro Valverde.


Y es que tras entrar por la puerta grande en 2005 con su victoria en Courchevel ante Armstrong, tras su desafortunada caída de 2006, tras su gris actuación de 2007 siendo sexto y desanimándose a media carrera… Ahora, en 2008, es la hora de que el tremendo Alejandro Valverde comience a dar realmente el do de pecho en la carrera ciclista por excelencia. Ha realizado una aproximación muy positiva, repitiendo victoria en su monumento predilecto, Lieja-Bastogne-Lieja; y, posteriormente, adjudicándose avasalladoramente la Dauphiné Liberé frente a los que seguramente serán sus rivales en la ‘grande boucle’. Después fue Campeón de España, por lo cual llevará un maillot especial donde la bandera, tristemente, no será la nota predominante.

Cualidades no le faltan; hay quien pone en duda su rendimiento en la tercera semana de las grandes vueltas, hay quien habla de su capacidad real en la alta montaña. Algunas voces, menos numerosas, mencionan un problema de mentalización. Sin embargo, hay motivos para el optimismo. Su gran mejora en contrarreloj es uno de ellos, y queda sobradamente demostrada con una cifra de victorias contra el crono difícil de encontrar, incluso en especialistas: cinco en dos años. Por otro lado está su arrancada brutal cuando la carretera pica hacia arriba, lo cual le puede otorgar victorias en algunos finales con trampa de la primera semana…

A su lado estará Óscar Pereiro, el gran ciclista estigmatizado por su victoria walkowiakana del Tour. Cuando se retire y pase a la historia, no se le recordará por la combatividad mostrada hasta 2005, por haber comenzado su carrera desde cero en Portugal y llegar a lo más alto… Se le recordará porque ganó el Tour 2006, aquel en que una fuga le colocó el maillot amarillo en las espaldas y en el que un positivo le dio la victoria final. Ni siquiera su capacidad de sacrificio por otros compañeros, por sus poco explotadas habilidades como prologuista o por su regularidad en montaña. Será recordado por aquel Tour, triste Tour. Este año, tras la fallida tentativa de podio del año pasado, Pereiro ha despertado del sueño del podio de París y se dedicará en cuerpo y alma a trabajar para Valverde, a ser su gregario de lujo y llegar lo más lejos posible. Será cabo a las órdenes del sargento, y tendrá a su mano a un bloque de gregarios que podemos definir de poderoso.

A su sombra estarán, en la montaña, dos gregarios de calidad y contrastados como el talaverano David Arroyo y el vizcaíno David López. Arroyo llega tras la frustración del Giro de Italia, donde no llegó a tomar la salida tras caerse en los entrenamientos previos; David López, por su parte, llega atesorando actuaciones positivas allá donde se ha presentado.

Acompañarán a este bloque de la montaña tres hombres destacados por su fortaleza, por sus cualidades para el llano que muchas veces transmutan en cualidades para la escalada y las fugas. Se trata del reciente campeón de España contrarreloj Luis León Sánchez, del completo José Iván Gutiérrez y del ilustrísimo veterano Chente García Acosta, que cierra este año su ciclo en el Tour de Francia y en el ciclismo en general.

Completan el equipo dos franceses muy aptos para el trabajo de llano y las fugas, los galos Nicolas Portal y Arnaud Coyot. A pesar de que su sino en el equipo es solventar la cuota étnica procedente de la financiación realizada por el banco francés Caisse d’Épargne, ciertamente su rol puede resultar importante cuando llegue la hora de tirar para un hipotético Valverde vestido de amarillo. Si Sánchez, Gutiérrez y Chente son conocidos por su fortaleza, estos no andan demasiado lejos en ese aspecto.

Aunque se echa en falta algún hombre rápido que entre en los sprints (quizá los franceses pueda responder a esa necesidad en algún momento puntual), no cabe duda de que el Caisse d’Épargne es un bloque fuerte. Un bloque articulado en torno a un líder, Valverde, y a la ambición de cumplir su sueño amarillo.