El ciclismo español y el sueño olímpico

Pelotón olímpico
Como cada cuatro años por estas fechas, llega el gran acontecimiento del deporte universal. La gran cita, los Juegos Olímpicos. Millares de deportistas se reúnen para participar en la mayor competición del mundo, viviendo durante unos días hermanados en la Villa Olímpica… pero siempre con un ojo puesto en el oro, en poder hacer suya la frase latina “citius, altius, fortius” (“más rápido, más alto, más fuerte”). La gloria del espíritu olímpico.

Aunque la prueba reina de las Olimpiadas es, sin duda, el atletismo, también hay muchas otras disciplinas donde el ganador se puede considerar el rey de su deporte. Esto no sucede en el fútbol (donde los límites de edad y demás triquiñuelas para que los Juegos no sean competencia para el Mundial convierten el torneo en una charlotada), y tampoco sucedía hasta hace poco en el ciclismo. El motivo era bien sencillo: aún quedaba virgen una parte del olimpismo. Concretamente, la parte que obligaba a que los deportistas participantes no fueran profesionales.

Sin embargo, el camino de prostitución del espíritu olímpico que inició Juan Antonio Samaranch con la aparición de publicidad explícita en los estadios se extendió hasta la profesionalización de los participantes, pasando a considerarse los Juegos como el acontecimiento de alto nivel que son hoy. Atlanta 1996 fueron los primeros Juegos Olímpicos con presencia de profesionales en el ciclismo, después de aquella generación de jóvenes torturados por el preparador ruso Guronov en pos de un éxito (que no llegó) en Barcelona’92.

España llegó a la salida de la ciudad americana con un equipo de campanillas: en la ruta el rodador Marino Alonso y el sacrificado Manuel Fernández Ginés escoltaban a tres grandes vueltómanos como eran Melchor Mauri, Abraham Olano y Miguel Indurain, siendo estos dos últimos los representantes para la contrarreloj, que hasta entonces se había disputado por equipos y ahora pasaba a ser individual.

La prueba en ruta fue, gracias a la total ausencia de control al tener sólo cinco ciclistas cada equipo, un auténtico zafarrancho. Cientos de ataques que se resumieron en uno que dejó por delante al suizo Pascal Richard, el danés Rölf Sörensen y el británico de origen italiano Max Sciandri; y por detrás a un quinteto donde viajaba, entre otros, Melchor Mauri. Finalmente, Richard se llevó el gato al agua birlándole el oro al sprint a Sörensen, plata, y a un Sciandri, bronce, que no llegó a disputar la victoria. Por parte española, Mauri fue sexto llegando en el segundo grupo, mientras el resto llegaba en el seno del pelotón.

Agrio sabor de boca que duró hasta la contrarreloj. Y es que en la otra parte del ciclismo de carretera España apabulló. Indurain y Olano, oro y plata, lograron el primer doblete olímpico español de la historia ante los Boardman (bronce), Riis, Berzin, Armstrong… y en un circuito, urbano, que no se adaptaba a sus características de rodadores fuertes que desarrollan una gran potencia en largas rectas.

Cuatro años después llegó Sidney 2000. España acudió con un cinco que giraba en torno a Freire, dado que el recorrido parecía propenso para una llegada al sprint; a su alrededor, un hombre rápido como Miguel Ángel Martín Perdiguero y tres buenos rodadores como eran Juan Carlos Domínguez, Santos González y Abraham Olano. Estos dos último compitieron también en la crono, donde fueron cuarto y octavo respectivamente, doblando la rodilla ante Viatcheslav Ekimov, oro, y los dos grandes ciclistas de la época: Jan Ullrich (plata) y Lance Armstrong (bronce). Sinsabor por la medalla de chocolate de Olano, que no hacía sino acrecentar el desencanto tras la prueba en ruta…

… Que se disputó tres días antes y fue, sencillamente, mala. De infausto recuerdo. Confeccionar la convocatoria había sido una auténtica aventura: España no era un país con demasiados rodadores para un circuito que sólo presentaba un repecho, rácano, de poco más de un kilómetro al seis por ciento. La cosa se agravaba más cuando se advertía que, tras una temporada cargada y muy movida, los pocos ciclistas aptos para el llano iban a llegar muy castigados a la cita olímpica. El balance de la carrera no pudo ser más desolador: Santos González, retirado por problemas en la rodilla a las primeras de cambio; Abraham Olano, en un estado de forma bajo tras correr Tour y Vuelta, se fundió y quedó en una discreta 60ª posición; y Juan Carlos Domínguez, trabajador aunque más limitado que los otros dos, no pudo siquiera terminar la carrera tras echar abajo una peligrosísima fuga prácticamente en solitario.

