El ‘rosa’ de Quique

Hace dos meses, José Enrique Gutiérrez, el ‘Búfalo’, anunciaba su retirada. Se iba, “satisfecho” y “con la conciencia tranquila”, uno de los mejores y más significativos ciclistas españoles de la década. Uno de esos hombres con la rara cualidad de estar siempre por encima de las expectativas.
Quique Gutiérrez (1974, Vinalesa – Valencia) llegó a la salida de la edición del Giro de Italia del año 2000 vestido de Kelme y precedido por un mote: el ‘Búfalo’. Acababa de estrenar su palmarés profesional en el GP Mitshubishi de Portugal, donde se llevó una etapa merced a un pacto con los hombres de LA – Pecol que éstos casi se saltan a la torera, viendo la fortaleza de los relevos del valenciano como una muestra de chulería. Daba igual. Antes, su estreno en la élite había sido muy afortunado; apenas acusó ser un neoprofesional en su primer Giro, el de 1998, donde abandonó figurando aún entre los treinta primeros y sorprendiendo…
Tampoco importaba. La señal de Caín de Quique Gutiérrez era su sobrenombre, ese ‘Búfalo’ que expresaba en una palabra lo que muchos deducían observando unos instantes su planta sobre la bicicleta. Era pura fuerza bruta. Antiestético, de los que parecen a punto de romper el cuadro en cada pedalada, porque la siguiente es más fuerte que el anterior. Poco ortodoxo. Y, por si le faltara algo, resoplaba. Cuando se esforzaba, se le subían los colores y bufaba por la nariz. Aunque a sus padres no les gustara, ese sería el sambenito que le acompañaría el resto de su carrera: ‘Búfalo’.
El ‘Bùfalo’ llegó al prólogo del Vaticano que inauguró el Giro’00 sin ninguna presión en absoluto, con el mismo objetivo que casi todos sus coequipiers de Kelme: dejarse ver lo máximo posible. A su lado, un grupo de guerrilleros de lujo con ‘Chechu’ Rubiera de cabeza de cartel; también estaban los colombianos Castelblanco y Cárdenas, el esprinter Vicioso, veteranos gregarios como ‘Pipe’ Gómez y Juan José de los Ángeles, y jóvenes promesas como Óscar Sevilla y Ricardo Otxoa, el vasco a quien un accidente de circulación junto a su hermano Javier le sesgó la vida.
En los 4’6 km por los dominios papales que hicieron las veces de recorrido de la primera cronometrada, el ‘Búfalo’ marcó el sexto mejor tiempo. Sorprendiendo, relativamente. Colocándose en una posición de ventaja que no convirtió en liderato en la segunda etapa en línea porque le birlaron las bonificaciones Cristian Moreni y Matteo Tosatto. Ya era tercero de la general; unas jornadas después sólo 14″ le separaban de la ‘maglia rosa’ portada por Tosatto. La preciosa prenda que identificaba al líder era un anhelo que estaba al alcance de su mano…
Y llegó la montaña. Era la octava etapa, 21 de Mayo, desde Corinaldo hasta Prato. Maratoniana, transcurría por un terreno quebrado que incluía el Passo della Consuma a 50 kilómetros de la meta como dificultad más reseñable. Vicente Belda, director de Kelme, sabía que era la gran oportunidad del ‘Búfalo’ para hacerse con el liderato. Tenía la posición ideal en la general, tercero por detrás de dos hombres como Moreni y Tosatto cuyo punto fuerte no era la montaña. Las rampas de los puertos del día eran tendidas tal y como convenía a su pupilo. Y, sobre todo, estaba el bloque: en él había nueve buenos escaladores que podían montar una escabechina en cualquier momento actuando en conjunto y bajo las valientes órdenes de alguien tan batallador como el técnico de Concentaina.
Lo hicieron. Tras pasar casi doscientos kilómetros saltando a todos los cortes que se formaban, Kelme consiguió llegar a la Consuma con el pelotón agrupado y, una vez ahí, armó el zafarrancho. Fueron los dos jóvenes, Otxoa y Sevilla, quienes marcaron un ritmo infernal para seleccionar el grupo y dejar a Tosatto sin los coequipiers de Fassa Bortolo que requería una defensa efectiva del liderato.