A las dos opciones de medalla no les fue mejor. Perdiguero, exento de trabajo durante la carrera en pos de ser el “tapado” de la selección para los momentos decisivos, acabó por los suelos gracias a una inoportuna caída. Y Freire… pobre Freire. Sin compañeros, algo básico para un sprinter, tuvo que quedarse a rueda de otros velocistas que sí llevaban un vestigio de equipo para controlar. Tuvo la oportunidad de marcharse fugado, pero renunció a ello porque la meta estaba demasiado lejos. Cuando oyó sonar la campana que anunciaba que ése era la última vuelta que habían de dar al circuito, se le cayó el mundo encima: su cuentakilómetros estaba roto, él se creía diez kilómetros más lejos de meta. Mala suerte y despiste, los dos grandes enemigos de Freire…

…Que le atacarían en la siguiente Olimpiada, Atenas 2004. En un circuito duro, con un repecho de dificultad media y otro muy duro de nombre Likavitos. Sin embargo, la circunstancia que definiría la carrera no sería el recorrido, sino la canícula reinante; para los españoles también fue determinante la estrechez y las complicaciones técnicas del circuito. Corrieron en aquella ocasión los tres mejores clasicómanos españoles, los tres medallistas en los últimos Mundiales: el vasco Igor Astarloa, el cántabro Óscar Freire y el murciano Alejandro Valverde. Junto a ellos, dos contrarrelojistas polivalentes destinados al trabajo de equipo, Igor González de Galdeano y José Iván Gutiérrez.

Apenas en el tercer kilómetro llegó la caída que marcaría el sino de los españoles en aquellos Juegos: Igor Astarloa se tuvo que retirar, José Iván Gutiérrez continuó mermado y se retiró unas vueltas después. Varias vueltas después, cae también Freire, que sigue sobre la bici y abandona al poco tiempo. Sólo quedaban sobre la bici un Alejandro Valverde descompuesto por la presión de ser el único líder en pie del combinado nacional e Igor González de Galdeano, dedicado por completo a trabajar para el murciano. Finalmente, Bettini se exhibió y se bañó en el oro olímpico por delante de un sorprendente Paulinho, plata, y de un Axel Merckx que atacó con coraje en pos del bronce en los hectómetros de pavé que se encontraban cerca de meta. Valverde terminaba 47º, hundido en el pelotón; Galdeano no acababa, pensando en la contrarreloj…

… Que tampoco fue mejor. Galdeano, cansado, sólo pudo ser noveno; Gutiérrez, seriamente mermado por la caída en la prueba de fondo, acabó decimosexto. Las medallas fueron para Hamilton, Ekimov y Julich; por otro lado, el gran favorito Ullrich sólo era sexto y asomaba un jovencísimo Fabian Cancellara, que con apenas 23 años acabó en un meritorio décimo puesto.

¿Y este año? Este año parece que sí. Este año España puede ser campeona olímpica de fondo en carretera. El recorrido es duro, con tres repechos dignos de consideración y un final picando hacia arriba que beneficia a nuestros ciclistas. Los escaladores Alberto Contador y Carlos Sastre, el bajador Samuel Sánchez, el mejor sprinter y clasicómano español de la época moderna Óscar Freire y el… superclase… Alejandro Valverde conforman el combinado nacional que se enfrentará en Pekín a las circunstancias y a los rivales. Paolo Bettini, Davide Rebellin, Stefan Schumacher, los hermanos Schleck, Kim Kirchen…

Pero, sobre todo, hay que luchar contra las circunstancias. Los cinco hombres por país que hacen casi impensable una táctica de control, la cacareada contaminación de la capital china (difícil que afecte, el paraje donde se disputa la prueba es prácticamente verde según se vio en la Good Luck Beijing, carrera de ensayo disputada el año pasado en el circuito olímpico)… y la suerte. La misma que trucó el cuentakilómetros de Freire o tiró al suelo a Igor Astarloa cuando no había recorrido más que tres kilómetros… Puede que, en esta ocasión, nos sonría y bañe en oro una temporada de 24 kilates para el ciclismo español.

Españoles en rosa (II)

Un repaso a los últimos españoles que pelearon por el Giro
Hace unos días dejábamos este reportaje con Quique Gutiérrez, ángel caído tras hacer el Giro de su vida en 2006. Ahora, seguiremos el repaso de españoles que han luchado por la ‘maglia rosa’ con el último que ha conseguido colarse en dos ocasiones en el podio: Abraham Olano.


Abraham fue uno de los vueltómanos españoles que sufrió el síndrome post-Indurain que buscaba desesperadamente un heredero para el navarro. Seguramente el que más. Aquellos inolvidables Mundiales de Duitama’95, donde fue segundo tras el navarro en contrarreloj y vencedor en la prueba en línea precisamente por delante de él, relacionaron para siempre al guipuzcoano con el extraterrestre villavés. También sus enormes condiciones como rodador y su aceptable rendimiento en montaña ayudaron a ello. Cuando Indurain se retiró en 1996, el tándem director de Banesto le fichó del equipo Mapei – CLAS, donde había desarrollado hasta entonces su carrera, para sustituir al gran ídolo navarro. Fue una sombra muy alargada para él, una responsabilidad, un ‘deber ser’ que quizá le impidió llegar más alto.

Precisamente su último año en Mapei fue una de las ocasiones en las que casi logró emularlo. Giro’96: poca contrarreloj y mucha, mucha montaña, en una ‘corsa rosa’ que salió de Atenas el 18 de mayo. Una ‘corsa rosa’ en la que Olano hizo gala de sus grandes cualidades contra el reloj en la única ocasión de que dispuso (no ganó, le superó Evgeny Berzin, pero infligió unos valiosos minutos a sus rivales), y las aunó a una gran fortaleza en montaña que le llevó incluso a atacar en el Passo Pordoi, al más puro estilo Indurain. La diferencia con el omnipresente navarro fue que, hasta entonces, éste no había demostrado ser humano; no había fallado casi nunca, aún menos de manera estrepitosa. Si acaso, en el Giro’94 que le birló precisamente Evgeny Berzin, enrolado en las filas de aquel monstruoso Gewiss. Miguelón demostraría ser humano precisamente ese verano; pero en ese momento aún no lo había hecho, y eso marcaba su diferencia con Olano. La humanidad. La misma que puso la zancadilla a Olano en la penúltima etapa de aquel Giro’96, vistiendo la ‘maglia rosa’ y sucumbiendo ante Tonkov y Gotti camino de Aprica. Cayó hasta el tercer cajón del podio.

Ese mismo año fue segundo en la contrarreloj de los Juegos Olímpicos, de nuevo detrás de Indurain. En 1998 llegó el amargo culmen de su carrera, tras la cuarta posición del Tour’97: Abraham se hizo con la Vuelta a España, vestido con los colores de Banesto. Consiguió lo que Indurain jamás hizo, se impuso en la gran ronda nacional. Pero cometió el error de vencer por delante de dos ciclistas que caían mejor, eran más románticos. Por un lado, el sacrificado oscense Fernando Escartín. Por el otro, y sobre todo, el mejor escalador español de los últimos tiempos, más impulsivo y menos calculador que el guipuzcoano: José María ‘Chaba’ Jiménez. Eso no cayó bien, Olano no cayó bien. Había tenido la debilidad de cometer el delito de cerrar el paso a un héroe. Presión mediática durante toda la Vuelta, el equipo hizo poco por solucionarlo. Al año siguiente, Abraham fichó por la ONCE. Ganó la guerra el genio.

Al Chaba solamente se le puede definir como genio y figura. Fue capaz de poner a todo un país en contra del proyecto de ídolo por el que, a priori, iban a beber los vientos. Escalador puro, de raza, pasional. El ciclismo era su vida; el Giro, con sus empinadas montañas, parecía ideal para él. Sin embargo, no fue así: solamente participó dos veces, siendo su mejor resultado la segunda posición en el Gran Sesso d’Italia’99 tras un ciclista con el que comparte forma de ciclismo, de vida y de tragedia: Marco Pantani.

Cinco años pasaron hasta que Olano volvió al Giro. Fue en 2001, cuando arrojó la toalla con la victoria en el Tour y llegaron Beloki e Igor Galdeano a hacerle la competencia en el puesto de líder para las grandes vueltas. Así, Abraham se plantó en la salida de Pescara con intención de llevarse la ‘maglia rosa’ en una edición que resultaría a la postre histórica para el ciclismo español.

Abraham contó con un tren de rodadores y un lugarteniente de lujo como José Azevedo a su servicio. Estuvo siempre en la pomada, beneficiándose de escándalos extradeportivos (expulsión de Belli por agredir a un espectador, la dantesca noche de registros en San Remo que tuvo como resultado la anulación de una dura etapa de montaña y la expulsión de Dario Frigo) y metiéndose, por méritos propios, en el segundo lugar del podio. Pero, mientras Olano brillaba por última vez en una gran vuelta antes de retirarse y Pablo ‘Pencas’ Lastras se hacía con su primer triunfo de prestigio en Gorizia…

… se abría paso un escalador, también guipuzcoano, con cara de niño y enrolado en el equipo Banesto. Unai Osa. Fue su explosión, con 26 años y tras superar múltiples problemas físicos que más adelante siguieron condicionado su carrera. Se marcó unos Dolomitas sensacionales, fue segundo en una etapa ganada por el antiguo escarabajo de Kelme Carlos Contreras. Le perjudicó la suspensión derivada de la redada de San Remo, ya que estaba fuerte y dispuesto a atacar en la etapa afectada. Fue tercero en el podio de Milán; parecía el inicio de una carrera rutilante. Sin embargo, la estrella de Unai se apagó con el agua de los problemas físicos. Volvió a la gran ronda italiana en años siguientes; su rendimiento, aunque aceptable, no fue el mismo.

Esta fue una edición histórica del Giro de Italia para España. Se igualaron dos récord que databan de los 70: Olano consiguió un segundo podio en la ‘corsa rosa’, único ciclista español que lo ha conseguido junto a Francisco Galdós, ciclista más conocido fuera de España que dentro. Por delante de ellos estará siempre Miguel Indurain, tres veces en el podio y dos victorias. Por otro lado, se consiguió acumular dos ciclistas en el podio final, algo que solo se consiguió en 1972 con el ‘Tarangu’ Fuente (2º) y Francisco Galdós (3º). Históricos registros que algún año se igualarán; posiblemente no este, pero más adelante…