A un kilómetro para coronar la Consuma, atacó Axel Merckx. El belga era, por aquel entonces, un mocetón de físico impresionante que cargaba su ilustre apellido como una losa gigantesca. El nombre aún le venía grande porque era aquel año, encuadrado en el histórico Mapei de Squinzi, cuando se estaba descubriendo a sí mismo. A su rueda saltó Quique Gutiérrez, sabedor de que era su momento. Tras ellos, el desorden; decenas de ciclistas se animaron a perseguir al dúo de escapados. A rueda de cada uno de ellos se adosó un Kelme.
En el tránsito hasta el último puerto de la jornada, el Monte Acuto, se formó el corte definitivo. En él había tres Kelme: Quique, Castelblanco y un ‘Pipe’ Gómez que se descolgó tras vaciarse tirando en el llano y durante parte de la subida. Junto a ellos, dos Mapei de postín como Paolo Lanfranchi y el citado Merckx, la entonces brillantísima promesa Danilo Di Luca (Cantina Tollo), Filippo Casagrande (Vini Caldirola), Max Sciandri del efímero Linda McCartney, e Iván Parra, del histórico Vitalicio Seguros dirigido por Javier Mínguez. El corte abría hueco ante la debilidad del Fassa de Tosatto y el Liquigas de Moreni, primero y segundo de la general; un minuto, minuto y medio… Todo estaba hecho. De llegar el grupo de fugados compacto a meta, el liderato estaba asegurado para Quique. No había bonificaciones que valieran para arrebatarle la ‘maglia rosa’ como sucediera unos días antes.
Pero, en una curva del descenso del Monte Acuto, Axel Merckx trazó mal. Cayó. Y con él Quique, que según reconocería a posteriori llevaba kilómetros notando que los frenos y cambios de su máquina no funcionaban bien. El ‘rosa’ peligraba, y fue entonces cuando José Joaquín Castelblanco efectuó su mayor servicio para el equipo Kelme. Se empleó a fondo en un terreno que no era el suyo para reintegrar a valenciano y belga al grupo de fugados, que no había ralentizado su marcha para esperarles. En meta, Axel Merckx conseguía que su apellido figurara en el palmarés del Giro como vencedor de etapa 26 años después. Y Quique Gutiérrez se convertía en el undécimo español de la historia en portar la ‘maglia rosa’.
El sueño de Quique no duraría mucho más. El propio ‘Búfalo’ lo admitía en meta; al día siguiente la etapa alpina era infernal, con final en Abetone y sobre todo paso por un coloso como San Pellegrino. “Va a ser difícil conservar el liderato”. Los pronósticos se hicieron buenos. El valenciano (y Kelme en general) naufragó, y la preciada camiseta de líder recaía sobre los hombros de Francesco Casagrande. Pero por todo lo vivido el día anterior, por el sueño y la euforia que llevaron al ‘Búfalo’ a tintarse el pelo de rosa, el esfuerzo había merecido la pena. Más adelante, el de Vinalesa ni siquiera llegaría a terminar la prueba, retirándose en la 18ª etapa camino de Prato Nevoso…
Años después, Quique Gutiérrez volvió al Giro de Italia. Fue en 2006, vestido de Phonak. Fue aún más protagonista si cabe, acabando en segunda posición de la general final, sólo por detrás de un estratosférico Ivan Basso. Todo quedó, sin embargo, empañado por la terrible sombra del dopaje, de la Operación Puerto que sumada al ‘caso Landis’ le impidió volver a competir aquella temporada. La Operación Puerto que le impidió también retornar al máximo nivel, obligándole a peregrinar por equipos de mediano calado hasta que decidió retirarse a principios de este año, sin contrato profesional por omisión de Rock & Racing y pensando en trabajar por el ciclismo de base. Afirmando que no tiene una mala palabra en contra de un deporte, el de las dos ruedas, que posiblemente le deba mucho. Por las injusticias y por días tan vibrantes como aquel 21 de Mayo de 2000 en que levantó a todos los aficionados españoles del sillón.

Aquel Kelme del año 2000

Plantilla en CycleBase
Era un equipo que atacaba en el kilómetro uno y no se rendía hasta que se cruzaba la línea de meta. Tácticas desquiciadas: mandamos a los tres segundos espadas del equipo en la fuga para que luego ataque el líder, les coja y le lleven a rueda aunque sea 500 metros. O, si no, defendemos en el Tour el honor español tal y como defendieron las guerrillas de Sierra Morena a la patria en la Guerra de la Independencia frente al invasor francés: pañuelo a la cabeza, cuchillo entre los dientes. A Italia, al Giro, que vayan los escarabajos del equipo; aquellos melones sin abrir, que podían salir buenos ó malos pero se compraban de cuatro en cuatro.

Aquel Kelme del año 2000 fue el que me aficionó al ciclismo, aquellos maillots verdes, blancos y azules tan llamativos y siempre por delante. Aquel director tan simpático, bajito y con malas pulgas de cuando en cuando frente a los micrófonos. Aquel que se acostumbró a ver cómo le “robaban” a sus mejores ciclistas; el último fue Valverde, el primero no sabría decirlo porque seguramente el caso se dio antes de que yo naciera. Porque este equipo, no lo olvidemos nunca, nació en 1982 y vivió durante 24 azarosos años, aunque al final lo hiciera como una especie de esperpento repleto de problemas y ahogado por cierta presión mediática fruto del caso Manzano. Dependiendo, además, del dinero público.


Es un equipo inolvidable, no cabe duda. Y he elegido el de ése año, el Kelme 2000, por ser una muestra de cómo acumular talento sin despilfarro, con una buena política de base y con una táctica que permitiera lucir a todos y cada unos de los corredores en todos y cada uno de los momentos de la carrera. En Kelme, fueran más malos o más buenos, todos tenían un cometido y un momento.

Fernando Escartín era el líder del equipo, y junto a él un Roberto Heras en pleno crecimiento. Camino de una plenitud que se le escaparía entre los dedos por caer en la tentación, por entregarle a Lance Armstrong sus mejores años de vida deportiva a cambio de una gran suma de dinero. Éticamente se podría plantear como un dilema, vender el alma a cambio de cubrir las necesidades del cuerpo para mucho tiempo.

A su vera aparecía la gran promesa del ciclismo español, un Óscar Sevilla que tenía la cara de niño que aún hoy conserva. También estaba un Chechu Rubiera que también pasó el mismo proceso que Roberto Heras, aunque en su caso hiciera mucho cierta predisposición a ser un gregario de primera división antes que un jefe de segunda. Estaba un Aitor González del que pocos se esperaban que fuera capaz de hacer saltar la liebre como lo hizo en aquella Vuelta. Estaba un Quique Gutiérrez del que ninguno esperábamos aquellas exhibiciones en la montaña del Giro’06. Estaba Ángel Vicioso, un prometedor sprinter tan parecido a Jalabert…

También había tipos duros, como los gregarios Vidal, De los Ángeles, Cabello, Francesc León, Pipe Gómez, los dos Pascuales, Toni Tauler. Colombianos de campanillas: Botero, Castelblanco, Cárdenas, Contreras. Promesas que quedaron en nada: Eligio Requejo, Álvaro Forner. Hombres que demostraron capacidad y ganas, aquel Rubén Galvañ que fuera el único ciclista español en acabar la Roubaix’00. También Juanmi Cuenca, a quien sempiternas lesiones le impidieron demostrar las condiciones que atesoraba.

Como en toda melancolía hay tristeza. En el Kelme del año 2000 estaban dos gemelos apellidados Ochoa, que con el paso de los años escribirían [dejarían escritos] uno de los episodios más pasionales del ciclismo español. Estaba un Isaac Gálvez que nos dejó en Gante, que murió y consternó, que sigue todavía consternando. Y también un Manzano maldito, el Árbol de la Ciencia tan triste y mezquino, que tras sus ramas desveló una realidad que no todos queríamos saber y algunos siguen sin creer.

Echo de menos al Kelme, tengo que reconocerlo. Echo de menos a Vicente Belda, que esperó volverá la próxima temporada a los mandos del Boyacá es para Vivirla. Y ojalá los vista de azul, verde y blanco, como si fuera un canto a la nostalgia. Como si fuera este artículo tan divagante que escribí anoche y del que no he querido cambiar ni una coma.